viernes, 20 de noviembre de 2020

Literatura española y educación literaria

I)                Planteamiento:

Este artículo recoge una propuesta de actividades para la realización de un monográfico semanal en el aula de primaria, sobre un texto o un autor de la literatura clásica española previamente seleccionado por el profesor, según unos criterios de adecuación para un curso en concreto.

He escogido al autor Juan Ramón Jiménez y su obra “Platero y yo” para llevar a cabo el monográfico en 5º de Primaria.



II)               Explicación sobre la adecuación de la obra “Platero y yo”:

“Juan Ramón Jiménez (1881-1958) es un autor esencial para la poesía en lengua española y para la poesía contemporánea occidental. Sus propuestas éticas y estéticas marcan una línea divisoria entre el Romanticismo de Espronceda y Bécquer, bajo cuya influencia escribe sus primeros versos, y el Modernismo y las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX. Tras la muerte de Rubén Darío, le corresponde el liderazgo entre los más jóvenes poetas de su tiempo, los cuales escriben bajo sus principios, deslumbrados por el rico caudal de sus luminosas imágenes y por la profundidad conceptual y simbólica de sus versos. El exilio en América durante las décadas de los cuarenta y cincuenta enriquece su poesía la cual adquiere una dimensión cósmica y mística sin precedentes en la tradición española. El magisterio de Juan Ramón en la poesía española del siglo XX es indiscutible y continúa influyendo en los poetas de las generaciones más jóvenes.” (Juan Ramón Jiménez, s.f.)

Juan Ramón Jiménez es uno de los mayores exponentes de la literatura de la generación del 27.

En 1956 recibe el Premio Nobel de Literatura por toda su obra, lo que definitivamente le consagra como figura universal de las letras hispánicas.

“Fue un premio a toda una carrera, al conjunto de su obra, pero con una mención muy especial a una de sus más conocidas narraciones, ‘Platero y yo’. Como reconocimiento a “su poesía lírica” y a su “elevado espíritu y pureza artística que constituye dentro del lenguaje español” la Academia le otorgó el máximo premio.” (Muy interesante, s.f.)

“Platero y yo” destaca como una obra maestra y como uno de los poemas en prosa más famosos de la literatura española del siglo XX (es uno de los libros más traducidos en los últimos cien años, después de La Biblia y El Quijote).

En él, “el autor hace una exaltación de la naturaleza, y presenta al hombre en contacto y armonía con su entorno, a través de un lenguaje repleto de símbolos y metáforas. La primera publicación de Platero y yo la realizó en 1914 la editorial La Lectura, el 12 de diciembre de 1914. En aquella ocasión se publicaron 63 de los 138 capítulos de los que consta la obra. Tal y como recoge la Fundación Juan Ramón Jiménez, el Nobel tardó siete años en escribirlo (…) Esa primera edición se publicó en 1914 con el título “Elegía Andaluza” y la completó en 1917”.  (Jiménez Martínez, 2013)

“Platero y yo”, un clásico de la literatura española del siglo XX es todo un ejemplo de prosa poética modernista. Juan Ramón Jiménez leyó mucho a Rubén Darío, del que toma un nuevo vocabulario, la forma sensorial y la interiorización en los poemas.

"Los Modernistas españoles elevaron la prosa a las alturas del verso dotándola de una gran emoción lírica y obras como "Platero y yo" se conocen como "poemas en prosa", que es otro modo de decir "poesía". (P. Nemes, 1959)

“Platero, nada más aparecer, fue conside­rado y, lo que es más drástico aún, catalogado, como libro para niños y, en cierto modo, como libro escolar, llegando a ser un texto empleado habitualmente para la enseñanza de la lectura a partir de los años veinte en las escuelas espa­ñolas y sucesivamente en las de todo el mundo hispanohablante.” (González-Faraco, Pérez-Moreno, & Ramírez-Almanza, 2017)

