jueves, 17 de diciembre de 2020

Creación Literaria: narrativa, poesía y teatro.

 

En esta entrada se recogen tres creaciones literarias pensadas para alumnos de Educación Primaria. 

1.- Texto narrativo:

Pensando en los niños de 9 años (4º primaria), he decidido escribir sobre temas relativos a las relaciones con los compañeros del colegio, la naturaleza, la fantasía y la justicia.

Como ya quedó justificado en la Tarea 1 (análisis y selección de una obra literaria) las relaciones sociales, la naturaleza y la justicia son temas del interés de los lectores elegidos, por la edad y el momento de desarrollo en que se encuentran. También se vio que conviene mezclar estos temas con elementos fantásticos, pues estos les permiten evadirse de la rutina y encontrar en los relatos la oportunidad de vivir aventuras. Pueden asimismo a descubrir maneras alternativas de resolver conflictos a través de los recursos fantásticos literarios. Todo ello permitirá que los niños pongan en juego su capacidad imaginativa.

De acuerdo a la edad de los lectores objetivo, el relato tiene una estructura sencilla, lineal, con un planteamiento, un nudo y un desenlace.

Los personajes son igualmente sencillos de interpretar, con rasgos que facilitan la identificación de los lectores con ellos. Cada personaje transmite una serie de valores y contravalores, en función de su rol en la historia. Son personajes del cotidiano de un niño o una niña de 9 años. Los valores tratados tienen que ver con la familia, la humildad, la ayuda, la amistad, la valentía y la justicia. Todos ellos, muy presentes en las inquietudes de los niños de 4º de primaria.  Los contravalores tienen que ver con la falta de respeto a los compañeros y al medio ambiente. El contexto en el que transcurre la historia es familiar para un lector de 9 años: el colegio. Esto facilita también la identificación del lector con lo que ocurre en el relato.

El lenguaje utilizado es actual, claro y de fácil comprensión para los niños de 9 años, pero introduce algunos términos nuevos para ellos con el fin de que puedan ir ampliando vocabulario mediante la lectura. Las frases son sencillas y los párrafos, breves, intercalando diálogos con narración, para dar agilidad a la lectura y hacerla más amena. El texto tiene un tono humorístico en algunas partes, para hacerlo lúdico y que los niños se diviertan leyéndolo.

 

JOSÉ Y EL ESCUCHADOR DE INSECTOS

José era el mayor de tres hermanos. Tenía nueve años y era un niño más bien callado. Le gustaba mucho escuchar en silencio y observar todo con sus grandes ojos de color miel.  No se perdía detalle de nada. Por eso, entre otras cosas, sacaba siempre muy buenas notas y su profesora, Marta, estaba muy orgullosa de su trabajo. Siempre le decía que era un alumno ejemplar, porque en clase era el que más atendía a sus explicaciones. Algunos compañeros no terminaban de entender porqué José apenas hablaba en el colegio, pero su profesora Marta siempre decía que los más inteligentes son los que menos hablan. Eso a José le hacía sentir muy bien, tan bien como cuando su padre le daba uno de sus cálidos abrazos y le decía lo mucho que le quería. En esos momentos José era el niño más feliz del mundo.  

En casa las cosas iban más o menos bien. Sus padres se querían mucho, eso era evidente para cualquiera que los conociera. Y también querían mucho a sus tres hijos. El padre de José trabajaba de técnico en una empresa de fotocopiadoras y su madre, que siempre había trabajado fuera de casa, ahora se dedicaba a cuidar de los niños y de su madre, la abuela de José. Era una señora menudita, casi con cuerpo de niña, aunque en su rostro se adivinaba su avanzada edad. A sus setenta y cuatro años, había vivido muchas cosas de todo tipo: unas mejores y otras peores. Pero de todo eso, apenas recordaba nada. Papá siempre decía que era como si le hubiera entrado un virus informático y le hubiera borrado la memoria a su disco duro. José sabía que su madre a veces comentaba a las vecinas que Julia (que así se llamaba su abuela) sufría Alzheimer. José no sabía muy bien qué era eso del Alzheimer, que le sonaba a palabra árabe, pero sí veía cada día cómo su madre se desvivía por cuidar de la abuela, que, aunque no les reconocía ya, seguía sonriéndoles con la boca y, sobre todo, con la mirada.

