jueves, 5 de noviembre de 2020

Textos folclóricos. Selección y adaptación.

 1.- Importancia de la utilización del texto folclórico en el aula de primaria:

“La incorporación de la literatura oral tradicional a la escuela supone hacer que el niño viva la palabra que ha perdurado durante generaciones, llenarlo de la afectividad de la comunicación de tú a tú, e incorporarlo a su cultura o a otras culturas ancestrales.  El cuento folclórico es la herencia que se ha elaborado y transmitido de forma horizontal, el contacto con los personajes mágicos que llenaron de emociones el pasado y siguen llenando las mentes infantiles de todos los tiempos. Según Jung “nuestro nacimiento se produce en el seno de un inconsciente colectivo, creador de imágenes hereditarias” y no se debe negar al niño la posibilidad de aprehenderlas.” (Labajo González)

Tal y como explica Pascuala Morote:

“El cuento es una pieza clave en la formación literaria del nivel de la Educación Primaria, pues no podemos olvidar que los maestros capaces de disfrutar y transmitir el disfrute del cuento a sus alumnos son los motivadores auténticos de la seducción por la lectura en edades tempranas.

El cuento (la literatura, en general) es un componente fundamental para el desarrollo de las habilidades lingüísticas en los niveles de la Educación Primaria, pues el alumno que oye, cuenta y crea sus propios cuentos se apropia de unas palabras, de unas estructuras lingüísticas y de unos recursos literarios que interioriza y hace suyos.

Los cuentos de tradición oral y los cuentos literarios son un medio excelente, no sólo de transmisión, sino de afirmación cultural y pueden servir de base para erradicar actitudes racistas y potenciar valores positivos.

El cuento tiene sus fuentes en la vida, por lo que sirve para aproximar a los niños de la Educación Primaria a los problemas y actitudes del mundo de los adultos, para que posteriormente reflexionen sobre ello.

El cuento contribuye a fomentar el saber escuchar a las personas mayores que aún tienen mucho que contar, pues llevan con ellos su propio pasado y escucharlos es como si leyéramos libros.

Los cuentos narrados o leídos en voz alta crean vínculos de afectividad, que contribuyen a la felicidad personal de los receptores y que, desde el punto de vista psicológico, pueden ayudar a formar personalidades equilibradas.

El cuento permanece siempre, de ahí la importancia de los recuerdos infantiles en torno a los primeros cuentos escuchados o leídos de los que dice Soledad Puértolas que llevan «... el germen de algo y cuando acaba no se acaba, está destinado a permanecer, a volver a ser contado, a ser inmortal...»” (Morote Magán )

 

2.- Cuento de los Hermanos Grimm: JUAN SIN MIEDO.

Érase un padre que tenía dos hijos, el mayor de los cuales era listo y despierto, muy despabilado y capaz de salir con bien de todas las cosas. El menor, en cambio, era un verdadero zoquete, incapaz de comprender ni aprender nada, y cuando la gente lo veía, no podía por menos de exclamar: «¡Este sí que va a ser la cruz de su padre!». Para todas las faenas había que acudir al mayor; no obstante, cuando se trataba de salir, ya anochecido, a buscar alguna cosa, y había que pasar por las cercanías del cementerio o de otro lugar tenebroso y lúgubre, el mozo solía resistirse:

–No, padre, no puedo ir. ¡Me da mucho miedo!

Pues, en efecto, era miedoso.

En las veladas, cuando, reunidos todos en torno a la lumbre, alguien contaba uno de esos cuentos que ponen carne de gallina, los oyentes solían exclamar: «¡Oh, qué miedo!». El hijo menor, sentado en un rincón, escuchaba aquellas exclamaciones sin acertar a comprender su significado.

–Siempre están diciendo: «¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!». Pues yo no lo tengo. Debe ser alguna habilidad de la que yo no entiendo nada.

Un buen día le dijo su padre:

–Oye, tú, del rincón: Ya eres mayor y robusto. Es hora de que aprendas también alguna cosa con que ganarte el pan. Mira cómo tu hermano se esfuerza; en cambio, contigo todo es inútil, como si machacaras hierro frío.

–Tienes razón, padre –respondió el muchacho–. Yo también tengo ganas de aprender algo. Si no te parece mal, me gustaría aprender a tener miedo; de esto no sé ni pizca.

El mayor se echó a reír al escuchar aquellas palabras, y pensó para sí: «¡Santo Dios, y qué bobo es mi hermano! En su vida saldrá de él nada bueno. Pronto se ve por dónde tira cada uno». El padre se limitó a suspirar y a responderle:

–Día vendrá en que sepas lo que es el miedo, pero con esto no vas a ganarte el sustento.

A los pocos días tuvieron la visita del sacristán. Le contó el padre su apuro, cómo su hijo menor era un inútil; ni sabía nada, ni era capaz de aprender nada.

–Sólo le diré que una vez que le pregunté cómo pensaba ganarse la vida, me dijo que quería aprender a tener miedo.

–Si no es más que eso –repuso el sacristán–, puede aprenderlo en mi casa. Deje que venga conmigo. Yo se lo desbastaré de tal forma, que no habrá más que ver.

Se avino el padre, pensando: «Le servirá para despabilarse». Así, pues, se lo llevó consigo y le señaló la tarea de tocar las campanas. A los dos o tres días lo despertó hacia medianoche y lo mandó subir al campanario a tocar la campana. «Vas a aprender lo que es el miedo», pensó el hombre mientras se retiraba sigilosamente. Estando el muchacho en la torre, al volverse para coger la cuerda de la campana vio una forma blanca que permanecía inmóvil en la escalera, frente al hueco del muro. –¿Quién está ahí? –gritó el mozo. Pero la figura no se movió ni respondió.

–Contesta –insistió el muchacho– o lárgate; nada tienes que hacer aquí a medianoche.

Pero el sacristán seguía inmóvil, para que el otro lo tomase por un fantasma.

El chico le gritó por segunda vez:

–¿Qué buscas ahí? Habla si eres persona cabal, o te arrojaré escaleras abajo.

El sacristán pensó: «No llegará a tanto», y continuó impertérrito, como una estatua de piedra. Por tercera vez le advirtió el muchacho, y viendo que sus palabras no surtían efecto, arremetió contra el espectro y de un empujón lo echó escaleras abajo, con tal fuerza que, mal de su grado, saltó de una vez diez escalones y fue a desplomarse contra una esquina, donde quedó maltrecho. El mozo, terminado el toque de campana, volvió a su cuarto, se acostó sin decir palabra y se quedó dormido.

La mujer del sacristán estuvo durante largo rato aguardando la vuelta de su marido; pero viendo que tardaba demasiado, fue a despertar, ya muy inquieta, al ayudante, y le preguntó:

–¿Dónde está mi marido? Subió al campanario antes que tú.

–En el campanario no estaba –respondió el muchacho–. Pero había alguien frente al hueco del muro, y como se empeñó en no responder ni marcharse, he supuesto que era un ladrón y lo he arrojado escaleras abajo. Vaya a ver, no fuera el caso que se tratase de él. De veras que lo sentiría.