“Visto por la mayor parte de sus lectores como una obra de literatura infantil. Tampoco es de extrañar que Juan Ramón Jiménez, sospechando que su obra podía verse encasillada como tal, advirtiera más de una vez que Platero no había sido escrito para un grupo lector tan concreto; por ejemplo, en el prólogo de esa primera edición (1914) o en el de Poesía en prosa y verso (1902-1932) escogida para los niños por Zenobia, su mujer (1932). Para Juan Ramón no hay libros específicamente para niños, así que cualquiera (salvo excepciones evi­dentes) puede serlo. No importa que el niño no comprenda en toda su profundidad y en su tota­lidad un texto: baste que “se contajie del acento” (Jiménez, 1932, pp. 8-9).” (González-Faraco, Pérez-Moreno, & Ramírez-Almanza, 2017).

“Queda claro que Platero era un texto adulto, aunque por su sencillez y transparencia se adecuara perfectamente a la imaginación y al gusto de los niños. El propio Juan Ramón, en un «prologuillo» a la edición aclaraba: «Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren». La primera edición se publicó en 1914 (Ediciones de la lectura), y en 1917 se publicó la edición completa, compuesta por 138 capítulos (Editorial Calleja, Madrid).” (Jiménez Martínez, 2013).

“Los desfavorecidos, el ensueño, la elegía y la muerte son temas que sobrevuelan su creación, que por encima de todo enfoca su mirada al mundo infantil, que tanto le fascinaba, y que paralelamente en esta etapa fue volcando en su obra maestra Platero y yo (1914).” (García Flores, 2017)

“Platero y yo, escrita en una espléndida prosa, suavemente lleva al lector a través de un cuidadoso retablo de imágenes poéticas que nos conducen desde la presentación de este borriquete hasta su muerte”. (Wikipedia, s.f.)  “Un libro lleno de valores, descripciones, situaciones humanas, emociones, sentimientos, colores, etc…” (Jiménez Martínez, 2013)

Al leer el libro, me ha llamado la atención la sensibilidad con que el autor describe las escenas cotidianas que vivió en su pueblo natal andaluz (Moguer) en aquella época (principios del s. XX): narra vivencias de los niños del pueblo, sus juegos, las costumbres de la gente de Moguer. A través de la lectura de los capítulos, relatos cortos pero llenos de imágenes descriptivas, que transmiten un inmenso amor hacia los animales, la naturaleza y los más necesitados, el lector puede visualizar el costumbrismo y las escenas rurales que Juan Ramón Jiménez narra con un lenguaje poético de una calidad literaria inigualable, con el pretexto de las conversaciones que mantiene con su cómplice compañero Platero. Y lo hace con un lenguaje no muy alejado del de nuestro tiempo, lo que facilita a los alumnos de primaria la lectura y la comprensión de los textos; sí es cierto que aparecen palabras que los alumnos podrían no conocer, pero que precisamente les servirán para ampliar su vocabulario.  

La lectura de “Platero y yo” comunica al lector valores y emociones como la alegría, el amor a la naturaleza, a los animales, la complicidad, la empatía, la solidaridad, la compañía al que está solo, la bondad, la ternura, la sensibilidad ante las circunstancias de los menos afortunados, la tristeza, así como reflexiones sobre la vida, la enfermedad y la muerte. Aspectos que los alumnos de 5º de primaria ya están en disposición de comprender y de trabajar en el aula, para enriquecer así su desarrollo psicológico e ir conformando su personalidad. 

Por todo lo expuesto, considero que “Platero y yo” puede ser una obra adecuada para ir introduciendo la literatura clásica española en la educación primaria, concretamente en 5º curso de primaria, y con ella fomentar el hábito de la lectura, mejorar las habilidades lingüísticas básicas y adquirir las competencias especificadas en el currículo escolar.

III)         Propuesta de actividades del monográfico semanal:

 1º.- Presentación y toma de contacto (1 sesión de 50 minutos)

El objetivo es que los alumnos tengan una primera toma de contacto con el autor y su obra.

