En este artículo recojo una reflexión
final sobre la asignatura de Literatura española, literatura infantil y
educación literaria en la etapa de Primaria. En concreto, he querido profundizar en los aspectos que el maestro debe tener en cuenta para mejorar la educación
literaria de sus alumnos.
Para ello, he realizado una labor
de investigación y he encontrado algunos artículos y libros (recogidos en la
bibliografía) en los que me he basado para elaborar esta reflexión.
Para comenzar, la profesora Marta
Sanjuán Álvarez, de la Universidad de Zaragoza, plantea un panorama no muy
alentador, que, aunque corresponde a hace algunos años, creo que puede
seguir siendo aplicable a la situación actual:
“Aun admitiendo el peso
evidente que determinados factores externos (tiempos escolares, espacios,
recursos, currículos, etcétera) puedan tener en los resultados obtenidos en
cuanto a la promoción de la lectura, la sensación de crisis y de frustración
que se vive en el terreno de la enseñanza de la lectura y de la literatura
desde hace varias décadas puede estar motivada, además, por prácticas
que se alejan de la verdadera naturaleza del proceso de lectura
–especialmente de la lectura literaria–.
La indefinición con
respecto a las finalidades de la educación literaria en todos los tramos
educativos lleva aparejada una falta de criterio claro con respecto a
todos los demás elementos que configuran el currículo: selección de
contenidos, enfoques metodológicos, selección de los textos, disponibilidad de
horas reales en el apretado currículo escolar para la lectura literaria,
recursos didácticos, criterios y procedimientos de evaluación de las
competencias lecto-literarias, etcétera.
Una revisión en profundidad
de lo que significan conceptos como lector, texto, proceso de interacción entre
el texto y el lector o los propios conceptos de literatura y lectura literaria,
podría sentar unas nuevas bases para la educación literaria, la cual
debería considerar con amplitud no sólo los procesos cognitivos, sino
también todos los procesos emocionales que intervienen en ese intercambio o
transacción que se produce entre un texto determinado y un lector individual.
Urge, a mi modo de ver,
retomar el debate sobre la función de la literatura en la sociedad
actual y, más concretamente, sobre el papel de la literatura en el sistema
educativo presente y futuro. Urge revisar si la escuela contribuye a formar
lectores independientemente de las circunstancias familiares y sociales de las
que éstos provengan. Urge, en definitiva, retomar la eterna cuestión: ¿Para
qué sirve la literatura? ¿Seguimos teniendo, hoy, necesidad de la
literatura?”
Creo que puede responder a esta pregunta la explicación que Teresa Colomer, Catedrática de Didáctica de la Literatura, hace sobre el potencial educativo de la literatura, en la que cita a la profesora Mercedes Etreros: "De lo expuesto
en relación con las visiones psicológica y filosófica de Vygotski y de Bajtin
se deduce que el acceso a una competencia en la lectura y comprensión de los
textos literarios, por la propia índole de éstos, equivaldría, en el proceso de
enseñanza y aprendizaje, a la adquisición de una capacidad interpretativa de
los valores culturales que contienen los enunciados y géneros discursivos que
componen la obra literaria. En eso radica la cualidad preeminente de la
disciplina en los programas educativos, y la necesidad de instituirla como
troncal en tanto que en sí constituye la praxis de los fenómenos lingüísticos
-textuales y discursivos- posibles dentro del pensamiento y de la historia de
los pueblos. El acceso a este tipo de enfoques es perfectamente factible, y la
competencia que con su práctica adquiere el alumnado va mucho más allá
de la estrictamente literaria, pues lo sitúa en condiciones de acceder a
los fenómenos sociológicos, antropológicos, filosóficos, históricos, etc.
presentes en los lenguajes; es decir, de acceder a la interpretación del
pensamiento cultural. (1995:51-52).
¿Y qué dice la ley? Si acudimos a
la legislación educativa en la que se recogen los objetivos de la educación
literaria en la etapa de Primaria, encontramos que la Orden ECD/686/2014,
de 23 de abril, por la que se establece el currículo de la Educación Primaria,
establece que “El Bloque 5, Educación Literaria, asume el objetivo de hacer
de los alumnos y alumnas lectores cultos y competentes, implicados en un
proceso de formación lectora que continúe a lo largo de toda la vida.”