La mujer se precipitó a la escalera y encontró a su marido tendido en el rincón, quejándose y con una pierna rota.

Lo bajó como pudo y corrió luego a la casa del padre del mozo, hecha un mar de lágrimas: –Su hijo –se lamentó– ha causado una gran desgracia, ha echado a mi marido escaleras abajo, y le ha roto una pierna. ¡Llévese enseguida de mi casa a esta calamidad! Corrió el padre, muy asustado, a casa del sacristán, y puso a su hijo de vuelta y media:

–¡Eres una mala persona! ¿Qué maneras son ésas? Ni que tuvieses el diablo en el cuerpo.

–Soy inocente, padre –contestó el muchacho–. Le digo la verdad. Él estaba allí a medianoche, como si llevara malas intenciones. Yo no sabía quién era, y por tres veces le advertí que hablase o se marchase.

–¡Ay! –exclamó el padre–. ¡Sólo disgustos me causas! Vete de mi presencia, no quiero volver a verte.

–Bueno, padre, así lo haré; aguarda sólo a que sea de día, y me marcharé a aprender lo que es el miedo; al menos así sabré algo que me servirá para ganarme el sustento.

–Aprende lo que quieras –dijo el padre–; lo mismo me da. Ahí tienes cincuenta monedas; márchate a correr mundo y no digas a nadie de dónde eres ni quién es tu padre, pues eres mi mayor vergüenza.

–Sí, padre, como quieras. Si sólo me pides eso, fácil me será obedecerte.

Al apuntar el día embolsó el muchacho sus cincuenta monedas y se fue por la carretera. Mientras andaba, iba diciéndose:

«¡Si por lo menos tuviera miedo! ¡Si por lo menos tuviera miedo!». En esto acertó a pasar un hombre que oyó lo que el mozo murmuraba, y cuando hubieron andado un buen trecho y llegaron a la vista de la horca, le dijo:

–Mira, en aquel árbol hay siete que se han casado con la hija del cordelero, y ahora están aprendiendo a volar. Siéntate debajo y aguarda a que llegue la noche. Verás cómo aprendes lo que es el miedo.

–Si no es más que eso –respondió el muchacho–, la cosa no tendrá dificultad; pero si realmente aprendo qué cosa es el miedo, te daré mis cincuenta monedas. Vuelve a buscarme por la mañana.

Y se encaminó al patíbulo, donde esperó, sentado, la llegada de la noche. Como arreciara el frío, encendió fuego; pero hacia medianoche empezó a soplar un viento tan helado, que ni la hoguera le servía de gran cosa. Y como el ímpetu del viento hacía chocar entre sí los cuerpos de los ahorcados, pensó el mozo: «Si tú, junto al fuego, estás helándose, ¡cómo deben pasarlo esos que patalean ahí arriba!». Y como era compasivo de natural, arrimó la escalera y fue desatando los cadáveres, uno tras otro, y bajándolos al suelo. Sopló luego el fuego para avivarlo, y dispuso los cuerpos en torno al fuego para que se calentasen; pero los muertos permanecían inmóviles, y las llamas prendieron en sus ropas. Al verlo, el muchacho les advirtió:

–Si no tienen cuidado, los volveré a colgar.

Pero los ajusticiados nada respondieron, y sus andrajos siguieron quemándose.

Se irritó entonces el mozo:

–Puesto que se empeñan en no tener cuidado, nada puedo hacer por ustedes; no quiero quemarme yo también.

Y los colgó nuevamente, uno tras otro; hecho lo cual, volvió a sentarse al lado de la hoguera y se quedó dormido.

A la mañana siguiente se presentó el hombre, dispuesto a cobrar las cincuenta monedas. –Qué, ¿ya sabes ahora lo que es el miedo? –No –replicó el mozo–. ¿Cómo iba a saberlo? Esos de ahí arriba ni siquiera han abierto la boca, y fueron tan tontos que dejaron que se quemasen los harapos que llevan.

Vio el hombre que por aquella vez no embolsaría las monedas, y se alejó murmurando: –En mi vida me he topado con un tipo como éste.

Siguió también el mozo su camino, siempre expresando en voz alta su idea fija: «¡Si por lo menos supiese lo que es el miedo! ¡Si por lo menos supiese lo que es el miedo!». Lo escuchó un carretero que iba tras él, y le preguntó:

–¿Quién eres?

–No lo sé –respondió el joven.

–¿De dónde vienes? –siguió inquiriendo el otro.

–No lo sé.

–¿Quién es tu padre?

–No puedo decirlo.

–¿Y qué demonios estás refunfuñando entre dientes?

–¡Oh! –respondió el muchacho–, quisiera saber lo que es el miedo, pero nadie puede enseñármelo.

–Basta de tonterías –replicó el carretero–. Te vienes conmigo y te buscaré alojamiento. Lo acompañó el mozo, y, al anochecer, llegaron a una hospedería. Al entrar en la sala repitió el mozo en voz alta:

–¡Si al menos supiera lo que es el miedo!

Oyéndolo el posadero, se echó a reír, y dijo:

–Si de verdad lo quieres, tendrás aquí buena ocasión para enterarte.

–¡Cállate, por Dios! –exclamó la patrona–. Más de un temerario lo ha pagado ya con la vida. ¡Sería una pena que esos hermosos ojos no volviesen a ver la luz del día! Pero el muchacho replicó:

–Por costoso que sea, quisiera saber lo que es el miedo; para esto me marché de casa.

Y estuvo importunando al posadero, hasta que éste se decidió a contarle que, a poca distancia de allí, se levantaba un castillo encantado, donde, con toda seguridad, aprendería a conocer el miedo si estaba dispuesto a pasar tres noches en él. Le dijo que el Rey había prometido casar a su hija, que era la doncella más hermosa que alumbrara el sol, con el hombre que a ello se atreviese. Además, había en el castillo valiosos tesoros, capaces de enriquecer al más pobre, que estaban guardados por espíritus malos, y podrían recuperarse al desvanecerse el maleficio. Muchos lo habían intentado ya, pero ninguno había escapado con vida de la empresa.

A la mañana siguiente, el joven se presentó al Rey y le dijo que, si se le autorizaba, él se comprometía a pasarse tres noches en vela en el castillo encantado. Lo miró el Rey, y como su aspecto le resultara simpático, le dijo:

–Puedes pedir tres cosas para llevarte al castillo, pero deben ser cosas inanimadas. A lo que contestó el muchacho:

–Deme entonces fuego, un torno y un banco de carpintero con su cuchilla.

El Rey hizo llevar aquellos objetos al castillo. Al anochecer subió a él el muchacho, encendió en un aposento un buen fuego, colocó al lado el banco de carpintero con la cuchilla y se sentó sobre el torno.

–¡Ah! ¡Si por lo menos aquí tuviera miedo! –suspiró–. Pero me temo que tampoco aquí me enseñarán lo que es.

Hacia medianoche quiso avivar el fuego, y mientras lo soplaba oyó de pronto unas voces, procedentes de una esquina, que gritaban:

–¡Au, miau! ¡Qué frío hace!