El profesor explicará a los alumnos que se va a trabajar la obra “Platero y yo” y presentará físicamente el libro para que puedan verlo y hojearlo.

Preguntará a los alumnos si conocen al o algo de Platero y dejará que cada uno cuente lo que sabe.

Seguidamente les explicará que es un libro que, aunque no está en verso, es como un poema por la manera en que está escrito, que es como un cuento sobre un burro llamado Platero que era del poeta Juan Ramón Jiménez, y que en él nos cuenta historias de su vida en su pueblo, cosas que vivió allí y que ocurrieron allí a él, a los niños del pueblo, a Platero, …

A continuación, el profesor explicará brevemente quién era J.R. Jiménez, los rasgos más destacados de su vida y personalidad, y por qué es tan relevante en la literatura española.

El profesor presentará a los alumnos las actividades que realizarán cada día a lo largo de la semana con el fin de:

·       Acercarnos al lenguaje poético a través de este cuento que narra historias sencillas pero muy bellas sobre la vida y la muerte, las personas, los animales, las plantas y los sentimientos;

·       Conocer la figura de un escritor de literatura española tan importante como Juan Ramón Jiménez, que es uno de los cinco escritores españoles que ha ganado un premio Nobel de Literatura;

·       Tomar contacto con el estilo de un movimiento literario que estudiarán en secundaria, llamado “modernismo”.

A continuación, verán en la pizarra digital el siguiente vídeo en el que se cuenta el capítulo I Platero, ilustrado con una animación que les servirá para ir poniendo en imágenes lo que van a leer en las sesiones siguientes y así, estimular su curiosidad y su imaginación https://www.youtube.com/watch?v=9Qs1ytvnOMw

Tras el vídeo, el profesor leerá en voz alta el capítulo III Alegría, que describe una escena con los niños y los animales de compañía.

Se comentará en voz alta qué han entendido y las posibles preguntas que surjan.

Finalmente, los niños harán un dibujo de Platero, de acuerdo a lo leído en clase.

 

2ª.- “Mensaje en una botella” (1 sesión de 50 minutos).

Los objetivos de esta actividad son:

1.- Tomar contacto con la obra “Platero y yo”.

2.- Estimular la curiosidad de los alumnos.

3.- Enriquecer su lenguaje.

4.- Trabajar la comprensión lectora.

5.- Presentarles situaciones en las que haya presentes valores humanos

6.- Estimular la creatividad de los alumnos.

El profesor preparará unos frascos o botellas dentro de cada una de las cuales habrá papeles enrollados, a modo de mensaje en una botella. 

En cada papel enrollado habrá impreso uno de los siguientes capítulos del libro, también numerados:

-Capítulo I – PLATERO

-Capítulo III – ALEGRÍA

-Capítulo VII - EL LOCO

-Capítulo VIII - LA FLOR DEL CAMINO

-Capítulo XI - EL CANARIO VUELA

-Capítulo XII – SUSTO

-Capítulo XIII - LA ESPINA

-Capítulo XIV - JUEGOS DEL ANOCHECER

-Capítulo XV – AMISTAD

-Capítulo XXXVIII - LA CARRETILLA

-Capítulo LI - EL CANARIO SE MUERE

-Capítulo LIII - EL RACIMO OLVIDADO

-Capítulo LX - LA MUERTE

-Capítulo LXI - LA NOSTALGIA

-Capítulo LXIII – MELANCOLÍA

Primero se realizará una lectura individual en silencio. Para ello, cada niño coge una botella, saca el mensaje y lee en su sitio en capítulo que le ha tocado. Si tiene dudas sobre lo que lee, podrá preguntar al profesor.

Cuando termina su lectura, vuelve a enrollar el pergamino y a meterlo en la botella, y coge otra que algún compañero ya haya leído. De este modo podrán ir cogiendo diferentes textos y leyéndolos individualmente.

