En esta entrada se recogen tres creaciones literarias
pensadas para alumnos de Educación Primaria.
1.- Texto narrativo:
Pensando en los niños de 9 años (4º primaria), he decidido escribir sobre temas
relativos a las relaciones con los compañeros del colegio, la naturaleza, la
fantasía y la justicia.
Como ya quedó justificado en la Tarea 1 (análisis y
selección de una obra literaria) las relaciones sociales, la naturaleza y la
justicia son temas del interés de los lectores elegidos, por la edad y el
momento de desarrollo en que se encuentran. También se vio que conviene mezclar
estos temas con elementos fantásticos, pues estos les permiten evadirse de la
rutina y encontrar en los relatos la oportunidad de vivir aventuras. Pueden
asimismo a descubrir maneras alternativas de resolver conflictos a través de
los recursos fantásticos literarios. Todo ello permitirá que los niños pongan
en juego su capacidad imaginativa.
De acuerdo a la edad de los lectores objetivo, el relato
tiene una estructura sencilla, lineal, con un planteamiento, un nudo y
un desenlace.
Los personajes son igualmente sencillos de
interpretar, con rasgos que facilitan la identificación de los lectores con
ellos. Cada personaje transmite una serie de valores y contravalores, en
función de su rol en la historia. Son personajes del cotidiano de un niño o una
niña de 9 años. Los valores tratados tienen que ver con la familia, la
humildad, la ayuda, la amistad, la valentía y la justicia. Todos ellos, muy
presentes en las inquietudes de los niños de 4º de primaria. Los contravalores tienen que ver con
la falta de respeto a los compañeros y al medio ambiente. El contexto en el que
transcurre la historia es familiar para un lector de 9 años: el colegio. Esto
facilita también la identificación del lector con lo que ocurre en el relato.
El lenguaje utilizado es actual, claro y de fácil
comprensión para los niños de 9 años, pero introduce algunos términos nuevos
para ellos con el fin de que puedan ir ampliando vocabulario mediante la
lectura. Las frases son sencillas y los párrafos, breves,
intercalando diálogos con narración, para dar agilidad a la lectura y hacerla
más amena. El texto tiene un tono humorístico en algunas partes, para
hacerlo lúdico y que los niños se diviertan leyéndolo.
JOSÉ Y EL ESCUCHADOR DE INSECTOS
José era el mayor de tres hermanos. Tenía nueve años y era un
niño más bien callado. Le gustaba mucho escuchar en silencio y observar todo
con sus grandes ojos de color miel. No
se perdía detalle de nada. Por eso, entre otras cosas, sacaba siempre muy
buenas notas y su profesora, Marta, estaba muy orgullosa de su trabajo. Siempre
le decía que era un alumno ejemplar, porque en clase era el que más atendía a
sus explicaciones. Algunos compañeros no terminaban de entender porqué José
apenas hablaba en el colegio, pero su profesora Marta siempre decía que los más
inteligentes son los que menos hablan. Eso a José le hacía sentir muy bien, tan
bien como cuando su padre le daba uno de sus cálidos abrazos y le decía lo
mucho que le quería. En esos momentos José era el niño más feliz del mundo.
En casa las cosas iban más o menos bien. Sus padres se
querían mucho, eso era evidente para cualquiera que los conociera. Y también
querían mucho a sus tres hijos. El padre de José trabajaba de técnico en una
empresa de fotocopiadoras y su madre, que siempre había trabajado fuera de casa,
ahora se dedicaba a cuidar de los niños y de su madre, la abuela de José. Era
una señora menudita, casi con cuerpo de niña, aunque en su rostro se adivinaba
su avanzada edad. A sus setenta y cuatro años, había vivido muchas cosas de
todo tipo: unas mejores y otras peores. Pero de todo eso, apenas recordaba
nada. Papá siempre decía que era como si le hubiera entrado un virus
informático y le hubiera borrado la memoria a su disco duro. José sabía que su
madre a veces comentaba a las vecinas que Julia (que así se llamaba su abuela)
sufría Alzheimer. José no sabía muy bien qué era eso del Alzheimer, que le
sonaba a palabra árabe, pero sí veía cada día cómo su madre se desvivía por
cuidar de la abuela, que, aunque no les reconocía ya, seguía sonriéndoles con
la boca y, sobre todo, con la mirada.