–¡Tontos! –exclamó él–. ¿Por qué gritan? Si tienen frío, acérquense al fuego y caliéntense. Apenas hubo pronunciado estas palabras, llegaron de un enorme brinco dos grandes gatos negros que, sentándose uno a cada lado, clavaron en él una mirada ardiente y feroz. Al cabo de un rato, cuando ya se hubieron calentado, dijeron:

–Compañero, ¿qué te parece si echamos una partida de naipes?

–¿Por qué no? –respondió él–. Pero antes muéstrenme las patas.

 Los animales sacaron las garras.

–¡Ah! –exclamó el muchacho–. ¡Vaya uñas largas! Primero se las cortaré.

Y, agarrándolos por el cuello, los levantó y los sujetó por las patas al banco de carpintero.

–He adivinado sus intenciones –dijo– y se me han pasado las ganas de jugar a las cartas.

Acto seguido los mató de un golpe y los arrojó al estanque que había al pie del castillo. Despachados ya aquellos dos y cuando se disponía a instalarse de nuevo junto al fuego, de todos los rincones y esquinas empezaron a salir gatos y perros negros, en número cada vez mayor, hasta el punto de que ya no sabía él dónde meterse. Aullando lúgubremente, pisotearon el fuego, intentando esparcirlo y apagarlo. El mozo estuvo un rato contemplando tranquilamente aquel espectáculo hasta que, al fin, se amoscó y, empuñando la cuchilla y gritando: «¡Fuera de aquí, chusma asquerosa!», arremetió contra el ejército de alimañas. Parte de los animales escapó corriendo, el resto los mató, y arrojó sus cuerpos al estanque. De vuelta al aposento, reunió las brasas aún encendidas, las sopló para reanimar el fuego y se sentó nuevamente a calentarse. Y estando así sentado, le vino el sueño, con una gran pesadez en los ojos. Miró a su alrededor, y descubrió en una esquina una espaciosa cama. «A punto vienes», dijo, y se acostó en ella sin pensarlo más.

Pero apenas había cerrado los ojos cuando el lecho se puso en movimiento, como si quisiera recorrer todo el castillo. «¡Tanto mejor!», se dijo el mozo. Y la cama seguía rodando y moviéndose, como tirada por seis caballos, cruzando umbrales y subiendo y bajando escaleras. De repente, ¡hop!, un vuelco, y queda la cama patas arriba, y su ocupante debajo como si se le hubiese venido una montaña encima.

Lanzando al aire mantas y almohadas, salió de aquel revoltijo, y, exclamando: «¡Que pasee quien tenga ganas!», volvió a la vera del fuego y se quedó dormido hasta la madrugada.

A la mañana siguiente se presentó el Rey, y, al verlo tendido en el suelo, creyó que los fantasmas lo habían matado.

–¡Lástima, tan guapo mozo! –dijo.

Lo escuchó el muchacho e, incorporándose, exclamó:

–¡No están aún tan mal las cosas!

El Rey, admirado y contento, le preguntó qué tal había pasado la noche.

–¡Muy bien! –respondió el interpelado–. He pasado una, también pasaré las dos que quedan.

Al entrar en la posada, el hostelero se quedó mirándolo como quien ve visiones.

–Jamás pensé volver a verte vivo –le dijo–. Supongo que ahora sabrás lo que es el miedo.

–No –replicó el muchacho–. Todo es inútil. ¡Ya no sé qué hacer!

Al llegar la segunda noche, se encaminó de nuevo al castillo y, sentándose junto al fuego, volvió a la vieja canción: «¡Si siquiera supiese lo que es el miedo!». Antes de medianoche se oyó un estrépito. Quedo al principio, luego más fuerte; siguió un momento de silencio, y, al fin, emitiendo un agudísimo alarido bajó por la chimenea la mitad de un hombre y fue a caer a sus pies.

–¡Caramba! –exclamó el joven–. Aquí falta una mitad. ¡Hay que tirar más!

Volvió a oírse el estruendo, y, entre un alboroto de gritos y aullidos, cayó la otra mitad del hombre.

–Aguarda –exclamó el muchacho–. Voy a avivarte el fuego.

Cuando, ya listo, se volvió a mirar a su alrededor, las dos mitades se habían soldado, y un hombre horrible estaba sentado en su sitio.

–¡Eh, amigo, que éste no es el trato! –dijo–. El banco es mío.

El hombre quería echarlo, pero el mozo, empeñado en no ceder, lo apartó de un empujón y se instaló en su asiento.

Bajaron entonces por la chimenea nuevos hombres, uno tras otro, llevando nueve tibias y dos calaveras, y, después de colocarlas en la posición debida, comenzaron a jugar a bolos. Al muchacho le entraron ganas de participar en el juego y les preguntó:

–¡Hola!, ¿puedo jugar yo también?

–Sí, si tienes dinero.

–Dinero tengo –respondió él–. Pero sus bolos no son bien redondos.

Y, cogiendo las calaveras, las puso en el torno y las modeló debidamente.

–Ahora rodarán mejor –dijo–. ¡Así da gusto!

Jugó y perdió algunos florines; pero al dar las doce, todo desapareció de su vista. Se tendió y durmió tranquilamente. A la mañana siguiente se presentó de nuevo el Rey, curioso por saber lo ocurrido.

–¿Cómo lo has pasado esta vez? –le preguntó.

–Estuve jugando a los bolos y perdí unas cuantas monedas.

–¿Y no sentiste miedo?

–¡Qué va! –replicó el chico–. Me he divertido mucho. ¡Ah, si pudiese saber lo que es el miedo!

La tercera noche, sentado nuevamente en su banco, suspiraba mohíno y malhumorado: «¡Por qué no puedo sentir miedo!».

Era ya bastante tarde cuando entraron seis hombres fornidos llevando un ataúd. Dijo él entonces:

–Ahí debe de venir mi primito, el que murió hace unos días.

–Y, haciendo una seña con el dedo, lo llamó:

–¡Ven, primito, ven aquí!

Los hombres depositaron el féretro en el suelo. El mozo se les acercó y levantó la tapa: contenía un cuerpo muerto. Le tocó la cara, que estaba fría como hielo.

–Aguarda –dijo–, voy a calentarte un poquito.

Y, volviéndose al fuego a calentarse la mano, la aplicó seguidamente en el rostro del cadáver; pero éste seguía frío. Lo sacó entonces del ataúd, se sentó junto al fuego con el muerto sobre su regazo, y se puso a frotarle los brazos para reanimar la circulación. Como tampoco eso sirviera de nada, se le ocurrió que metiéndolo en la cama podría calentarlo mejor. Lo acostó, pues, lo arropó bien y se echó a su lado. Al cabo de un rato, el muerto empezó a calentarse y a moverse. Dijo entonces el mozo:

–¡Ves, primito, cómo te he hecho entrar en calor!

Pero el muerto se incorporó, gritando:

–¡Te voy a estrangular!

–¿Esas tenemos? –exclamó el muchacho–. ¿Así me lo agradeces? Pues te volverás a tu ataúd.