La idea es dedicar 20 minutos a la lectura individual en silencio y después, comentar en voz alta qué ha leído cada uno, qué ha entendido cada uno, si se ha entendido lo mismo que otro compañero sobre el mismo capítulo, si les ha gustado, sus impresiones. El profesor apoyará las intervenciones de los alumnos completándolas y resolviendo las posibles dudas.

3ª.- “La caja del tesoro” (se irá realizando a lo largo de las demás sesiones, principalmente la 2ª).

Con esta actividad se pretende:

1.- Ampliar el vocabulario de los alumnos.

2.- Mejorar su comprensión lectora.

3.- Habituarlos al uso del diccionario como herramienta cotidiana.

Se trata de que, a medida que, durante las lecturas de los capítulos o cualquier otra actividad del monográfico, vayan apareciendo palabras cuyo significado desconozcan los alumnos, se vayan anotando en unos papeles tipo “post-it”. Se escribirá la palabra por un lado y por el otro, su significado. Se irán guardando los “post-it” con sus palabras en una caja que se habrá decorado y que se llamará “la caja del tesoro”, en este caso, tesoro lingüístico de Juan Ramón Jiménez.

La caja estará disponible para que los alumnos puedan abrirla y consultarla o completarla con nuevas palabras cada vez que surja.

4ª.- “Mural Platero y nosotros” (1 sesión de 50 minutos a continuación de la sesión 2).

Los objetivos de esta actividad son:

1.- Trabajar la comprensión lectora.

2.- Estimular la creatividad y la imaginación de los alumnos.

3.- Ayudarles a integrar las lecturas y a mejorar la memoria.

Después de las lecturas de la actividad “Mensaje en una botella”, los niños harán de manera individual, dibujos sobre lo leído (podrán ser dibujos de Juan Ramón Jiménez, de Platero, de la perrita Diana, de los niños, del pueblo de Moguer, de las mariposas y otros dibujos inspirados en cada capítulo encerrado en cada botella).

Se recopilarán todos los dibujos con el que se formará un mural en los pasillos del colegio bajo el título “Platero y nosotros”.

5ª.- “Investigador secreto” (1 sesión de 50 minutos).

El objetivo de esta actividad es acercar a los niños la figura de Juan Ramón Jiménez, que conozcan algunos aspectos de su vida y su obra.

Por equipos de 3 alumnos, tendrán que responder a las preguntas planteadas en la webquest https://lenguacraextremadura.blogspot.com/p/webquest-juan-ramon-jimenez.html, para lo cual, tendrán que investigar en las siguientes webs:

·       https://cvc.cervantes.es/Literatura/escritores/jrj/biografia_01.htm

·       https://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/1511/Juan%20Ramon%20Jimenez

·       https://www.youtube.com/watch?v=JLmWc9gbvy8

Cada equipo anotará cuántas respuestas correctas tiene y así, el que más tenga, será designado “Mejor Investigador Secreto de la clase”.  

6ª.- Salida escolar a “Burrolandia”.

Los objetivos de esta actividad son:

1.- Acercar a los alumnos al conocimiento de primera mano de una especie protegida que es el burro, protagonista del libro que se ha trabajado en el monográfico.  

2.- Cultivar en ellos la sensibilidad por el cuidado y el amor a los animales y a la naturaleza.

3.- Generar una experiencia lúdica de disfrute que recree para los alumnos de primera mano vivencias parecidas a las descritas por Juan Ramón Jiménez en su obra, de forma que les ayude para recordar mejor todo lo trabajado durante esta semana y les estimule para seguir leyendo más capítulos por su cuenta y para querer seguir descubriendo cosas sobre ella y sobre su autor.

Burrolandia es una protectora animal situad a en Tres Cantos, Madrid, que organiza visitas escolares:



Allí, de la mano de los voluntarios de la protectora, los alumnos podrán ver de cerca burros, tocarlos, montar en ellos y aprender cosas muy interesantes sobre esta especie animal que Juan Ramón Jiménez inmortalizó en “Platero y yo”.  