En casa no estaban para mucho gasto. Por eso, José llevaba
el uniforme del colegio con rodilleras, los puños un poco desgastados, como si
un ratoncillo se dedicara por las noches a roerlos a escondidas, y todo le
quedaba un poco corto: el pantalón, pesquero; las camisetas dejaban entrever su
ombliguillo, como si se tratara de un tercer ojo secreto; y las mangas, cortas.
Pero todo eso a José no le importaba demasiado, porque no pasaba frío y sabía
que, sacando el máximo partido a la ropa, ayudaba a sus padres a ahorrar.
Sin embargo, en su clase, Matías se burlaba cada día de José
y de su más que aprovechado uniforme. Matías era nuevo ese año en el colegio.
José no sabía mucho de su vida, pero sí había oído que los padres de Matías
tenían unos cargos muy importantes en sus respectivas empresas, y que, por eso,
ganaban mucho dinero. Y se notaba, sobre todo en los abrigos y los zapatos que
Matías llevaba al colegio. Tan nuevos, tan impolutos, tan caros.
Un día, durante el recreo, Matías empezó con sus bromas
pesadas sobre el uniforme de José. Un grupito de niños le seguían el juego y se
reían. José intentó no hacerles caso y siguió jugando como si nada. Pero al ver
que no había reacción alguna en José, Matías puso más empeño en molestarle y
comenzó a decir en voz más alta que los padres de José eran pobres y no tenían
para ropa. José se marchó a otro sitio
del patio, solo, donde no pudiera oír las tonterías de Matías. En el fondo se
sintió muy triste, porque sabía que era injusto tener que quedarse solo, porque
otro niño se estuviera metiendo con él, que no había hecho nada malo. Y también
se sintió avergonzado, porque otros niños habían oído lo que Matías había dicho
en alto repetidamente. Así que decidió sentarse un rato en el bordillo, apoyó
su cabeza contra la pared que tenía al lado y, como se sentía mal por lo que
acababa de pasar y en ese momento no había nadie por allí, dejó que unas
lagrimillas rodaran libres por su mejilla.
-No hay derecho - escuchó de pronto.
José, sorprendido, se enjugó las lágrimas con la mano y
dijo:
- ¿Qué?
-Que no hay derecho. Deberían castigar a ese humano tan
cruel.
José no sabía quién estaba hablando. Era un sonido lejano y
agudo, como amplificado por un micrófono. Miró a su alrededor y no vio a nadie.
Se puso de pie para buscar mejor y entonces oyó de nuevo:
-Ten cuidado, no me vayas a pisar.
José miró entonces al suelo y sólo vio un pequeño trozo de
plástico con forma de cono al lado de una hormiga negra.
-Hola, sí, abajo, sí, ¿no me ves? estoy aquí.
José no daba crédito. No podía ser, pero parecía que, sí…
todo apuntaba a que…, a que era la hormiga la que le hablaba. Pero ¿cómo era
posible?
-No te asustes, que soy inofensiva. Me llamo Miga, la
hormiga Miga y si quieres, puedo ser tu amiga.
-No puede ser lo que oyen mis oídos, estoy teniendo
alucinaciones. Las hormigas… ¡no hablan!
- ¡Lo dirás tú! Claro que hablamos, llevamos haciéndolo toda
la vida de la Tierra. Claro, cada una en su idioma, según el país, vosotros los
humanos también, ¿verdad? Tenemos suerte de que los dos hablemos el mismo
idioma. Si no, ahora mismo, no nos entenderíamos, jajajajaja.
- Pero ¿Cómo es que puedo oírte? Eres muy pequeña y yo estoy
muy arriba.
-Ah, sí. Se me olvidaba. ¿Ves este cono de plástico que está
a mi lado? Es un escuchador de insectos. ¡Una auténtica reliquia! Un tesoro
diría yo. Sólo hay unos cincuenta en todo el mundo, y mira, hemos tenido la
suerte de toparnos con uno hoy, los dos a la vez, aquí y ahora. ¡Qué cosas!
- ¿Escuchador de insectos? Es la primera vez que lo oigo.
- ¿De verdad? Claro, es que vosotros los humanos vais por
ahí mirándolo todo por encima del hombro y no os paráis a fijaros en las
pequeñas cosas. Seguro que más de uno ha pasado por encima de un escuchador de
insectos y ni ha reparado en él.
-Bueno, yo me fijo bastante en todo. Me gusta observar con
detenimiento, sobre todo los detalles, así aprendo mucho. Y escuchar, escucho
en silencio, de ese modo me entero de muchas cosas que otros ni se percatan.