Y, levantándolo, lo metió en la caja y cerró la tapa. En esto entraron de nuevo los seis hombres y se lo llevaron.

–No hay manera de sentir miedo –se dijo–. Está visto que no me enteraré de lo que es, aunque pasara aquí toda la vida.

Apareció luego otro hombre, más alto que los anteriores, y de terrible aspecto; pero era viejo y llevaba una larga barba blanca.

–¡Ah, bribonzuelo –exclamó–; pronto sabrás lo que es miedo, pues vas a morir!

–¡Calma, calma! –replicó el mozo–. Yo también tengo algo que decir en este asunto.

–Deja que te agarre –dijo el ogro.

–Poquito a poco. Lo ves muy fácil. Soy tan fuerte como tú, o más.

–Eso lo veremos –replicó el viejo–. Si lo eres, te dejaré marchar. Ven conmigo, que haremos la prueba.

Y, a través de tenebrosos corredores, lo condujo a una fragua. Allí empuñó un hacha, y de un hachazo clavó en el suelo uno de los yunques.

–Yo puedo hacer más –dijo el muchacho, dirigiéndose al otro yunque. El viejo, colgante la blanca barba, se colocó a su lado para verlo bien. Cogió el mozo el hacha, y de un hachazo partió el yunque, aprisionando de paso la barba del viejo.

–Ahora te tengo en mis manos –le dijo–; tú eres quien va a morir.

Y, agarrando una barra de hierro, la emprendió con el viejo hasta que éste, gimoteando, le suplicó que no le pegara más; en cambio, le daría grandes riquezas. El chico desclavó el hacha y lo soltó. Entonces el hombre lo acompañó nuevamente al palacio, y en una de las bodegas le mostró tres arcas llenas de oro:

–Una de ellas es para los pobres; la otra, para el Rey, y la tercera, para ti. Dieron en aquel momento las doce, y el trasgo desapareció, quedando el muchacho sumido en tinieblas.

–De algún modo saldré de aquí –se dijo.

Y, moviéndose a tientas, al cabo de un rato dio con un camino que lo condujo a su aposento, donde se echó a dormir junto al fuego.

A la mañana siguiente compareció de nuevo el Rey y le dijo:

–Bien, supongo que ahora sabrás ya lo que es el miedo.

–No –replicó el muchacho–. ¿Qué es? Estuvo aquí mi primo muerto, y después vino un hombre barbudo, el cual me mostró los tesoros que hay en los sótanos; pero de lo que sea el miedo, nadie me ha dicho una palabra.

Dijo entonces el Rey:

–Has desencantado el palacio y te casarás con mi hija.

–Todo eso está muy bien –repuso él–. Pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.

Sacaron el oro y se celebró la boda. Pero el joven príncipe, a pesar de que quería mucho a su esposa y se sentía muy satisfecho, no cesaba de suspirar: «¡Si al menos supiese lo que es el miedo!».

Al fin, aquella cantinela acabó por irritar a la princesa. Su camarera le dijo:

–Yo lo arreglaré. Voy a enseñarle lo que es el miedo.

Se dirigió al riachuelo que cruzaba el jardín y mandó que le llenaran un barreño de agua con muchos pececillos. Por la noche, mientras el joven dormía, su esposa, instruida por la camarera, le quitó bruscamente las ropas y le echó encima el cubo de agua fría con los peces, los cuales se pusieron a coletear sobre el cuerpo del muchacho. Éste despertó de súbito y echó a gritar:

–¡Ah, qué miedo, qué miedo, mujercita mía! ¡Ahora sí que sé lo que es el miedo!

3.- Justificación de la elección:

He elegido este cuento porque trata sobre el miedo, una emoción que aparece y va evolucionando en la infancia y que los niños deben aprender a gestionar adecuadamente con ayuda de sus padres y educadores. Para los niños, sus miedos son importantes y una historia como la de Juan sin miedo puede ser un buen recurso para ayudarles a entender mejor qué es el miedo, a ver que a todos nos dan miedo cosas parecidas y a compartir en el aula qué hacemos cada uno cuando tenemos miedo.  

Juan sin miedo, el personaje principal del cuento, es alguien extraordinario que no conoce esa emoción y podría pensarse por ello que es muy valiente, cualidad que creo que puede ser aspiracional para los niños de primaria, que aún están en una etapa de su desarrollo en la que tienen que aprender a gestionar el miedo. Creo que querrán escuchar atentamente la historia para saber cómo es que Juan nunca ha tenido miedo y descubrir si finalmente logrará sentirlo alguna vez.

En este sentido, Juan sin miedo podría ser el héroe al que los niños querrían parecerse. Ser capaz de controlar el miedo es un reto diario para muchas personas, y para los niños especialmente, pues aún no disponen de las herramientas o recursos necesarios.

El miedo es una emoción evolutiva que acompaña al niño durante su desarrollo y va cambiando con su crecimiento, por lo que es un tema que en principio podría ser apropiado para cualquier curso de primaria.

“A partir del primer año de vida aparecen nuevos miedos y otros se intensifican. Así mientras que en torno al año aparece el temor a las situaciones nuevas, es a los dos-tres años cuando se intensifica el miedo a la separación y empiezan a aparecer los animales como objetos de temor. Y a los cuatro o cinco años, los temores más frecuentes se refieren a personajes fantásticos e imaginarios (Bauer, 1976), a la oscuridad, pesadillas, quedarse solo, al daño físico, a las catástrofes, a la desaprobación social o a la muerte.” (Tirilonte Cao, 2015).

“De los cuatro a los seis años al miedo a la oscuridad se añade el miedo a los fenómenos naturales, como los relámpagos, los truenos o el viento, y a los monstruos imaginarios, como las brujas y los fantasmas. También el miedo a los animales es muy frecuente”. (Los miedos del pequeño, 2011).

En este cuento el miedo se relaciona con la oscuridad, la muerte, los muertos, los fantasmas, seres del más allá, en definitiva, con monstruos imaginarios.

A la vista de que el miedo a la oscuridad, a los fantasmas, seres imaginarios y a la muerte aparece entre los cuatro y los seis años, creo que este cuento de “Juan sin miedo” (aunque como explicaré más adelante, no en esta versión original sino con una adaptación) podría ser adecuado para trabajarlo en primer curso de Educación Primaria (6 años), pues a esta edad el niño ya sabe de lo que está hablando la historia, lo ha podido experimentar en primera persona y tendrá curiosidad por saber cómo logra el protagonista controlar sus miedos, viéndolo como alguien a quien le gustaría parecerse, una especie de héroe del que puede aprender a gestionar sus propios miedos llegado el caso.

En cuanto a los intereses de los niños, a esta edad de 6 años les atraen los “cuentos populares, protagonistas animales o personajes fantásticos. Los monstruos, por su plasticidad y poca concreción, parecen muy aptos para encarar las angustias interiores, los miedos y las pesadillas. (Colomer, 2007, p. 27)” (Necesidades e intereses lectores en Educación Infantil & Primaria, 2018/2019).