En casa no estaban para mucho gasto. Por eso, José llevaba el uniforme del colegio con rodilleras, los puños un poco desgastados, como si un ratoncillo se dedicara por las noches a roerlos a escondidas, y todo le quedaba un poco corto: el pantalón, pesquero; las camisetas dejaban entrever su ombliguillo, como si se tratara de un tercer ojo secreto; y las mangas, cortas. Pero todo eso a José no le importaba demasiado, porque no pasaba frío y sabía que, sacando el máximo partido a la ropa, ayudaba a sus padres a ahorrar.

Sin embargo, en su clase, Matías se burlaba cada día de José y de su más que aprovechado uniforme. Matías era nuevo ese año en el colegio. José no sabía mucho de su vida, pero sí había oído que los padres de Matías tenían unos cargos muy importantes en sus respectivas empresas, y que, por eso, ganaban mucho dinero. Y se notaba, sobre todo en los abrigos y los zapatos que Matías llevaba al colegio. Tan nuevos, tan impolutos, tan caros.

Un día, durante el recreo, Matías empezó con sus bromas pesadas sobre el uniforme de José. Un grupito de niños le seguían el juego y se reían. José intentó no hacerles caso y siguió jugando como si nada. Pero al ver que no había reacción alguna en José, Matías puso más empeño en molestarle y comenzó a decir en voz más alta que los padres de José eran pobres y no tenían para ropa.  José se marchó a otro sitio del patio, solo, donde no pudiera oír las tonterías de Matías. En el fondo se sintió muy triste, porque sabía que era injusto tener que quedarse solo, porque otro niño se estuviera metiendo con él, que no había hecho nada malo. Y también se sintió avergonzado, porque otros niños habían oído lo que Matías había dicho en alto repetidamente. Así que decidió sentarse un rato en el bordillo, apoyó su cabeza contra la pared que tenía al lado y, como se sentía mal por lo que acababa de pasar y en ese momento no había nadie por allí, dejó que unas lagrimillas rodaran libres por su mejilla.

-No hay derecho - escuchó de pronto.

José, sorprendido, se enjugó las lágrimas con la mano y dijo:

- ¿Qué?

-Que no hay derecho. Deberían castigar a ese humano tan cruel.

José no sabía quién estaba hablando. Era un sonido lejano y agudo, como amplificado por un micrófono. Miró a su alrededor y no vio a nadie. Se puso de pie para buscar mejor y entonces oyó de nuevo:

-Ten cuidado, no me vayas a pisar.

José miró entonces al suelo y sólo vio un pequeño trozo de plástico con forma de cono al lado de una hormiga negra.

-Hola, sí, abajo, sí, ¿no me ves? estoy aquí.

José no daba crédito. No podía ser, pero parecía que, sí… todo apuntaba a que…, a que era la hormiga la que le hablaba. Pero ¿cómo era posible?

-No te asustes, que soy inofensiva. Me llamo Miga, la hormiga Miga y si quieres, puedo ser tu amiga.

-No puede ser lo que oyen mis oídos, estoy teniendo alucinaciones. Las hormigas… ¡no hablan!

- ¡Lo dirás tú! Claro que hablamos, llevamos haciéndolo toda la vida de la Tierra. Claro, cada una en su idioma, según el país, vosotros los humanos también, ¿verdad? Tenemos suerte de que los dos hablemos el mismo idioma. Si no, ahora mismo, no nos entenderíamos, jajajajaja.

- Pero ¿Cómo es que puedo oírte? Eres muy pequeña y yo estoy muy arriba.

-Ah, sí. Se me olvidaba. ¿Ves este cono de plástico que está a mi lado? Es un escuchador de insectos. ¡Una auténtica reliquia! Un tesoro diría yo. Sólo hay unos cincuenta en todo el mundo, y mira, hemos tenido la suerte de toparnos con uno hoy, los dos a la vez, aquí y ahora. ¡Qué cosas!

- ¿Escuchador de insectos? Es la primera vez que lo oigo.

- ¿De verdad? Claro, es que vosotros los humanos vais por ahí mirándolo todo por encima del hombro y no os paráis a fijaros en las pequeñas cosas. Seguro que más de uno ha pasado por encima de un escuchador de insectos y ni ha reparado en él.

-Bueno, yo me fijo bastante en todo. Me gusta observar con detenimiento, sobre todo los detalles, así aprendo mucho. Y escuchar, escucho en silencio, de ese modo me entero de muchas cosas que otros ni se percatan.