-Pues haces muy bien, gracias a eso has reparado en mí. Y
¿sabes qué? Que puedo ayudarte.
- ¿Ayudarme? ¿A qué?
-Pues a pararle los pies a es humano tan grosero…. Ese que
se ríe de ti. ¡Le tengo una manía!
-Ah, te refieres a Matías. Sí, es muy pesado. Siempre está
metiéndose conmigo, se cree muy gracioso, pero no tiene ninguna gracia. ¿Y se puede saber cómo me vas a ayudar? Eres
una sola y tan pequeña que casi ni te verá.
-No creas, no subestimes mi ingenio. Lo tengo todo pensado y
organizado. Ese niño, Matías, es de los que se divierten orinando en las
entradas de los hormigueros, o aplastando a mis hermanas las hormigas, y eso ¡no
lo voy a tolerar más! Tenemos que hacer algo y entre los dos será más fácil. Ven,
ven, acércate que te voy a dar más detalles. Verás…
Y entonces, José se tumbó en el suelo, puso su oreja derecha
lo más cerca que pudo del escuchador de insectos y la hormiga Miga le susurró
su plan al oído.
Poco a poco a José le fue cambiando la expresión del rostro.
Ya no se acordaba del llanto que apenas hacía unos minutos había dejado
escapar, sino que una sonrisilla se empezó a dibujar en su rostro y volvió ese
brillo que siempre tenía en la mirada.
Aquel día regresó a su casa más contento que nunca. No contó
a nadie lo que le había ocurrido, porque no iban a creerle, seguro que no lo
entenderían y, además, prometió a Miga que guardaría el secreto. Eso sí,
llevaba consigo el pequeño cono de plástico, que puso a buen recaudo.
Al día siguiente, en el colegio, Matías comenzó de nuevo con
sus bromas. Esta vez, José le miró fijamente y sin perder los nervios, le dijo:
-Ándate con cuidado, no sea que, de tan ocupado que estás
metiéndote conmigo, no te des cuenta y te quedes sin merienda.
- ¿Y eso? -replicó Matías- ¿Eres tan pobre que no tienes
para comer y vas a quitarme el bocadillo?
-No- le dijo José- Yo tengo mi merienda, pero mis amigas,
que son muy previsoras, seguro que estarán muy contentas de poder guardar todas
las miguitas de tu bocadillo en su hormiguero para pasar mejor el invierno.
- ¿Eh, de qué amigas hablas? ¿Hormiguero? ¿Te has hecho
amigo de las hormigas? Jajajaja.
-Tú lo has querido Matías.
Y José saco su escuchador de insectos y llamó a Miga, que
acudió rauda y veloz.
-Hola Miga.
-Hola José- respondió la hormiga.
José era el único que podía escucharla, claro, los demás no
tenían escuchador.
-Miga, ha llegado la hora de que Matías aprenda la lección.
- ¡Qué bien! Estaba deseándolo-dijo Miga.
Y llamó de un silbido a sus compañeras de hormiguero.
Matías miraba atónito cómo José hablaba con una hormiga. Y
del mismo modo vio cómo del hormiguero salía un largo reguero de hormigas a
gran velocidad, eran muchísimas y parecían tener muy claro hacia dónde iban.
Matías no se atrevía ni a moverse. De pronto, empezó a notar
un leve cosquilleo por sus piernas. Miró y se dio cuenta de que las hormigas se
le estaban subiendo. Entonces empezó a dar patadas y a gritar desesperado.
Las hormigas siguieron su escalada hasta que llegaron a la
mano derecha de Matías, con la que sujetaba su bocadillo. Y antes de que
pudiera hacer nada por evitarlo, entre todas, fueron quitando miguitas del
bocadillo y llevándoselas raudas y veloces dentro de su hormiguero.
Matías no paraba de moverse, histérico, gritando:
- ¡Quitádmelas, por favor, quitádmelas! ¡¡¡Me están
picando!!!
Pero se equivocaba, las hormigas solo querían su bocadillo.
En apenas un par de minutos, las hormigas habían cumplido su misión: Matías ya
no tenía nada de merienda en su mano y todas estaban de vuelta en su
hormiguero.
Bueno, todas menos Miga, que esperó pacientemente para
decirle a Matías:
-Espero que hayas aprendido la lección. No está bien reírse
de los demás.