A los dos años los niños prefieren libros sobre un mundo conocido y con acciones experimentadas por ellos, pero a los cuatro predomina la excitación por lo desconocido y en general se produce una progresiva ampliación desde el realismo a la fantasía. Así, según Haas Dyson (1989), el 97% de las historias que los niños inventan a los dos años y medio se centran en el mundo de la casa y la familia, como acciones cotidianas como comer, dormir, etc. a los cinco años, en cambio, sólo un tercio de sus historias ocurren en su vivienda y únicamente un 7% se circunscriben a acciones realistas. (Colomer, 2007, p. 28). A los cinco años la mayoría de los niños ya utilizan la denominada “cadena focalizada”. En ella se establecen las peripecias de un personaje como en un rosario de cuentas. Hacia los seis años los niños dominan propiamente la estructura de la narración con todas sus condiciones, por ejemplo, la de que el final debe estar relacionado con el conflicto planteado en el inicio.  (Colomer, 2007, p. 24)” (Necesidades e intereses lectores en Educación Infantil & Primaria, 2018/2019).

Parece, por tanto, que este cuento se podría ajustar a las necesidades e intereses de los niños y niñas de 6 años y que podría trabajarse en el aula de 1º de Educación Primaria.

4.- Aspectos morfológicos del cuento:

Se presenta al protagonista en oposición a las cualidades de su hermano: es torpe, un zoquete, inútil, incapaz de hacer ni de aprender nada y no conoce lo que es el miedo.

“Bettelheim (1997, p. 35). “Al presentar al niño caracteres totalmente opuestos, se le ayuda a comprender más fácilmente la diferencia entre ambos, cosa que no podría realizar si ambos personajes representaran fielmente la vida real, con todas las complejidades que caracterizan a los seres reales” (Necesidades e intereses lectores en Educación Infantil & Primaria, 2018/2019)

El protagonista, debido a su incapacidad para ganarse la vida, su torpeza y su obsesión por aprender qué es el miedo, va progresivamente alejándose de su núcleo familiar: primero marcha a casa del sacristán del pueblo, pero después su propio padre le pide que se vaya, pues ya no sabe cómo hacer de él un hombre y le impone una prohibición: la de volver a su casa con su familia, le pide que se olvide de él, de sus orígenes, y que no vuelva.

Cuando Juan sin miedo llega al castillo ha de pasar unas pruebas, que son las tres noches que debe pernoctar allí, a pesar de la presencia de los fantasmas y los seres de ultratumba. En estas pruebas vemos como Juan sin miedo, desde su ignorancia y su simpleza, se bate con los monstruos y los vence, logrando así que el castillo deje de estar encantado (tarea cumplida, reparación) y obteniendo la recompensa prometida: la mano de la princesa, con quien se casa. Se convierte así Juan sin miedo en un héroe: el hijo desastre de quien su padre se avergüenza se ha convertido en un joven valiente que ascenderá socialmente hasta lo más alto al convertirse en príncipe por haber conseguido la misión encomendada por el rey de desencantar el castillo en la que muchos otros habían fracasado.

Pero Juan sin miedo aún no ha conseguido saber lo que es el miedo. Será su mujer, la princesa, quien logre que sienta miedo al tirarle encima un cubo de agua helada con peces vivos mientras duerme. De este modo, el protagonista alcanza su objetivo sin haber dejado de ser valiente en los momentos más complicados de la historia y para todos sigue siendo Juan sin miedo.

5.- Aspectos simbólicos del cuento:

He encontrado una información muy interesante y valiosa en los vídeos de la filóloga y escritora Patricia Sánchez-Cutillas acerca del simbolismo del cuento de Juan sin miedo:

El miedo es una emoción que normalmente se siente como negativa, sin embargo, es necesario porque nos avisa de los peligros. Juan se da cuenta de que tiene esta carencia y siente la necesidad de hacer algo para solucionarlo, intuyendo que ello le ayudará a ganarse el sustento, ya que es torpe para hacer o aprender cualquier otra cosa. De algún modo, el cuento relaciona la torpeza y la ignorancia con la ausencia de miedo.

A lo largo del cuento, la noche tiene un gran protagonismo, en la noche ocurren muchas cosas (se cuentan historias de miedo, el sacristán le lleva al campanario de noche para asustarlo, la escena del patíbulo ocurre en la noche, debe pasar tres noches en el castillo encantado). La noche, al igual que la oscuridad, simboliza lo inconsciente, el encuentro de Juan con su inconsciente. Ahí es donde busca el miedo que no conoce.  

Por otro lado, el campanario donde el sacristán pretende enseñar a Juan qué es el miedo, así como las campanas, simbolizan lo sagrado, el contacto de la tierra con el cielo. En el cuento aparecen elementos que tienen que ver con la vida en el más allá, algo que todas las religiones tratan de explicar, cada una a su manera. Por tanto, lo sagrado, la religión, la muerte, la vida después de la muerte, también se relacionan con el miedo y aparecen en el cuento en símbolos como el campanario, las campanas, el sacristán.

Tras la escena del campanario, Juan emprende su viaje, tras el repudio de su padre, para descubrir lo que es el miedo. El viaje representaría la búsqueda de la identidad de Juan. Esto podemos verlo en el diálogo entre Juan y el viajante, a quien le dice que no sabe quién es, de dónde viene, cuál es su nombre, ni quién es su padre.

En la escena del patíbulo o en las escenas que se narran durante las tres noches en el castillo encantado, sorprende que Juan no distingue vivos de muertos, fantasmas de humanos, a pesar de que tiene una percepción clara de la realidad, por lo que parece que no conocer el miedo es no tener conciencia de lo que es la muerte.

Cuando Juan conoce la historia del castillo encantado, acepta el trato de pasar las tres noches en él, pero no quiere desencantar el castillo, sino conocer el miedo, este es su verdadero motivo.

El castillo puede simbolizar el retiro de Juan consigo mismo, en la noche sería el encuentro con su subconsciente, para poder conocer lo que es el miedo.

Juan limpiará el castillo de fantasmas, lo que puede simbolizar limpiar nuestro subconsciente de ideas que nos frenan.

Los tres objetos que pide Juan al rey, y con los que consigue limpiar el castillo, son un torno (que recuerda la creación, incluso podría pensarse en la creación divina del hombre), un poco de fuego (uno de los cuatro elementos, con capacidad de destrucción pero también símbolo de la purificación, la limpieza, la quema de todo lo antiguo) y un banco de carpintero (que es muy simbólico porque puede recordar a San José, otro el elemento relacionado con lo divino).

El número 3, que también aparece en el cuento (3 noches) es un número tradicionalmente relacionado con la divinidad, con lo sagrado.

En el reino del castillo encantado, Juan empieza a encontrar su sitio, allí la gente le va a escuchar y a considerarle, al contrario de lo que ocurría en su pueblo y con su familia, donde él era considerado el hermano torpe que no sabe nada, que no sabe cómo ganarse la vida y al que su propio padre repudia.