-Pues haces muy bien, gracias a eso has reparado en mí. Y ¿sabes qué? Que puedo ayudarte.

- ¿Ayudarme? ¿A qué?

-Pues a pararle los pies a es humano tan grosero…. Ese que se ríe de ti. ¡Le tengo una manía!

-Ah, te refieres a Matías. Sí, es muy pesado. Siempre está metiéndose conmigo, se cree muy gracioso, pero no tiene ninguna gracia.  ¿Y se puede saber cómo me vas a ayudar? Eres una sola y tan pequeña que casi ni te verá.

-No creas, no subestimes mi ingenio. Lo tengo todo pensado y organizado. Ese niño, Matías, es de los que se divierten orinando en las entradas de los hormigueros, o aplastando a mis hermanas las hormigas, y eso ¡no lo voy a tolerar más! Tenemos que hacer algo y entre los dos será más fácil. Ven, ven, acércate que te voy a dar más detalles. Verás…

Y entonces, José se tumbó en el suelo, puso su oreja derecha lo más cerca que pudo del escuchador de insectos y la hormiga Miga le susurró su plan al oído.

Poco a poco a José le fue cambiando la expresión del rostro. Ya no se acordaba del llanto que apenas hacía unos minutos había dejado escapar, sino que una sonrisilla se empezó a dibujar en su rostro y volvió ese brillo que siempre tenía en la mirada.

Aquel día regresó a su casa más contento que nunca. No contó a nadie lo que le había ocurrido, porque no iban a creerle, seguro que no lo entenderían y, además, prometió a Miga que guardaría el secreto. Eso sí, llevaba consigo el pequeño cono de plástico, que puso a buen recaudo.

Al día siguiente, en el colegio, Matías comenzó de nuevo con sus bromas. Esta vez, José le miró fijamente y sin perder los nervios, le dijo:

-Ándate con cuidado, no sea que, de tan ocupado que estás metiéndote conmigo, no te des cuenta y te quedes sin merienda.

- ¿Y eso? -replicó Matías- ¿Eres tan pobre que no tienes para comer y vas a quitarme el bocadillo?

-No- le dijo José- Yo tengo mi merienda, pero mis amigas, que son muy previsoras, seguro que estarán muy contentas de poder guardar todas las miguitas de tu bocadillo en su hormiguero para pasar mejor el invierno.

- ¿Eh, de qué amigas hablas? ¿Hormiguero? ¿Te has hecho amigo de las hormigas? Jajajaja.

-Tú lo has querido Matías.

Y José saco su escuchador de insectos y llamó a Miga, que acudió rauda y veloz.

-Hola Miga.

-Hola José- respondió la hormiga.

José era el único que podía escucharla, claro, los demás no tenían escuchador.

-Miga, ha llegado la hora de que Matías aprenda la lección.

- ¡Qué bien! Estaba deseándolo-dijo Miga.

Y llamó de un silbido a sus compañeras de hormiguero.

Matías miraba atónito cómo José hablaba con una hormiga. Y del mismo modo vio cómo del hormiguero salía un largo reguero de hormigas a gran velocidad, eran muchísimas y parecían tener muy claro hacia dónde iban.

Matías no se atrevía ni a moverse. De pronto, empezó a notar un leve cosquilleo por sus piernas. Miró y se dio cuenta de que las hormigas se le estaban subiendo. Entonces empezó a dar patadas y a gritar desesperado.

Las hormigas siguieron su escalada hasta que llegaron a la mano derecha de Matías, con la que sujetaba su bocadillo. Y antes de que pudiera hacer nada por evitarlo, entre todas, fueron quitando miguitas del bocadillo y llevándoselas raudas y veloces dentro de su hormiguero.

Matías no paraba de moverse, histérico, gritando:

- ¡Quitádmelas, por favor, quitádmelas! ¡¡¡Me están picando!!!

Pero se equivocaba, las hormigas solo querían su bocadillo. En apenas un par de minutos, las hormigas habían cumplido su misión: Matías ya no tenía nada de merienda en su mano y todas estaban de vuelta en su hormiguero.

Bueno, todas menos Miga, que esperó pacientemente para decirle a Matías:

-Espero que hayas aprendido la lección. No está bien reírse de los demás.

José hizo de traductor, porque era el único que podía escucharla y entender lo que decía.  