Hablaríamos por tanto de educar a los alumnos para que adquieran tres cualidades como lectores:
1.- Ser lectores cultos: tradicionalmente se ha relacionado la cultura literaria con el conocimiento de las obras y de los escritores más relevantes a lo largo de la historia, así como con la capacidad de hacer un análisis, interpretación y valoración de aquéllas, conociendo y teniendo en cuenta el contexto histórico en el que fueron escritas y publicadas, junto con la biografía y perfil de sus autores.
2.- Ser lectores competentes: por lectores competentes se entiende aquellos capaces de leer con fluidez, buena entonación y cierta velocidad, así como de comprender e interpretar el significado y mensaje del texto.
3.- Ser lectores implicados en un proceso de formación lectora que continúe a lo largo de toda su vida: este tercer punto se refiere a inculcar el hábito lector y el gusto por la lectura en los alumnos de primaria de por vida.
¿Cómo podemos alcanzar estos objetivos en educación literaria?
La misma norma legal continúa diciendo: “Para eso es necesario alternar la lectura, comprensión e interpretación de obras literarias cercanas a sus gustos personales y a su madurez cognitiva con la de textos literarios y obras completas que aporten el conocimiento básico sobre algunas obras representativas de nuestra literatura.”
Es decir, de alguna manera se está dando por sentado que, para conseguir los objetivos anteriormente descritos, los alumnos de educación primaria deberán leer algunas obras completas que, sin ser cercanas a sus gustos personales y a su madurez cognitiva, les aporten el conocimiento básico sobre algunas obras representativas de nuestra literatura.
Y aquí surge esta cuestión: ¿tiene sentido plantear en esta etapa educativa la lectura de obras alejadas a los gustos y madurez cognitiva de los alumnos, cuando uno de los objetivos pretendidos con la educación literaria es la de inculcarles el gusto por la lectura y, con ello, el hábito lector? ¿Podrán disfrutar de la lectura si la obra está alejada, ya no solo de sus gustos, sino también de su madurez cognitiva?
La profesora Pascuala Morote Magán es de la opinión de que “en
las clases de Literatura, cualquiera que sea el nivel educativo en el que nos
movamos, lo esencial es que nuestros alumnos comprendan lo que lean,
disfruten comprendiendo y al mismo tiempo se den cuenta de que la Literatura es
un arte, y, por tanto, deben captar los recursos artísticos de la lengua
literaria.”
Aparecen aquí ya algunos de los
aspectos a tener en cuenta a la hora de mejorar la educación literaria en
primaria, ya que, como explica esta autora existen “dos caminos que se le
ofrecen en la enseñanza de la Literatura: uno, cerrado y estrecho; otro,
abierto y amplio. El primero expresado por obligatoriedad, imposición,
monotonía, aburrimiento, memorismo, incomprensión, suplicio, ... que conduce
inevitablemente al odio por la literatura.
El segundo, manifestado por comunicación, disfrute, encuentro,
aventura, misterio, fascinación, exploración, emoción, divertimento, juego,
curiosidad, crítica, comprensión, entendimiento, apertura, fantasía e ilusión,
que opino, pueden llevar al alumno hacia el amor y el gusto por la lectura,
que se convertirá para ellos en una guía, un deseo, una dinámica y un espacio
de diálogo. De todo lo cual se deducen los aspectos fundamentales que
todo profesor de Literatura, según mi opinión ha de tener en cuenta:
motivación constante, selección adecuada, posibilidad de elección,
participación.”
Para Teresa Colomer, “la existencia de un corpus de
estudio claramente definido se convierte en un objeto disecado, incapaz de poner
en contacto al lector con su realidad cultural. La multiplicidad de los
textos a utilizar parece ser la única salida posible en una enseñanza que
se quiere adaptada a los distintos contextos educativos y a la diversidad de los
individuos. El lector busca la gratificación de su lectura y, por lo tanto, el
criterio de selección debe incluir siempre la capacidad de los textos para
relacionarse de forma intelectual y afectivamente motivadora con la experiencia
lectora y de vida de los alumnos.”