Una vez en el castillo, a Juan se le aparecen unos gatos negros (que tradicionalmente han sido considerados las mascotas de las brujas) y unos perros negros (que simbolizan la muerte, como el can cerbero, el perro de la diosa Hécate, diosa de la muerte, de la luna nueva).

La cama, que representa la intimidad, la sexualidad, comienza a girar y a moverse por el castillo, hasta que Juan se cae al suelo y queda hecho un lio entre las sábanas, debajo de la cama.

Cuando el hombre partido en dos, después de soldarse, quiere quitarle el banco a Juan, éste se lo impide, lo cual es muy simbólico, porque Juan no está dispuesto a renunciar a su lugar, ni a su identidad.

Posteriormente seis (número relacionado con el diablo, número maldito) hombres le llevan un ataúd con un hombre muerto dentro. Pero Juan sigue sin distinguir los vivos de los muertos, así que trata de calentarlo. El muerto vuelve a la vida, pero Juan le vuelve a meter en el ataúd al verse amenazado de muerte. Entonces, los hombres se ponen a jugar a los bolos con nueve huesos (el número nueve representa la sabiduría y el altruismo) y Juan juega con ellos. Se está simbolizando con este juego el lograr objetivos. Se juega con nueve fémures y tres calaveras, de nuevo, se alude al número tres.

También en la historia aparecen muertos que reviven, resucitan, representando la apertura a una vida mejor.

En la tercera noche se encuentra con un ogro que le amenaza con matar a Juan con un hacha. Pero éste consigue aprisionarlo. Hacen un trato y el monstruo desaparece.

Finalmente, Juan logra pasar las tres noches, y consigue la mano de la princesa, pero no ha logrado su objetivo de conocer el miedo. El matrimonio representa el triunfo, el nacimiento de una nueva vida.   

Será la princesa la que logre que Juan conozca el miedo al tirarle en la cara mientras duerme, en la noche, y tras quitarle la ropa, agua helada del estanque con peces vivos.  El agua helada que le echa su mujer en la cara cuando duerme, parece que puede tener una simbología relacionada con la sexualidad de Juan sin miedo, con el miedo infantil a la sexualidad, que, en la intimidad de su habitación, con su mujer, y con el agua de por medio, es decir, involucrando el sentido del tacto, es cuando por fin conoce lo que es el miedo, y de este modo, se soluciona la historia y se soluciona su identidad.

Por tanto, el motivo principal del cuento sería el viaje de Juan en su búsqueda del conocimiento de aquello que no conoce, el miedo, y cubrir esta carencia, logrando que este aprendizaje personal le proporcione además su modo de vida, su sustento, en un lugar en el que valoran su valentía, se le reconoce, y con todo ello, consigue construir su identidad.

En el cuento, la noche es el momento en que ocurren los sucesos mágicos y extraordinarios, aparecen los personajes de otro mundo, y es donde también se da la transformación de Juan cuando al fin siente miedo.

6.- Personajes y arquetipos:

 En el cuento de Juan sin miedo aparecen los siguientes personajes y arquetipos:

-Juan sin miedo: es el protagonista del cuento y quien logra realizar la hazaña de desencantar el castillo, venciendo a terribles seres del más allá y logrando así la mano de la princesa. En este sentido, a lo largo de la historia se va transformando en el héroe, pero de entrada se presenta como un antihéroe, ya que no posee las cualidades propias de un héroe, sino más bien lo contrario: no posee una conducta correcta, sino que suele meter la pata; no es ingenioso ni inteligente, sino más bien simple, un verdadero zoquete; tampoco es habilidoso, sino más bien torpe. Lo único que se atisba en el relato es que podría ser físicamente agraciado y por ello el rey lo considera como pretendiente para su hija la princesa. Lo que sí tiene Juan como héroe es el destino fijo hacia el que camina para descubrir lo que es el miedo y, con ello, ganarse la vida. Su punto de partida es un hecho extraordinario, ya que no sabe lo que es el miedo, algo inaudito. Desde ahí se desarrolla la narración. Y esta misma carencia podría considerarse como un poder mágico que le acompaña en su viaje y le sirve de protección, pues gracias a ello se enfrenta a los seres del más allá y logra desencantar el castillo.

-El enemigo: que estaría encarnado por el padre de Juan. Se siente tan frustrado con su hijo (pues solo le causa disgustos) que decide echarle fuera de casa, le da cincuenta monedas para compensar su posible sentimiento de culpa y le pide que no vuelva nunca y que no le diga a nadie de dónde es, ni quién es su padre, pues siente vergüenza de su hijo. Esta actitud del padre provoca el inicio del viaje de Juan en su búsqueda del miedo, que él considera una habilidad de la que carece y que cuando la aprenda, le servirá para ganarse la vida.

-Los acompañantes: el sacristán, el hombre que le manda a pasar la noche al patíbulo, el posadero, todos ellos acompañan al protagonista y de alguna manera tratan de ayudarle a lograr su objetivo, que es sentir miedo.

- El rey: representa al mandatario. Ayuda al protagonista, pues es quien le dona los tres objetos con los que vencerá a los fantasmas y logrará desencantar el castillo.

-Animales mágicos: aparecen gatos y perros que salen de la oscuridad, hablan como las personas y quieren jugar a las cartas con él, aunque en realidad pretenden asustar a Juan sin miedo y echarle del castillo.

- Fantasmas: el hombre partido en dos que se suelda solo, los hombres que entran y se ponen a jugar a los bolos con los esqueletos, el cadáver que traen metido en un ataúd y al que Juan logra revivir al calor de su cama…  son seres de ultratumba, fantasmas relacionados con la muerte. En el cuento el miedo se presenta en todo momento en relación con la muerte y Juan no conoce el miedo, ni distingue a los muertos de los vivos.

- El ogro: encarnado en el personaje del hombre viejo de aspecto temible y de larga barba blanca que amenaza con matar a Juan. Ambos se baten, pero Juan logra atrapar al ogro y este le pide clemencia a cambio de un tesoro.

- La princesa: la joven inocente, bella y buena. Con ella Juan sin miedo se casará y formará una familia, y es en ese momento cuando descubre lo que es el miedo. Es interesante porque el matrimonio con la princesa representaría el momento del paso de la juventud y la inconsciencia, a la vida adulta, que conlleva la asunción de responsabilidades, la intimidad con la pareja, y en el cuento coincide con el paso de no conocer el miedo a experimentarlo. Parece una especie de toma de conciencia, de madurez, lo que hace que el miedo aparezca de pronto en el protagonista.  También me parece interesante recordar en este punto que el miedo en el cuento se relaciona con la noción de muerte. Tal vez cuando Juan conoce el miedo, en su paso a la vida adulta, es cuando toma conciencia de la muerte.

7.- Uso del cuento Juan sin miedo en el aula de primaria:

Como ya he indicado anteriormente, creo que este cuento podría servir para trabajar en un aula de primer curso de educación primaria, pues a esa edad ya han aparecido en los niños el miedo a la muerte y el miedo a monstruos imaginarios.