-Gracias Miga -le dijo José- Me has demostrado ser una buena amiga.

-No hay de qué, cuando me necesites, ya sabes dónde estoy.

Y Miga volvió a su casa.

Matías no se atrevió a decir nada. Aquél fue el último día que hizo bromas a José. Tampoco volvió a molestar a ninguna hormiga, nunca más en toda su vida. Es más, cuando iba caminando por la calle o por el campo, se fijaba mucho en el suelo para evitar pisar a ninguna, lo que hacía que a veces, fuera dando unos ridículos saltitos y la gente, al verle, pensaba que no estaba muy bien de la cabeza.

José guardó como oro en paño el escuchador de insectos, que utilizó en muchas otras ocasiones. Gracias a él tuvo la oportunidad de hablar con moscas, con abejas, con mosquitos, con mariposas, con mariquitas, y, ¿sabéis qué? Que cuando creció y se hizo adulto se convirtió en entomólogo, que es como se denomina a la persona que estudia los insectos.  Escribió los mejores libros sobre entomología, como por ejemplo “Vida de una hormiga” o “Así me siento: testimonio de una abeja reina” o “Cómo salir del capullo. Descripción de la metamorfosis desde el punto de vista de la mariposa” y muchos otros libros que causaron sensación en entre los científicos y le sirvieron para cosechar numerosos éxitos. Todo gracias a su fabuloso escuchador de insectos.

 

2.- Texto poético:

En este caso he redactado el texto pensando en lectores de 8 años (3º de primaria), por lo que el vocabulario está formado por palabras que les resultan cotidianas y familiares a los niños de esta edad. Las frases son cortas y sencillas. He buscado jugar con las palabras para hacer el texto atractivo para los niños de esta edad y despertar en ellos el placer de la lectura. Es un poema muy sencillo en el que utilizo algunas figuras literarias como el símil, las personificaciones, la hipérbole, la metáfora, con el fin de que estimular la imaginación de los lectores y hacer el texto atractivo para ellos. El tema es los abrazos, que está relacionado con la percepción sensorial, el contacto físico y la expresión afectiva, las emociones, la familia, aspectos todos ellos presentes en el contexto diario de los niños de ocho años. A esta edad llama la atención cómo, en el aula y de manera espontánea, se acercan a los profesores para manifestarles su cariño con un abrazo.

 

ABRAZOS DE DAR Y TOMAR

Mi abuelo da abrazos de oso,

grandes, calentitos y peludos.

Cuando mi abuelo me abraza,

me siento invencible, seguro.

Mi mamá da abrazos de chocolate:

son ricos, deliciosos,                                        

te endulzan el día,

y huelen tan bien, que dan hambre.

Mi hermanito da abrazos de algodón;

a veces se cuelga del cuello,

como un precioso collar

hecho de cuentas de ternura,

delicadeza y bondad.

Mi papá da abrazos de astronauta.

Por las noches, en su regazo,

me duermo escuchando, en sus brazos,

cuentos sobre otras galaxias.

Los abrazos de mi abuela

son abrazos de caracola:

puedo sentir la brisa, el olor a sal

y el sonido de las olas.

Todos los abrazos me gustan,

cada uno en su momento,

pero lo que más, es darlos

fuertes, grandes y con besos.

 

3.- Teatro:

Este texto lo he escrito pensando en alumnos de 1 º de primaria, de 6 años.

He buscado la identificación de los lectores con el personaje protagonista a través de la coincidencia en edad y de la experiencia de la pérdida del primer diente de leche con la ilusión que conlleva la visita nocturna del ratoncito Pérez. Esto hace que los lectores se identifiquen con la historia y que a la vez se trasladen al mundo de la fantasía, en el que todo es posible, lo que despierta su curiosidad, estimula su imaginación y ensancha su mente. Gracias a ello pueden ir más allá de su rutina cotidiana.

Como se trata de lectores de 6 años, el lenguaje utilizado es muy sencillo, casi coloquial. Al tratarse de un texto pensado para la representación teatral, predominan los diálogos sobre las narraciones, aunque hay alguna, así como alguna descripción del escenario. El tono utilizado es cercano, familiar, emotivo y con algún toque de humor muy simple, pensado para el público de 1º de primaria.

La acción es también fácil de seguir, todo transcurre en un único lugar, en un corto periodo de tiempo y de manera lineal, sin que acontezcan hechos que puedan dificultar la comprensión de lo que los niños están leyendo.