Parece pues muy importante que el maestro haga un análisis previo y una adecuada selección de las obras literarias buscando, en cada momento, aquéllas más cercanas a los gustos personales y a la madurez cognitiva de sus alumnos, utilizando adaptaciones enfocadas a cada edad, ofreciendo amplias listas de obras que permitan elegir a los alumnos qué lectura prefieren, favoreciendo la participación activa de los alumnos y poniendo el énfasis en los aspectos emocionales de la experiencia lectora con el fin de despertar en ellos la curiosidad y el deseo lector de las mismas. Se trata de que el profesor motive a los alumnos, les contagie su entusiasmo y les ofrezca la posibilidad de ser sujetos activos en el aprendizaje literario, que puedan escoger y tengan un papel participativo en las clases.
Relacionado con esta participación de los alumnos en las clases y volviendo a la legislación educativa, continúa la norma antes citada estableciendo que “La información y la interpretación de textos u obras no es unidireccional de docente a alumno, sino que es este último el que debe ir adquiriendo, con la guía del docente, los recursos personales propios de un lector activo, capaz de ver en la obra literaria una ventana abierta a la realidad y a la fantasía y un espejo en que el que tomar conciencia de sí mismo y del mundo que le rodea. Del mismo modo, esa toma de conciencia del mundo y de uno mismo se ve favorecida por la actividad lúdica y creativa del alumnado en la producción de textos personales de intención literaria (…) Exige la capacidad de interpretar y valorar el mundo y de formar sus propias opiniones a través de la lectura crítica de las obras literarias más importantes de todos los tiempos.”
Es decir, se busca dotar a los alumnos de los recursos
propios de un lector activo, que busquen en la literatura una vía para la
construcción de su representación del mundo y de su propia identidad. Esto les
facilitará el gusto y el placer de la lectura de obras literarias.
En palabras de la profesora Teresa Colomer, “suscitar
el placer de la lectura y formar las capacidades interpretativas son objetivos
complementarios que deben planificarse en un marco integrador”
También establece la ley que este papel lúdico y creativo de
la lectura literaria es importante que se complete con la producción de textos
literarios por parte del alumno. En
este sentido, me parece oportuno apuntar la opinión de Pascuala Morote Magán, para
quien “el profesor tiene que dar ejemplo y leer a los alumnos sus propias
creaciones”. Además, defiende esta autora que “De ahí, que
sea tan importante que desde la infancia los niños amen la literatura y prueben
a hacer literatura, como quien está jugando.”
Respecto al papel de la educación literaria en la formación
de lectores activos, en opinión del profesor de la Universidad de Granada, Juan
Mata, “al hablar de educación lectora no hablamos de otra cosa que de
animar a leer”
Y en este punto, me planteo si se está utilizando una metodología pedagógica orientada a animar a los alumnos a leer, si en las clases de primaria se pone el foco en la satisfacción que produce al alumno la experiencia lectora cuando comprueba que efectivamente, la literatura es una ventana abierta a un mundo que le permite tomar conciencia del suyo y de su propia identidad.
Tal y como indica Marta Sanjuán,
“la lectura literaria como creadora de sentido, como vía de conocimiento del
mundo y de la construcción de la propia identidad, o como práctica liberadora,
constituyen las principales dimensiones de la experiencia lectora. (…) La
capacidad de construir experiencia personal a partir de la experiencia
simbolizada en el texto literario es la principal fuente de satisfacción para
el lector. Pero hay distintas maneras de leer, y no todas conducen a esa
experiencia vital. (…) Durante mucho tiempo se ha privilegiado una
concepción instrumental, formalista, pretendidamente «científica» de la lectura
literaria, y se ha rehuido en la enseñanza de la literatura toda experiencia de
lectura subjetiva.”
¿Cuál sería entonces la manera
de leer que nos interesaría fomentar en el aula de primaria desde el punto de
vista de la educación literaria?
El profesor Juan Mata Anaya lo
explica así: “surge así la posibilidad de una lectura ética, incluso en el
caso de los lectores más jóvenes (…) al modo abierto, frágil y evocador propio
de la literatura. Me refiero al hecho de leer con la conciencia de leerse,
de buscar en palabras del libro señales para el entendimiento del mundo, de
explorar imaginativa y emocionalmente la vida de otros (…). Dialogar
profundamente con el texto y compartir con otros la propia lectura resulta
entonces fundamental. (…) El lector no se limita a observar, sino que se
implica, responde al texto. Da cuenta de lo sucedido en su mente mientras
leía. Habla de sí a propósito del libro. El proceso de la lectura no sería
entonces una simple recepción, sino una voluntaria “transacción” entre el
lector y el texto (Rosenblatt, 2005). Propiciar esa experiencia vital, ese
activo y ético comportamiento lector, podría ser uno de los fundamentos de la
pedagogía de la lectura literaria. Ahí radicaría la verdadera contribución
de la literatura a la educación”.