Pero para trabajar con niños tan pequeños, no utilizaría la versión original del cuento, sino que haría cambios en el texto, por varias razones:

  1. Para acortar su extensión: “Con los niños que aún no poseen un esquema narrativo interiorizado, las historias han de ser cortas para no sobrepasar la capacidad de su memoria. Los libros son mejor entendidos si aparecen pocos personajes, el argumento está gobernado por modelos regulatorios de repetición y el texto no sobrepasa la longitud de unas dos mil palabras. (Colomer, 2007, p. 25)” (Necesidades e intereses lectores en Educación Infantil & Primaria, 2018/2019).
  2. Para simplificar las figuras que en el cuento original encarnan el miedo, pues creo que superan la fantasía de los niños de seis años, y utilizar en su lugar otras figuras más propias del imaginario infantil actual.
  3. Para evitar abundar en acciones violentas y en figuras relacionadas con la muerte como los hombres colgados en el patíbulo, los gatos que mueren a golpes, el hombre que aparece partido por la mitad en la chimenea, los que portan el juego de bolos hecho de huesos y calaveras, los que llevan el ataúd, el muerto que va dentro, la paliza que recibe el ogro de barba blanca, etc. Me parece que son demasiadas referencias a la violencia y a la muerte, que podrían herir la sensibilidad de los alumnos y generarles emociones no deseadas, como nuevos miedos.

Por ello, utilizaría la siguiente adaptación del cuento que he encontrado en la web Mundo Primaria y que me parece más adecuada para dirigirse a niños de primero de primaria:

Juan sin miedo

Érase una vez un hombre que tenía dos hijos totalmente distintos. Pedro, el mayor, era un chico listo y responsable, pero muy miedoso. En cambio, su hermano pequeño, Juan, jamás tenía miedo a nada, así que en la comarca todos le llamaba Juan sin miedo.

A Juan no le daban miedo las tormentas, ni los ruidos extraños, ni escuchar cuentos de monstruos en la cama. El miedo no existía para él. A medida que iba creciendo, cada vez tenía más curiosidad sobre qué era sentir miedo porque él nunca había tenido esa sensación.

Un día le dijo a su familia que se iba una temporada para ver si conseguía descubrir lo que era el miedo. Sus padres intentaron impedírselo, pero fue imposible. Juan era muy cabezota y estaba decidido a lanzarse a la aventura.

Metió algunos alimentos y algo de ropa en una mochila y echó a andar. Durante días recorrió diferentes lugares, comió lo que pudo y durmió a la intemperie, pero no hubo nada que le produjera miedo.

Una mañana llegó a la capital del reino y vagó por sus calles hasta llegar a la plaza principal, donde colgaba un enorme cartel firmado por el rey que decía:

"Se hace saber que al valiente caballero que sea capaz de pasar tres días y tres noches en el castillo encantado, se le concederá la mano de mi hija, la princesa Esmeralda”.

Juan sin miedo pensó que era una oportunidad ideal para él. Sin pensárselo dos veces, se fue al palacio real y pidió ser recibido por el mismísimo rey en persona.  Cuando estuvo frente a él, le dijo:

 – Señor, si a usted le parece bien, yo estoy decidido a pasar tres días en ese castillo. No le tengo miedo a nada.

 – Sin duda eres valiente, jovenzuelo. Pero te advierto que muchos lo han intentado y hasta ahora, ninguno lo ha conseguido – exclamó el monarca.

 – ¡Yo pasaré la prueba! – dijo Juan sin miedo sonriendo.

Juan sin miedo, escoltado por los soldados del rey, se dirigió al tenebroso castillo que estaba en lo alto de una montaña escarpada. Hacía años que nadie lo habitaba y su aspecto era realmente lúgubre.

Cuando entró, todo estaba sucio y oscuro. Pasó a una de las habitaciones y con unos tablones que había por allí, encendió una hoguera para calentarse. Enseguida, se quedó dormido.

Al cabo de un rato, le despertó el sonido de unas cadenas ¡En el castillo había un fantasma!

– ¡Buhhhh, Buhhhh! – escuchó Juan sobre su cabeza – ¡Buhhhh!

– ¿Cómo te atreves a despertarme? - gritó Juan enfrentándose a él. Cogió unas tijeras y comenzó a rasgar la sábana del espectro, que huyó por el interior de la chimenea hasta desaparecer en la oscuridad de la noche.

Al día siguiente, el rey se pasó por el castillo para comprobar que Juan sin miedo estaba bien. Para su sorpresa, había superado la primera noche encerrado y estaba decidido a quedarse y afrontar el segundo día. Tras unas horas recorriendo el castillo, llegó la oscuridad y por fin, la hora de dormir.

Como el día anterior, Juan sin miedo encendió una hoguera para estar calentito y en unos segundos comenzó a roncar.

De repente, un extraño silbido como de lechuza le despertó. Abrió los ojos y vio una bruja vieja y fea que daba vueltas y vueltas a toda velocidad subida a una escoba. Lejos de acobardarse, Juan sin miedo se enfrentó a ella.

– ¿Qué pretendes, bruja? ¿Acaso quieres echarme de aquí? ¡Pues no lo conseguirás! – bramó. Dio un salto, agarró el palo de la escoba y empezó a sacudirlo con tanta fuerza que la bruja salió disparada por la ventana.

Cuando amaneció, el rey pasó por allí de nuevo para comprobar que todo estaba en orden. Se encontró a Juan sin miedo tomado un cuenco de leche y un pedazo de pan duro relajadamente frente a la ventana.

– Eres un joven valiente y decidido. Hoy será la tercera noche. Ya veremos si eres capaz de aguantarla.

– Descuide, majestad ¡Ya sabe usted que yo no le temo a nada!

Tras otro día en el castillo bastante aburrido para Juan sin miedo, llegó la noche. Hizo, como de costumbre, una hoguera para calentarse y se tumbó a descansar. No había pasado demasiado tiempo cuando una ráfaga de aire caliente le despertó. Abrió los ojos y frente a él vio un temible dragón que lanzaba llamaradas por su enorme boca. Juan sin miedo se levantó y le lanzó una silla a la cabeza. El dragón aulló de forma lastimera y salió corriendo por donde había venido.

– ¡Qué pesadas estas criaturas de la noche! – pensó Juan sin miedo- No me dejan dormir en paz, con lo cansado que estoy.

Pasados los tres días con sus tres noches, el rey fue a comprobar que Juan seguía sano y salvo en el castillo. Cuando le vio tan tranquilo y sin un solo rasguño, le invitó a su palacio y le presentó a su preciosa hija. Esmeralda, cuando le vio, alabó su valentía y aceptó casarse con él. Juan se sintió feliz, aunque en el fondo, estaba un poco decepcionado.

– Majestad, le agradezco la oportunidad que me ha dado y sé que seré muy feliz con su hija, pero no he conseguido sentir ni pizca de miedo.

Una semana después, Juan y Esmeralda se casaron. La princesa sabía que su marido seguía con el anhelo de llegar a sentir miedo, así que una mañana, mientras dormía, derramó una jarra de agua helada sobre su cabeza. Juan pegó un alarido y se llevó un enorme susto.