La extensión del texto es breve pensando en la edad de los lectores de 1º de primaria. En cuanto al formato, he dejado más espaciado entre los párrafos narrativos, para diferenciarlos claramente de los diálogos de los personajes y que visualmente sea más ligero el texto.

 

UNA NOCHE MOVIDITA

Sube el telón y vemos una habitación infantil. Hay una puerta en el lado derecho lado, una ventana de frente al fondo, una cama en el lado izquierdo y unos muñecos dispersos por el suelo: una muñeca de trapo, un loro de peluche y un duendecillo de juguete. Debajo de la ventana, hay una pequeña lamparita infantil de acompañamiento encendida, conectada al enchufe de la pared, un poco por encima del rodapié. También hay una lámpara en el techo y una mesilla de noche junto a la cama.

María tiene 6 años y hoy se le ha caído su primer diente de leche. Después de la cena, María entra en su habitación, con el pijama puesto y con una gran sonrisa en su cara. Enciende la luz del techo. Coge un osito de peluche y se acerca a la cama.

 

María: Ven conmigo osito, vamos a la cama “dápido”, que así viene antes el “datón”.

 

A María todavía no le sale la erre fuerte. Muy emocionada, coge a su osito de peluche y se acuesta. Enseguida entra su mamá y se acerca a darle el beso de buenas noches.

 

Mamá: María, ¿te has acordado de poner el diente debajo de la almohada?

María: Uy, no, es “veddad”, se me había olvidado. Está en la mesilla, mamá.

Mamá: Ah, sí, ya lo veo. Bueno, pues lo ponemos ahora aquí debajo y a dormir, a ver qué regalito te trae el ratón.

 

Su mamá coloca el diente bajo la almohada.

 

María: Sí, a “dodmid”.

 

María cierra los dos ojos, muy fuerte, y su mamá le canta una nana.

 

Mamá: Duérmete, duérmete, duérmete niña linda, duérmete, duérmete, que el ratón ya va a llegar…

 

María se queda plácidamente dormida. Su madre apaga la luz, sale de la habitación y cierra la puerta. Solo queda un poco de claridad procedente de la tenue lucecita de compañía, por si María se despierta para ir al baño en mitad de la noche. Entonces, los muñecos cobran vida.

 

Muñeca de trapo: Bueno, ya se ha dormido chicos, ya podemos hablar y movernos, pero sin hacer ruido, ya sabéis, no sea que nos descubran.

Duendecillo de juguete: Uf, ¡por fin! Ya necesitaba estirarme un poco.

Loro de peluche: Estirarme un poco, estirarme un poco.

Muñeca de trapo: Loro, deja de repetir las cosas, que no eres un loro de verdad.

Loro: Vaaale, llevas razón. Bueno, ¿qué? ¿Jugamos a algo? 

Duendecillo de juguete: ¡Sí! ¿Qué tal al escondite inglés?

Muñeca de trapo: Venga, vale, tú la ligas duendecillo.

Duendecillo de juguete: Siempre la ligo yo, qué rollo.

 

El duendecillo se va hasta la pared del fondo y se coloca apoyando la cabeza en ella, de espaldas a los otros dos muñecos, mientras dice en voz alta:

 

Duendecillo de juguete: Una, dos y tres, al escondite inglés, sin mover las manos ni los pies.

 

El duendecillo se da rápidamente la vuelta y mira a sus amigos, que se han quedado en posturas muy graciosas al intentar llegar a la pared sin que el duendecillo los vea moverse.

Se acerca a ellos, y les observa de cerca, muy de cerca… pero ni siquiera pestañean, así que vuelve a la pared y repite:

 

Duendecillo de juguete: Una, dos y tres, al escondite inglés, sin mover las manos ni los pies.

 

La muñeca y el loro dan otros pasitos mientras el duendecillo cuenta. De pronto éste se gira y pilla al loro.

 

Duendecillo de juguete: Loro, atrás, acabo de verte moviéndote.

Loro: Vaya, qué mala suerte.

 

Y el loro, vuelve a la posición de salida. De pronto, se oye un ruidito al otro lado del rodapié, como de roce en la madera. Los tres muñecos miran hacia el lugar de donde proviene el ruidito. En medio de la oscuridad, bajo la suave luz de la pequeña lamparita de acompañamiento nocturna, surgen del rodapié unos pequeños dientecillos blancos, seguidos de unos largos bigotillos y detrás de todo aquello, un pequeño ratoncito muy simpático.