IV)             Selección secuenciada de textos:

Para la realización de las actividades planteadas anteriormente he seleccionado los siguientes capítulos por los temas que trata cada uno, por su sencillez que los hacen más adecuados a los lectores de 5º de primaria y por la sensibilidad, belleza y valores que transmiten:

-Capítulo I – PLATERO (el autor presenta a su compañero, protagonista de la obra).

-Capítulo III – ALEGRÍA (sobre la vida de los niños con los animales del pueblo)

-Capítulo VII - EL LOCO (Juan Ramón Jiménez se describe a sí mismo montado sobre Platero y cómo le ven los niños del pueblo).

-Capítulo VIII - LA FLOR DEL CAMINO (la belleza de la sencillez, la vida sencilla, feliz)

-Capítulo XI - EL CANARIO VUELA (de nuevo, el amor y la atención a los animales)

-Capítulo XII – SUSTO (escena simpática de los niños con Platero)

-Capítulo XIII - LA ESPINA (el amor y cuidado a los animales)

-Capítulo XIV - JUEGOS DEL ANOCHECER (costumbres de los niños de la época)

-Capítulo XV – AMISTAD (describe la relación entre el poeta y su burro).

-Capítulo XXXVIII - LA CARRETILLA (la solidaridad con los más necesitados)

-Capítulo LI - EL CANARIO SE MUERE (la tristeza, la muerte)

-Capítulo LIII - EL RACIMO OLVIDADO (la alegría de las pequeñas cosas, los niños)

-Capítulo LX - LA MUERTE (muere Platero, la tristeza)

-Capítulo LXI - LA NOSTALGIA (sobre la ausencia de Platero)

-Capítulo LXIII – MELANCOLÍA (la muerte, el recuerdo)

A continuación, se recogen los textos, en su forma original, si bien para la realización de la actividad “Mensaje en una botella” sería conveniente utilizar textos adaptados para niños de 8 a 12 años, como, por ejemplo, los que se pueden encontrar en el libro “Platero y yo contado por Concha López Narváez” de la editorial Anaya.

Textos originales:

I

PLATERO

PLATERO es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Platero?", y viene á mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel...

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco como de piedra. Cuando paso, sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

—Tiene acero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

III

ALEGRÍA

PLATERO juega con Diana, la bella perra blanca que se parece á la luna creciente, con la vieja cabra, gris, con los niños...

Salta Diana, ágil y elegante, delante del burro, sonando su leve campanilla, y hace como que le muerde los hocicos. Y Platero, poniendo las orejas en punta, cual dos cuernos de pita, la embiste blandamente y la hace rodar sobre la hierba en flor.

La cabra va al lado de Platero, rozándose á sus patas, tirando, con los dientes, de la punta de las espadañas de la carga. Con una clavellina ó con una margarita en la boca, se pone frente á él, le topa en el testuz, y brinca luego, y bala alegremente, mimosa igual que una mujer...

Entre los niños, platero es de juguete. ¡Con qué paciencia sufre sus locuras! ¡Cómo va despacito, deteniéndose, haciéndose el tonto, para que ellos no se caigan! ¡Cómo los asusta, iniciando, de pronto, un trote falso!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Claras tardes del otoño moguereño! Cuando el aire puro de Octubre afila los límpidos sonidos, sube del valle un alborozo idílico de balidos, de rebuznos, de risas de niños, de ladridos y de campanillas...

VII

EL LOCO

VESTIDO de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero negro, debo cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura gris de Platero.

Cuando, yendo á las viñas, cruzo las últimas calles, blancas de cal con sol, los chiquillos gitanos, aceitosos y peludos, fuera de los harapos verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas, corren detrás de nosotros, chillando largamente:

—¡El loco! ¡El loco! ¡El loco!