José hizo de traductor, porque era el único que podía
escucharla y entender lo que decía.
-Gracias Miga -le dijo José- Me has demostrado ser una buena
amiga.
-No hay de qué, cuando me necesites, ya sabes dónde estoy.
Y Miga volvió a su casa.
Matías no se atrevió a decir nada. Aquél fue el último día
que hizo bromas a José. Tampoco volvió a molestar a ninguna hormiga, nunca más
en toda su vida. Es más, cuando iba caminando por la calle o por el campo, se
fijaba mucho en el suelo para evitar pisar a ninguna, lo que hacía que a veces,
fuera dando unos ridículos saltitos y la gente, al verle, pensaba que no estaba
muy bien de la cabeza.
José guardó como oro en paño el escuchador de insectos, que
utilizó en muchas otras ocasiones. Gracias a él tuvo la oportunidad de hablar
con moscas, con abejas, con mosquitos, con mariposas, con mariquitas, y,
¿sabéis qué? Que cuando creció y se hizo adulto se convirtió en entomólogo, que
es como se denomina a la persona que estudia los insectos. Escribió los mejores libros sobre
entomología, como por ejemplo “Vida de una hormiga” o “Así me siento:
testimonio de una abeja reina” o “Cómo salir del capullo. Descripción de
la metamorfosis desde el punto de vista de la mariposa” y muchos otros libros
que causaron sensación en entre los científicos y le sirvieron para cosechar
numerosos éxitos. Todo gracias a su fabuloso escuchador de insectos.
2.- Texto poético:
En este caso he redactado el texto pensando en lectores
de 8 años (3º de primaria), por lo que el vocabulario está formado
por palabras que les resultan cotidianas y familiares a los niños de esta edad.
Las frases son cortas y sencillas. He buscado jugar con las palabras
para hacer el texto atractivo para los niños de esta edad y despertar en ellos
el placer de la lectura. Es un poema muy sencillo en el que utilizo algunas
figuras literarias como el símil, las personificaciones, la hipérbole, la
metáfora, con el fin de que estimular la imaginación de los lectores y hacer el
texto atractivo para ellos. El tema es los abrazos, que está relacionado
con la percepción sensorial, el contacto físico y la expresión afectiva, las
emociones, la familia, aspectos todos ellos presentes en el contexto diario de
los niños de ocho años. A esta edad llama la atención cómo, en el aula y de
manera espontánea, se acercan a los profesores para manifestarles su cariño con
un abrazo.
ABRAZOS DE DAR Y TOMAR
Mi abuelo da abrazos de oso,
grandes, calentitos y peludos.
Cuando mi abuelo me abraza,
me siento invencible, seguro.
Mi mamá da abrazos de chocolate:
son ricos, deliciosos,
te endulzan el día,
y huelen tan bien, que dan hambre.
Mi hermanito da abrazos de algodón;
a veces se cuelga del cuello,
como un precioso collar
hecho de cuentas de ternura,
delicadeza y bondad.
Mi papá da abrazos de astronauta.
Por las noches, en su regazo,
me duermo escuchando, en sus brazos,
cuentos sobre otras galaxias.
Los abrazos de mi abuela
son abrazos de caracola:
puedo sentir la brisa, el olor a sal
y el sonido de las olas.
Todos los abrazos me gustan,
cada uno en su momento,
pero lo que más, es darlos
fuertes, grandes y con besos.
3.- Teatro:
Este texto lo he escrito pensando en alumnos de 1 º de
primaria, de 6 años.
He buscado la identificación de los lectores con el personaje
protagonista a través de la coincidencia en edad y de la experiencia de la
pérdida del primer diente de leche con la ilusión que conlleva la visita
nocturna del ratoncito Pérez. Esto hace que los lectores se identifiquen con la
historia y que a la vez se trasladen al mundo de la fantasía, en el que
todo es posible, lo que despierta su curiosidad, estimula su imaginación y
ensancha su mente. Gracias a ello pueden ir más allá de su rutina cotidiana.
Como se trata de lectores de 6 años, el lenguaje
utilizado es muy sencillo, casi coloquial. Al tratarse de un texto pensado para
la representación teatral, predominan los diálogos sobre las
narraciones, aunque hay alguna, así como alguna descripción del escenario. El tono
utilizado es cercano, familiar, emotivo y con algún toque de humor muy simple,
pensado para el público de 1º de primaria.