Cualquiera que haya podido
experimentar la lectura literaria así descrita sabe que esta interacción
bidireccional entre texto y lector es lo que éste busca cuando escoge una obra
y se dispone a leerla. Ahora bien, existen importantes diferencias entre la lectura
escogida, realizada en el ambiente tranquilo y distendido del entorno personal
del lector, y la lectura que se realiza en el aula de primaria.
Y es que, como continúa
argumentando
Siguiendo al profesor Juan Mata, “mientras
aceptamos que ser lector incumbe a la propia experiencia y que la emoción se
hace presente desde el momento en que se abre un libro, el acceso a los
textos literarios se produce en las aulas de manera académica, anodina,
desentendida del mundo. Se produce así una contradicción entre los
propósitos declarados y las tareas escolares, de modo que la literatura, lejos
del vitalismo y la transgresión que se le asigna, queda reducida a una simple
materia de estudio. (…) Armonizar placer y norma, libertad y examen,
preferencias y prescripción, resulta una tarea titánica y frustrante para los
profesores. No siempre se resuelven bien esas antinomias. La pugna suele
decantarse, por lo general, del lado de las rutinas y las programaciones.”
Y esto da pie a otro importante
aspecto que el maestro de educación literaria debe tener en cuenta para mejorar
su enseñanza, y que enlaza con su papel crucial de motivar a los alumnos,
que es el de dar ejemplo y transmitir su entusiasmo a la clase. Porque
para que el maestro sea capaz de equilibrar los aspectos académicos con los
aspectos subjetivos y emocionales de la lectura, en opinión del profesor Juan
Mata es muy importante que él mismo sea lector activo de obras literarias.
Nos dice el profesor Mata: “En ese terreno concedo una gran importancia a la
coherencia y al ejemplo personal. Si admitimos que una cosa es saber leer y
otra muy diferente ser lector, deberíamos entonces aceptar que la formación de
un lector no depende de un método o una estrategia didáctica, sino de los
gestos, las actitudes, las emociones, los testimonios de quienes leen y
defienden la lectura. (…) Los alumnos se sienten más receptivos a las palabras
de quienes les leen en voz alta en clase o hacen apología de los libros
sosteniéndolos en sus manos, que a los discursos de quienes disertan a favor de
la lectura por puro compromiso profesional. (…) La enseñanza de la
literatura no es una cuestión estricta de metodología, sino fundamentalmente de
seducción personal”.
Pascuala Morote, en su texto “Creatividad
y motivación en la enseñanza de literatura”, recoge los siguientes
testimonios, que me parecen muy ilustrativos a este respecto: “A Lázaro
Carreter hace tiempo que le oí en una conferencia una frase cuyo contenido
procuro hacer mío en las clases de didáctica de la literatura: "el
profesor de literatura tiene que ser un profesor de entusiasmo". Lázaro Carreter escribe: "No creo en el
lector espontáneo; los que solemos tenernos por tales, hallaremos en los
orígenes de nuestra afición, estímulos y contagio". Ángel Vivas recoge,
entre otras, la opinión de Luis Mateo Díez en torno a la enseñanza de la
Literatura: "El entusiasmo debe llevar también al conocimiento y a la
información que requiere toda disciplina. La literatura hay que
enseñarla desde la fascinación que tiene, y ese es un producto que el enseñante
tiene que saber vender".
Parece pues, que el entusiasmo
y la parte emocional de la lectura literaria son aspectos fundamentales que
el profesor de primaria ha de ser capaz de transmitir a sus alumnos a partir de
su propia experiencia.
En palabras de Marta Sanjuán, “si
la dimensión emocional del aprendizaje es relevante en cualquier
situación de aprendizaje, considero que lo es de una manera especial en lo
que afecta al aprendizaje lector y literario, y ello en una doble relación
mutua: la que se refiere al papel que las emociones del alumno-lector pueden
desempeñar en el aprendizaje literario y la que se refiere al papel que la literatura
puede representar en la construcción de la identidad personal y el desarrollo
integral de los individuos.”