...Delante está ya el campo verde. Frente al cielo inmenso y puro, de un incendiado añil, mis ojos—¡tan lejos de mis oídos!—se abren noblemente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfín del horizonte...

Y quedan, allá lejos, por las altas eras, unos agudos gritos, velados finamente, entrecortados, jadeantes, aburridos:

—¡El lo...co! ¡El lo...co!

VIII

LA FLOR DEL CAMINO

QUÉ pura, Platero, y qué bella es esta flor del camino! Pasan a su lado todos los tropeles—los toros, las cabras, los potros, los hombres—, y ella, tan tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado triste, sin contaminarse de impureza alguna.

Todos los días, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, tú la has visto en su puesto verde. Ya tiene á su lado un pajarillo, que se levanta—¿por qué?—al acercarnos; ó está llena, cual una breve copa, del agua clara de una nube de verano; ya consiente el robo de una abeja ó el voluble adorno de una mariposa.

Esta flor vivirá pocos días, Platero, pero su recuerdo ha de ser eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como una primavera de mi vida. ¡Ay! ¿Qué le diera yo al otoño, Platero, á cambio de esta flor divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo de la nuestra?

XI

EL CANARIO VUELA

UN día, el canario verde, no sé cómo ni por qué, voló de su jaula. Era un canario viejo, recuerdo triste de una muerta, al que yo no había dado libertad por miedo de que se muriera de hambre ó de frío, ó de que se lo comieran los gatos.

Anduvo toda la mañana entre los granados del huerto, en el pino de la puerta, por las lilas. Los niños estuvieron, toda la mañana también, sentados en la galería, absortos en los breves vuelos del pajarillo amarillento. Libre, Platero, holgaba junto á los rosales, jugando con una mariposa.

A la tarde, el canario se vino al tejado de la casa grande, y allí se quedó largo tiempo, latiendo en el suave sol que declinaba. De pronto, y sin saber nadie cómo ni por qué, apareció en la jaula, otra vez alegre.

¡Qué alborozo en el jardín! Los niños saltaban, tocando las palmas, arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, los seguía, ladrándole á su propia y riente campanilla; Platero, contagiado, en un oleaje de carnes de plata, igual que un chivillo, hacía corvetas, giraba sobre sus patas, en un vals tosco, y, poniéndose en las manos, daba coces al aire claro y tibio...

XII

SUSTO

ERA la comida de los niños. Soñaba la lámpara su rosada lumbre tibia sobré el mantel de nieve, y los geranios rojos y las pintadas manzanas coloreaban de una áspera alegría aquel sencillo idilio de caras inocentes. Las niñas comían como mujeres; los niños discutían como algunos hombres. Al fondo, dando el pecho á un pequeñuelo, la madre, joven, rubia y bella, los miraba sonriendo. Por la ventana del jardín, la clara noche de estrellas temblaba, dura y fría.

De pronto, Blanca huyó, como un débil rayo, á los brazos de la madre. Hubo un súbito silencio, y luego, en un estrépito de sillas caídas, todos corrieron tras de ella, con un raudo alborotar, mirando, espantados, á la ventana.

¡El tonto de Platero! Puesta en el cristal su cabezota blanca, agigantada por la sombra, los cristales y el miedo, contemplaba, quieto y triste, el dulce comedor encendido.

XIII

LA ESPINA

ENTRANDO en la dehesa, Platero ha comenzado á cojear. Me he echado al suelo...

—Pero, hombre, ¿qué te pasa? Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada, mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente del camino.

Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón, su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja. Una espina larga y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo puñalillo de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la espina; y me lo he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos, para que el agua corriente le lama, con su larga lengua pura, la heridilla.

Después, hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, él detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la espalda...

XIV

JUEGOS DEL ANOCHECER

CUANDO, en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos, ateridos, por la obscuridad morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan á asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco á la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo...

Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer, se creen unos príncipes:

—Mi padre tiene un reloj de plata.

—Y el mío, un caballo.