La acción es también fácil de seguir, todo transcurre
en un único lugar, en un corto periodo de tiempo y de manera lineal,
sin que acontezcan hechos que puedan dificultar la comprensión de lo que los
niños están leyendo.
La extensión del texto es breve pensando en la edad
de los lectores de 1º de primaria. En cuanto al formato, he dejado más espaciado
entre los párrafos narrativos, para diferenciarlos claramente de los
diálogos de los personajes y que visualmente sea más ligero el texto.
UNA NOCHE MOVIDITA
Sube el telón y vemos una habitación infantil. Hay una
puerta en el lado derecho lado, una ventana de frente al fondo, una cama en el
lado izquierdo y unos muñecos dispersos por el suelo: una muñeca de trapo, un
loro de peluche y un duendecillo de juguete. Debajo de la ventana, hay una
pequeña lamparita infantil de acompañamiento encendida, conectada al enchufe de
la pared, un poco por encima del rodapié. También hay una lámpara en el techo y
una mesilla de noche junto a la cama.
María tiene 6 años y hoy se le ha caído su primer diente
de leche. Después de la cena, María entra en su habitación, con el pijama
puesto y con una gran sonrisa en su cara. Enciende la luz del techo. Coge un
osito de peluche y se acerca a la cama.
María: Ven conmigo osito, vamos a la cama “dápido”,
que así viene antes el “datón”.
A María todavía no le sale la erre fuerte. Muy
emocionada, coge a su osito de peluche y se acuesta. Enseguida entra su mamá y
se acerca a darle el beso de buenas noches.
Mamá: María, ¿te has acordado de poner el diente
debajo de la almohada?
María: Uy, no, es “veddad”, se me había
olvidado. Está en la mesilla, mamá.
Mamá: Ah, sí, ya lo veo. Bueno, pues lo ponemos ahora
aquí debajo y a dormir, a ver qué regalito te trae el ratón.
Su mamá coloca el diente bajo la almohada.
María: Sí, a “dodmid”.
María cierra los dos ojos, muy fuerte, y su mamá le canta
una nana.
Mamá: Duérmete, duérmete, duérmete niña linda,
duérmete, duérmete, que el ratón ya va a llegar…
María se queda plácidamente dormida. Su madre apaga la
luz, sale de la habitación y cierra la puerta. Solo queda un poco de claridad
procedente de la tenue lucecita de compañía, por si María se despierta para ir
al baño en mitad de la noche. Entonces, los muñecos cobran vida.
Muñeca de trapo: Bueno, ya se ha dormido chicos, ya
podemos hablar y movernos, pero sin hacer ruido, ya sabéis, no sea que nos
descubran.
Duendecillo de juguete: Uf, ¡por fin! Ya necesitaba
estirarme un poco.
Loro de peluche: Estirarme un poco, estirarme un
poco.
Muñeca de trapo: Loro, deja de repetir las cosas, que
no eres un loro de verdad.
Loro: Vaaale, llevas razón. Bueno, ¿qué? ¿Jugamos a
algo?
Duendecillo de juguete: ¡Sí! ¿Qué tal al escondite
inglés?
Muñeca de trapo: Venga, vale, tú la ligas
duendecillo.
Duendecillo de juguete: Siempre la ligo yo, qué
rollo.
El duendecillo se va hasta la pared del fondo y se coloca
apoyando la cabeza en ella, de espaldas a los otros dos muñecos, mientras dice
en voz alta:
Duendecillo de juguete: Una, dos y tres, al escondite
inglés, sin mover las manos ni los pies.
El duendecillo se da rápidamente la vuelta y mira a sus
amigos, que se han quedado en posturas muy graciosas al intentar llegar a la
pared sin que el duendecillo los vea moverse.
Se acerca a ellos, y les observa de cerca, muy de cerca…
pero ni siquiera pestañean, así que vuelve a la pared y repite:
Duendecillo de juguete: Una, dos y tres, al escondite
inglés, sin mover las manos ni los pies.
La muñeca y el loro dan otros pasitos mientras el
duendecillo cuenta. De pronto éste se gira y pilla al loro.
Duendecillo de juguete: Loro, atrás, acabo de verte
moviéndote.
Loro: Vaya, qué mala suerte.