¿Se tiene en cuenta el aspecto
emocional de la experiencia lectora personal de los alumnos cuando se enseña
educación literaria en educación primaria?
En opinión de Marta Sanjuán, “ni
los currículos oficiales, atiborrados de contenidos en el área de Lengua
castellana y literatura, especialmente en la Educación Secundaria, ni las
tradiciones metodológicas predominantes en la enseñanza literaria, ni la
concepción de los manuales escolares, favorecen una educación literaria que
explore en profundidad la dimensión emocional del aprendizaje literario como
uno de sus ejes vertebradores. La Estética de la recepción ha subrayado el
papel protagonista del lector como receptor activo que pone en marcha
una serie de habilidades cognitivas complejas que dan lugar a la interpretación
del texto literario. No ha recibido tanta atención, sin embargo, la
dimensión afectiva o emocional de la lectura literaria.”.
Respecto a esta interpretación
del texto literario, continúa Marta Sanjuán argumentando que “la
transposición de los modelos de competencia lectora o competencia
lecto-literaria al aula puede favorecer el referirse a los jóvenes lectores
como «lectores incompetentes» o «poco competentes», «ingenuos», «incapaces»,
«no lectores», etcétera, cuando los profesores comprueban que los alumnos
«no comprenden» lo que leen, sin advertir que muchas veces esa
incomprensión se genera a partir de unos modelos teóricos previos sobre la
comprensión lectora que convierten la lectura en un «despliegue de
«procedimientos», «procesos» que los alumnos deben efectuar a la hora de
enfrentarse a un texto» (Cuesta, 2006:14). Sólo si, como profesores,
consideramos que puede haber una diversidad en los modos de apropiación del
sentido de los textos, y que en realidad todas las lecturas están
«contaminadas» por los presupuestos estéticos e ideológicos del lector,
dejaremos de culpabilizar a los jóvenes lectores por esas lecturas subjetivas.
Ello no supone que el profesor renuncie a ofrecer unos saberes culturales sobre
los textos. El papel del profesor consistiría, más bien, en “escuchar” cómo
los alumnos leen e interpretan esos textos para hacerles reflexionar sobre los
sentidos que han construido y hacerles avanzar desde unas lecturas emocionales
o impresionistas hacia otros modos de apropiación más racionales que se apoyan
en diversos conocimientos que sólo la escuela puede proporcionar. (…) Sin
la implicación emocional del lector no es posible la interpretación.”
“Los enfoques metodológicos
todavía dominantes, sobre todo en la Educación Secundaria, siguen
favoreciendo un acercamiento excesivamente formalista o conceptual al texto
literario que fácilmente deja fuera las conexiones personales entre el
lector y el texto. Este tipo de acercamiento a la literatura no estimula
la lectura personal, la que establece unos vínculos emocionales profundos
entre los contenidos temáticos del texto, sus valores éticos y sociales,
representados a veces vívidamente a través de las situaciones humanas que viven
los personajes, y los conflictos o situaciones que viven los lectores concretos
–niños o adolescentes que están formando su personalidad, su concepción de la
realidad social y sus pautas de comportamiento-lo cual no significa tratar
estos contenidos éticos al margen de las características estéticas de la obra.”
“Los objetivos o
finalidades asignados al aprendizaje literario han perdido de vista, en gran
medida, unos fines educativos de carácter general, dirigidos al desarrollo
integral de los individuos. La convicción de los profesores acerca del papel
insustituible de la literatura en el desarrollo emocional de los niños y los
jóvenes –que conllevaría la construcción de su identidad individual y
cultural, el desarrollo de su capacidad de comprensión de la realidad social e
histórica a la que pertenecen, el refuerzo de la creatividad y desarrollo del
pensamiento crítico, su apertura hacia otras formas de vida y de convivencia–,
debería orientar el establecimiento de unas nuevas bases en las que asentar un enfoque
de la enseñanza de la literatura que no se limite a la adquisición de nociones
sobre el hecho literario o destrezas de carácter «técnico», sino que recupere
la dimensión humanizadora que le corresponde.”
Por tanto, volvemos al punto de
que, para lograr que los alumnos de primaria adquieran el hábito de la lectura,
deben encontrar estimulante el hecho de leer al comprobar que la literatura les
aporta crecimiento personal además de conocimiento técnico. Sólo encontrando
gratificante la lectura, se logrará que los alumnos adquieran hábito lector.