– ¡Por fin conoces el miedo, querido! – dijo ella riendo a carcajadas.

– Sí – dijo todavía temblando el pobre Juan- ¡Me he asustado de verdad! ¡Al fin he sentido el miedo! ¡Ja ja ja! Pero no digas nada a nadie…. ¡Será nuestro secreto!

La princesa Esmeralda jamás lo contó, así que el valeroso muchacho siguió siendo conocido en todo el reino como Juan sin miedo.

En esta adaptación del cuento, todo el relato está bastante más dulcificado. El padre de Juan no quiere que se marche, los monstruos que aparecen son menos y menos terroríficos, no hay tantas escenas violentas como en el cuento original, el rey se preocupa por Juan, la princesa decide que quiere casarse con él, no se lo imponen ni aparece como una “mujer florero”, …

En esta versión, cambia la morfología del cuento, pues la prohibición del padre a Juan sin miedo no es la de que no vuelva nunca a su casa, sino todo lo contrario: le prohíbe marcharse, trata de impedirle que se vaya, aunque finalmente no lo consigue y Juan sin miedo emprende su viaje igualmente (se da una transgresión del protagonista).

La narración de esta adaptación del cuento la realizaría en el contexto del aula de primero de primaria, en la clase de lengua dedicada a lectura, pues, aunque el objetivo no es leerlo sino contarlo, éste es un paso previo que motiva a los niños y les despierta las ganas de leer cuentos por sí mismos.

Pediría a los niños que se sienten en el suelo formando un semicírculo y contaría el cuento a la clase de pie frente a ellos, poniendo el énfasis en la entonación y utilizando la expresión corporal.

Primero presentaría la actividad:

-Hoy vamos a hacer algo especial: os voy a contar un cuento.

Tenéis que estar muy atentos porque cuando termine de contaros el cuento, entre todos vamos a responder a unas preguntas.

Para eso tenéis que sentaros en el suelo formando medio círculo alrededor mío para que lo oigáis bien.

Tenéis que escuchar muy atentos y en silencio el cuento.

Se titula “Juan sin miedo”.

 A continuación, contaría la versión adaptada a la clase y una vez finalizada, cerraría con alguna fórmula, como, por ejemplo, “Así que esto pasó, ya mi cuento se acabó”.

Una vez terminado, plantearía las siguientes preguntas con el fin de que los niños pongan en común lo que han entendido, cómo juzgan la forma de actuar de los personajes y qué enseñanzas han extraído de a historia:

8.- Cuento fórum. Preguntas:

1)     ¿Os ha gustado el cuento?

2)     ¿Podéis decirme qué personajes han salido en el cuento?

3)     ¿Quién se acuerda de cómo se llama el protagonista del cuento, el personaje principal?

4)     ¿Tenía algún problema Juan sin miedo?

5)     Os imagináis no tener miedo de nada…. ¿Qué haríais vosotros si supierais que no tenéis miedo de nada? ¿Querríais sentir miedo? ¿O preferiríais no tener nunca miedo?

6)     ¿Qué os parece que Juan decidiera irse de su casa para conocer lo que es el miedo?

7)     Cuando Juan está en el castillo encantado, aparecen fantasmas, dragones y brujas. ¿Qué hacen los fantasmas, los dragones y las brujas? ¿Alguna vez os habéis encontrado con algo parecido?

8)     ¿Consiguen los fantasmas, los dragones o las brujas que Juan tenga miedo?

9)     ¿Qué os parece que la princesa le tire el agua helada encima a Juan cuando estaba dormido?

10)  ¿Qué podemos aprender nosotros de la historia de Juan sin miedo?

Dejaría a los niños participar espontáneamente. Los niños de estas edades tienen la necesidad de expresarse y sentirse escuchados. Les pediría que levanten la mano para pedir la palabra y procuraría que todos participaran.

Para finalizar, incluiría alguna información sobre los cuentos folclóricos:

-Este cuento es de hace muchos, muchos años. No se sabe quién se lo inventó por primera vez porque no estaba escrito en ningún sitio, sino que antes, como no había tele ni internet, para entretenerse, era tradición que los abuelos y las abuelas contaran cuentos que se sabían de memoria a los papás y a los nietos en las casas, alrededor de la lumbre. Y los papás se lo aprendían y cuando ya eran abuelos, se los contaban a sus nietos y así ha ido pasando de unos a otros. Hasta que un día, dos escritores, que eran hermanos y se apellidaban Grimm, decidieron escribir en un libro muchos de los cuentos que la gente se contaba, para que se olvidaran. Por eso, los hermanos Grimm escribieron el cuento de Juan sin miedo que acabamos de contar. Y ahora que ya lo conocéis, si queréis lo podéis contar en vuestras casas para seguir con la tradición.  

 

Bibliografía

Labajo González, I. (s.f.). Textos folclóricos. Selección y adaptación. . Literatura española, literatura infantil y educación literaria. La Salle Universidad.

Los miedos del pequeño (Tercera Edición ed.). (2011). Barcelona: Sfera Editores España.

Martín de Doria, C. (s.f.). (U. d. Sevilla, Editor) Recuperado el Octubre de 2020, de https://webs.ucm.es/info/especulo/numero20/escoger.html

Morote Magán , P. (s.f.). Cervantes virtual. Recuperado el Octubre de 2020, de http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-cuento-de-tradicion-oral-y-el-cuento-literario-de-la-narracion-a-la-lectura--0/html/673d9489-8bd2-4b3c-afcf-f93ab90342af_7.html

Mundo primaria. (s.f.). Recuperado el Octubre de 2020, de https://www.mundoprimaria.com/cuentos-infantiles-cortos/juan-sin-miedo

Narrativa breve. (s.f.). Recuperado el Octubre de 2020, de https://narrativabreve.com/2015/06/cuento-hermanos-grimm-juan-sin-miedo.html

Sánchez-Cutillas, P. (Ed.). (s.f.). Youtube. (P. Sánchez-Cutillas, Productor) Recuperado el Octubre de 2020, de https://www.youtube.com/watch?v=3GDZsnbj6Zk&t=22s

Sánchez-Cutillas, P. (Ed.). (s.f.). Youtube. (Patricia Sánchez-Cutillas) Recuperado el Octubre de 2020, de https://www.youtube.com/watch?v=XqM5qSR4gYM

Studocu. (2018/2019). Obtenido de https://www.studocu.com/es/document/universidad-catolica-de-valencia-san-vicente-martir/formacion-literaria-para-maestros/apuntes/1-2-necesidades-intereses-y-arquetipos-en-infantil-y-en-primaria/4112683/view

Tirilonte Cao, S. (Julio de 2015). Repositorio Universidad de Cantabria. (U. d. Cantabria, Ed.) Obtenido de https://repositorio.unican.es/xmlui/bitstream/handle/10902/6639/TirilonteCaoSaray.pdf?sequence=1

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Aspectos a tener en cuenta el maestro para mejorar la educación literaria de sus alumnos

En este artículo recojo una reflexión final sobre la asignatura de Literatura española, literatura infantil y educación literaria en la etap...