Y el loro, vuelve a la posición de salida. De pronto, se
oye un ruidito al otro lado del rodapié, como de roce en la madera. Los tres
muñecos miran hacia el lugar de donde proviene el ruidito. En medio de la
oscuridad, bajo la suave luz de la pequeña lamparita de acompañamiento
nocturna, surgen del rodapié unos pequeños dientecillos blancos, seguidos de
unos largos bigotillos y detrás de todo aquello, un pequeño ratoncito muy
simpático.
Ratón: Oh, ¡cuánta gente! Buenas noches. ¿Cómo
estáis?
Loro: ¿Quién eres tú? Y ¿de dónde sales?
Ratón: Soy el ratoncito Pérez, supongo que habréis
oído hablar de mí.
Duendecillo: Ah, sí, acaban de hablar de ti, es
verdad. Dijeron que esta noche venías. No te esperábamos tan pronto.
Ratón: Suelo llegar tan pronto como los niños se
quedan dormidos, es la mejor manera de que no me descubran. Por cierto, espero
que me guardéis el secreto.
Muñeca de trapo: Descuida, no solemos hablar con
nadie de la casa, sólo hablamos entre nosotros.
Loro: Sí, solo hablamos entre nosotros. Bueno, y
ahora contigo, claro. Te guardaremos el secreto, tranquilo.
Ratón: Genial, muchas gracias. Por cierto, ¿podríais
ayudarme? Es que tengo que subir hasta la cama y meterme debajo de la almohada,
sacar el diente, guardarlo en mi bolsa y dejar una moneda a cambio. Normalmente
lo hago todo yo solo, pero ya que estáis aquí….
Duendecillo: Sí, claro, te ayudamos. ¿Qué tenemos que
hacer?
De pronto se oyen pasos acercándose y a la madre de María
hablar.
Muñeca: Shhhh, shhhh, silencio, quedaos inmóviles que
viene.
Los muñecos y el ratón se callan y se quedan quietos para
que no les descubran. Se abre la puerta
de la habitación y se ilumina el cuarto con la luz que llega del pasillo. La
madre de María asoma la cabeza por la puerta mientras habla por su teléfono
móvil.
Mamá: Sí papá, estamos todos bien. Con mucho trabajo,
ya sabes. María ya está dormida. Mañana le espera un día intenso. Esta noche
viene el ratón Pérez por primera vez. Mañana te llama y te cuenta lo que le ha
traído.
La madre de María cierra la puerta y se aleja por el
pasillo. Se oyen sus pisadas y su voz, cada vez más lejanas.
Ratón: Ya está, ya se ha ido. Venga, poneos aquí, a
los pies de la cama. Como el duendecillo es el más pequeño, se colocará abajo y
me subiré en sus manos. Entonces me aúpas a los hombros del loro, y una vez allí,
tú, muñeca, que eres la más alta, me ayudas a subir a la cama. ¿Entendido?
Muñeca, duendecillo y Loro, a la vez: ¡Entendido!
Los muñecos se colocan como les dice Pérez y éste trepa
hasta llegar a la almohada.
Pérez: Ya está, conseguido, gracias, chicos. Esperad,
que cojo el diente, uf cómo pesa… dejo la moneda y me bajo igual que he subido.
Una vez abajo el ratón, los tres muñecos se estiran.
Muñeca: ¿Y ahora qué?
Ratón Pérez: Por mi parte, ya está. Me tengo que ir a
otras casas, hay muchos dientes por recoger aún esta noche. Hasta luego y
¡gracias!
El ratón sale por el agujerito por el que había entrado.
Duendecillo: Y ahora, nosotros, ¿qué hacemos?
Muñeca: Uf, yo estoy agotada. No estoy acostumbrada a
tantos sobresaltos.
Loro: Ni a tanto ejercicio, jajaja.
Duendecillo: Bueno, pues, a dormir entonces.
Los tres muñecos se ponen a dormir. En seguida, por la
ventana comienza a salir el sol que va alumbrando poco a poco la habitación.
María se despierta.
María: Ummmmm, ya es de día.
María bosteza, se incorpora y estira los brazos hacia
arriba.
María: ¡Anda! ¡El “datóncito Pédez”!
María levanta la almohada y descubre su monedita.
María: ¡Mamá, mamá! Ha venido el “datoncito”,
ha venido el “datoncito”.
Salta de la cama y sale corriendo de la habitación. La
muñeca de trapo abre los ojos, el duendecillo y el loro, también. Los tres se
miran con complicidad, sonríen y vuelven a dormirse. Ha sido una noche más
movida de lo habitual. Ahora les toca descansar de día.
Se baja el telón.
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