Como dice el profesor Mata “El
cada vez mejor conocimiento de cómo funciona el cerebro humano está permitiendo
demostrar que el placer, que preserva y sostiene la vida, está en el
origen de cualquier actividad que se emprende, inclusive la lectura”
Por tanto, tal vez a la hora de definir
una metodología pedagógica para enseñar literatura, sería bueno
considerar el objetivo específico de que los alumnos disfruten de la
lectura y descubran el placer de leer.
Siguiendo en este punto a
Antonio Mendoza Fillola, “el placer de la lectura es, precisamente, la
consecuencia resultante de la satisfacción de comprender e interpretar lo
leído. Comprender es un proceso complejo de asociaciones en el que intervienen
factores muy diversos. En la actualidad, aún parece una paradoja el contraste
entre nuestra intención de formar lectores competentes y los medios que se
utilizan en la enseñanza de
la literatura. Quizá, la causa de esta confusión radique en que la literatura
exige, además del aprendizaje de ciertos datos y conocimientos externos, la
educación de la sensibilidad estética -expresión compleja y difícil de precisar
y matizar, soy consciente de ello-; es decir, requiere una formación específica
para que el lector sepa establecer su interpretación y su valoración personal
del texto. En ello se junta su ineludible actividad subjetiva para apropiarse
del significado, de la intencionalidad a través del fondo y de la forma de
expresión. En esta doble interacción -apreciación subjetiva y aportaciones
de conocimientos-, se diferencia la literatura de las restantes materias del
currículum escolar.”
Esto presupone un concepto de
lector “como receptor activo, que participa, coopera e interactúa con el
texto”
Para Carolina Cuesta, “leer
es comprender y disfrutar, es reconocer y degustar, es identificar y entender,
es analizar, responder, hipotetizar, inferir e interpretar y opinar, estudiar y
vivenciar, saber y rememorar”.
En la misma línea podemos decir
que, “la literatura, al mismo tiempo que nos proporciona una fuente
inagotable de placer, nos hace (y nos debe) hacer pensar”.
¿Cómo puede el profesor de
educación literaria en educación primaria lograr todo esto?
De nuevo citaré a la profesora Pascuala
Morote Magán que ofrece bastantes ideas al respecto y que, como comenté
anteriormente, ve fundamental que el maestro se centre en cuatro aspectos:
1) Motivación: para lograr motivación por la lectura literaria en el aula, esta debe reunir unas condiciones que estimulen el gusto por la lectura:
a. Que haya biblioteca de aula que
posibilite el contacto permanente de los alumnos con los libros.
b. Que se adorne la clase con motivos literarios.
c. Que haya murales con ilustraciones,
notas, esquemas y comentarios breves sobre los autores que se estén leyendo.
d. Que los estudiantes expongan poemas
ilustrados por ellos.
e. Que en clase se lean y comenten textos
producidos por los alumnos.
f. Que se posibilite a todos los alumnos
escribir y publicar sus textos con medios como el libro blanco de la
literatura, el periódico escolar, revistas que inserten las publicaciones de
los alumnos, ...
2) Adecuada selección de las obras por
parte del maestro: este “es un aspecto sobre el que hay que
reflexionar, y al que hay que cuidar porque la selección inadecuada de
libros puede originar un odio a los mismos, si no se tienen en cuenta los
gustos de cada lector.”
3) Posibilitar a los alumnos la
elección: es “esencial,
pues, dar a los alumnos la posibilidad de elegir sus lecturas; el profesor
debe ofrecer siempre una lista amplia de títulos y autores que posibiliten
la elección.”
4) Fomentar
la participación de los alumnos: “En cuanto a la participación
hay que tenerla en cuenta, no sólo en el sentido de que el alumno intervenga
en la clase oralmente, sino como base de la creatividad, de la recreación -utilizando este término, recreación- en el sentido de "volver a
crear"”.
La profesora Morote recoge el testimonio de Mario Vargas Llosa: "Creo que mi primera manifestación de una vocación literaria tiene que ver con esas lecturas, con esas historias que siempre se terminaban. [...]. Yo recuerdo que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de esas historias que me apenaba tanto que se terminaran. Yo las continuaba. Algunas veces las corregía porque los finales no me gustaban, me daba pena que el héroe se muriera. Entonces lo repuntaba y escribía pequeñas notas, en fin, modificando esos finales".