 

Ratón: Oh, ¡cuánta gente! Buenas noches. ¿Cómo estáis?

Loro: ¿Quién eres tú? Y ¿de dónde sales?

Ratón: Soy el ratoncito Pérez, supongo que habréis oído hablar de mí.

Duendecillo: Ah, sí, acaban de hablar de ti, es verdad. Dijeron que esta noche venías. No te esperábamos tan pronto. 

Ratón: Suelo llegar tan pronto como los niños se quedan dormidos, es la mejor manera de que no me descubran. Por cierto, espero que me guardéis el secreto.

Muñeca de trapo: Descuida, no solemos hablar con nadie de la casa, sólo hablamos entre nosotros.

Loro: Sí, solo hablamos entre nosotros. Bueno, y ahora contigo, claro. Te guardaremos el secreto, tranquilo.  

Ratón: Genial, muchas gracias. Por cierto, ¿podríais ayudarme? Es que tengo que subir hasta la cama y meterme debajo de la almohada, sacar el diente, guardarlo en mi bolsa y dejar una moneda a cambio. Normalmente lo hago todo yo solo, pero ya que estáis aquí….

Duendecillo: Sí, claro, te ayudamos. ¿Qué tenemos que hacer?

 

De pronto se oyen pasos acercándose y a la madre de María hablar.

 

Muñeca: Shhhh, shhhh, silencio, quedaos inmóviles que viene.

 

Los muñecos y el ratón se callan y se quedan quietos para que no les descubran.  Se abre la puerta de la habitación y se ilumina el cuarto con la luz que llega del pasillo. La madre de María asoma la cabeza por la puerta mientras habla por su teléfono móvil.

 

Mamá: Sí papá, estamos todos bien. Con mucho trabajo, ya sabes. María ya está dormida. Mañana le espera un día intenso. Esta noche viene el ratón Pérez por primera vez. Mañana te llama y te cuenta lo que le ha traído.

 

La madre de María cierra la puerta y se aleja por el pasillo. Se oyen sus pisadas y su voz, cada vez más lejanas.

 

Ratón: Ya está, ya se ha ido. Venga, poneos aquí, a los pies de la cama. Como el duendecillo es el más pequeño, se colocará abajo y me subiré en sus manos. Entonces me aúpas a los hombros del loro, y una vez allí, tú, muñeca, que eres la más alta, me ayudas a subir a la cama. ¿Entendido?

Muñeca, duendecillo y Loro, a la vez: ¡Entendido!

 

Los muñecos se colocan como les dice Pérez y éste trepa hasta llegar a la almohada.

 

Pérez: Ya está, conseguido, gracias, chicos. Esperad, que cojo el diente, uf cómo pesa… dejo la moneda y me bajo igual que he subido.

 

Una vez abajo el ratón, los tres muñecos se estiran.

 

Muñeca: ¿Y ahora qué?

Ratón Pérez: Por mi parte, ya está. Me tengo que ir a otras casas, hay muchos dientes por recoger aún esta noche. Hasta luego y ¡gracias!

 

El ratón sale por el agujerito por el que había entrado.

 

Duendecillo: Y ahora, nosotros, ¿qué hacemos?

Muñeca: Uf, yo estoy agotada. No estoy acostumbrada a tantos sobresaltos.

Loro: Ni a tanto ejercicio, jajaja.

Duendecillo: Bueno, pues, a dormir entonces.

 

Los tres muñecos se ponen a dormir. En seguida, por la ventana comienza a salir el sol que va alumbrando poco a poco la habitación. María se despierta.

 

María: Ummmmm, ya es de día.

 

María bosteza, se incorpora y estira los brazos hacia arriba.

 

María: ¡Anda! ¡El “datóncito Pédez”!

 

María levanta la almohada y descubre su monedita.

 

María: ¡Mamá, mamá! Ha venido el “datoncito”, ha venido el “datoncito”.

 

Salta de la cama y sale corriendo de la habitación. La muñeca de trapo abre los ojos, el duendecillo y el loro, también. Los tres se miran con complicidad, sonríen y vuelven a dormirse. Ha sido una noche más movida de lo habitual. Ahora les toca descansar de día.

Se baja el telón. 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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