Y continúa la profesora mencionando que “el profesor francés Jean Ricardou en un coloquio celebrado en Estrasburgo en 1975 fundamentó su objetivo de Didáctica de la Literatura en "combatir la separación entre la teoría y la práctica, a propósito de los textos. En no limitarse a enseñarlos, a mostrarlos como objetos distantes, a infundir sólo una doctrina histórica y crítica de ellos, sino a convertir a los alumnos en productores de textos, de tal modo que vayan apropiándose a la vez, de la teoría y de la práctica del escribir"”.
Nombra Morote al “italiano Gianni Rodari, cuya obra “Gramática de la
fantasía” es conocida actualmente por casi todos los profesores y
estudiantes de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Y el argentino Ernesto
Camilli, cuyas obras son esenciales para motivar a los estudiantes (de
cualquier nivel educativo) a recrear textos de autores conocidos, para crear
otros a partir de ellos.”
Como he comentado anteriormente, para esta profesora el muy importante que los niños amen la literatura desde la infancia y prueben a hacer literatura “como quien está jugando”.
El juego, elemento natural del niño que está aprendiendo a relacionarse con su entorno, permitiría al profesor acercar esas obras a los intereses de los alumnos, además de introducir un elemento lúdico y, por tanto, emocional en la enseñanza de la lectura literaria.
Pero para que surta efecto, es importante además el tipo de relación que el maestro establece con su clase, el clima que crea en el aula, pues puede ser determinante a la hora de obtener una mayor o menor participación de los alumnos.
"Conseguir
la participación de los alumnos cuesta mucho trabajo; en consecuencia, es preciso que se establezca un clima de confianza entre profesor y alumno,
regido por una constante de afecto y buen humor, que deben ser fomentados para
eliminar tensiones y para incitar a la creatividad tanto individual, como
colectivamente, porque, como indica Heinelt: "El humor es parte de la
atmósfera creativa; por eso no ha de ser tabú, ni debe descalificarse""
Hay que favorecer un clima propicio a la creatividad innata del niño, pues es la creatividad un buen punto de conexión entre los intereses de los alumnos y la literatura.
¿Cómo se pueden conectar ambas creatividades (la del niño con la plasmada en la obra literaria) de forma que se traduzca en la producción de textos literarios por parte de los alumnos?
Pascuala Morote nos propone una serie de actividades:
1)
De recreación:
a)
Con el texto poético:
• Continuar poemas abiertos.
• Escribir poemas con la misma estructura de los autores que se están
analizando en ese momento.
• Señalar las palabras clave de un poema, buscar otras de la misma
sonoridad y con ellas confeccionar un nuevo poema.
• Añadir metáforas y comparaciones a un texto poético.
• Señalar las palabras más y menos bellas de varios textos, indicar las
razones y hacer un texto nuevo, utilizándolas.
• Presentar 4 poemas para que del primero se imite la estructura; del
segundo se extraigan los adjetivos; del tercero los sustantivos y del cuarto
los verbos; barajar todos esos elementos y hacer un nuevo poema.
• Secuenciar un poema y transformarlo en un relato o en un cómic.
• Escribir poemas imitando el pensamiento y el estilo de los escritores
de un determinado movimiento literario.
• Señalar los adjetivos de un texto, uno de los cuales puede servir de
título a un nuevo poema.
• Musicar poemas.
• Ilustrar poemas.
• Relacionar la poesía con la pintura o el color.
• Hacer caligramas.
b)
Con el texto narrativo.
• Cambiar los finales.
• Añadir algún capitulo nuevo.
• Introducir otros personajes.
• Enfrentar personajes de obras y épocas distintas, haciéndoles hablar
como corresponde en cada momento histórico.
• Inventar esquemas que reflejen la relación de unos personajes con
otros.
• Escribir poemas o monólogos inspirados en el personaje que más
ternura sugiera.
• Alterar la época.
• Analizar el estilo descriptivo y realizar nuevas descripciones.
• Hacer entrevistas imaginarias al autor o personajes de alguna obra.
• Redactar un monólogo con los pensamientos que puede tener un
personaje en un momento dado de la obra, no explicada por el autor.
• Dramatizar fragmentos.
• Secuenciar textos narrativos cortos, dibujar las escenas y proyectarlas
en el proyector de cuerpos opacos.
• Transformar una obra narrativa en dramática, aprovechando los
elementos descriptivos para las acotaciones teatrales.
• Presentar comentarios, cuyo formato guarde relación con algo del argumento.
Por ejemplo, de “Charlie y la fábrica de chocolate” de Roald Dahl se han
presentado comentarios con forma de bombón.
2)
Actividades de creación libre:
• Escribir diarios.
• Novelas cortas.
• Cuentos.
• Obras de teatro.
• Poemas.
3)
Otras actividades:
• Organizar excursiones literarias, preparadas de antemano por el
profesor y los estudiantes: la ruta de Gabriel Miró, la ruta del Quijote, ...
• Realizar paseos literarios. Por ejemplo, proponer fragmentos de las descripciones que sobre Valencia capital aparecen en las obras de Azorín y Blasco Ibáñez, confeccionar los itinerarios a seguir e ir leyendo dichos fragmentos en las calles, plazas y monumentos descritos por ellos.
• Leer una ciudad. Buscar los escritores que hayan escrito, por ejemplo,
sobre Valencia, y comentar sus obras, y preparar una antología con las
descripciones más sobresalientes.
Y concluye la profesora Morote diciendo que “estas técnicas, están encaminadas a producir buenos
resultados, por la implicación del alumno en su trabajo (se siente protagonista),
porque se crea un espíritu de colaboración (algunos trabajos se realizan
en equipo), porque el proceso enseñanza-aprendizaje, se basa, no sólo en la experiencia
personal y en la creatividad, sino también en el juego y en
la investigación; porque el alumno que sea un lector pasivo, puede
sentir la necesidad de convertirse, en activo. Y porque, quizás, fomentemos en
nuestros alumnos un ansia de superación y un espíritu de confianza en
ellos mismos, que pueden ser una ayuda muy necesaria, tanto en la formación
de su personalidad como en la vida.”
Como conclusión, el papel
del maestro en la educación literaria de sus alumnos puede marcar la diferencia
en función de si tiene o no en cuenta todos los aspectos comentados que resumo
en el siguiente decálogo:
1.-Considerar tanto los procesos
cognitivos como los procesos emocionales de la experiencia lectora: sin la
implicación emocional del lector, no es posible la interpretación de la obra.
2.-Considerar el papel educativo
de la literatura, no sólo desde el punto de vista técnico lingüístico-literario, sino
desde el punto de vista humanizador.
3.-Tener presente que el
potencial educativo de la literatura radica en poder acceder a la interpretación
del pensamiento cultural.
4.-Plantear como objetivo que los
alumnos disfruten de la experiencia lectora.
5.-Motivar a los alumnos: dando ejemplo, como lector activo y como productor de textos literarios que se leerán
y comentarán en clase; transmitiendo su entusiasmo a los alumnos; considerando el
papel que juegan la experiencia vital y las conexiones personales entre el
lector y el texto en la interpretación que aquél haga del mismo; escuchando la
lectura e interpretación de los alumnos y haciéndoles reflexionar y avanzar en la
misma, haciéndoles pensar, acompañándolos en su desarrollo emocional.
6.-Seleccionar las obras, además de por criterios curriculares, buscando
lecturas afectivamente motivadoras para los alumnos, que susciten en ellos el placer
de la lectura, contribuyan a formar sus capacidades interpretativas y a educar
su sensibilidad estético-literaria.
7.-Posibilitar al alumno la
elección de sus lecturas, ofreciéndoles una multiplicidad de textos que les pongan
en contacto con su realidad cultural, presente o pasada.
8.- Fomentar la participación de
los alumnos entendida como participación oral en clase, de manera que cada
alumno pueda hablar a los demás de sí mismo a propósito de la obra y que, entre
todos, se construya el significado de manera compartida mediante la discusión y
la información proporcionada por el maestro.
9.- Fomentar la participación de
los alumnos mediante la creación literaria, de manera lúdica, fomentando la creatividad
en un clima de confianza, de afecto y de buen humor en la clase.
10.- Hacer al alumno protagonista,
partícipe activo de su educación literaria (que participa, coopera e interactúa
con el texto), fomentar su ansia de superación y su confianza en sí mismo.
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didácticos de Lengua y Literatura (Vol. 8, págs. 127-171). Zaragoza.
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