—Y el mío, una escopeta.

Reloj que levantará á la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará á la miseria...

El corro, luego. Entre tanta negrura, una niña, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una princesa:

Yo soy la viudita

del Conde de Oré...

...¡Sí, sí! ¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.

—Vamos, Platero...

XV

AMISTAD

NOS entendemos bien. Yo lo dejo ir á su antojo, y él me lleva siempre adonde quiero.

Sabe Platero que, al llegar al pino de la Corona, me gusta acercarme á su tronco y acariciárselo, y mirar al cielo al través de su enorme y clara copa; sabe que me deleita la veredilla que va, entre céspedes, á la fuente vieja; que es para mí una fiesta ver el río desde la colina de los pinos, evocadora, de un paraje clásico. Como me adormile, seguro, sobre él, mi despertar se abre siempre á uno de tales amables espectáculos.

Yo trato á Platero cual si fuese un niño. Si el camino se torna fragoso y le peso un poco, me bajo para aliviarlo. Lo beso, lo engaño, lo hago rabiar... Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual á mí, que he llegado á creer que sueña mis propios sueños.

Platero se me ha rendido como una adolescente apasionada. De nada protesta. Sé que soy su felicidad. Hasta huye de los burros y de los hombres...

XXXVIII

LA CARRETILLA

EN el arroyo grande, que la lluvia había dilatado hasta la viña, nos encontramos, atascada, una vieja carretilla, toda perdida bajo su carga de hierba y de naranjas. Una niña, rota y sucia, lloraba sobre una rueda, queriendo ayudar con el empuje de su pecho en flor al borriquillo, más pequeño ¡ay! y más flaco que Platero. Y el borriquillo se destrozaba contra el viento, intentando, inútilmente, arrancar del fango la carreta, al grito sollozante de la chiquilla. Era vano su esfuerzo, como el de los niños valientes, como el vuelo de esas brisas cansadas del verano que se caen, en un desmayo, entre las flores.

Acaricié á Platero y, como pude, lo enganché á la carretilla, delante del borrico miserable. Le obligué, entonces, con un cariñoso imperio, y Platero, de un tirón, sacó carretilla y rucio del atolladero, y les subió la cuesta.

¡Qué sonreir el de la chiquilla! Fué como si el sol de la tarde, que se rompía, al ponerse entre las nubes de agua, en amarillos cristales, le encendiese una aurora tras sus tiznadas lágrimas.

Con su llorosa alegría me ofreció dos escogidas naranjas. Las tomé, agradecido, y le di una al borriquillo débil; como dulce consuelo; otra á Platero, como premio áureo.

LI

EL CANARIO SE MUERE

MIRA, Platero; el canario de los niños ha amanecido hoy muerto en su jaula de plata. Es verdad que el pobre estaba ya muy viejo... El invierno, tú te acuerdas bien, lo pasó silencioso, con la cabeza, escondida en el plumón. Y al entrar esta primavera, cuando el sol hacía jardín la estancia abierta y abrían las mejores rosas del patio, él quiso también engalanar la vida nueva, y cantó; pero su voz era quebradiza y asmática, como la voz de una flauta cascada.

El mayor de los niños, que lo cuidaba, viéndolo yerto en el fondo de la jaula, se ha apresurado, lloroso, á decir:

—¡Pues no le ha faltado nada; ni comida, ni agua!

No. No le ha faltado nada, Platero. Se ha muerto porque sí—diría Campoamor, otro canario viejo...

Platero, ¿habrá un paraíso de los pájaros? ¿Habrá un vergel verde sobre el cielo azul, todo en flor de rosales áureos, con almas de pájaros blancos, rosas, celestes, amarillos?

Oye; á la noche, los niños, tú y yo bajaremos el pájaro muerto al jardín. La luna está ahora llena, y á su pálida plata, el pobre cantor, en la mano cándida de Blanca, parecerá el pétalo mustio de un lirio amarillento. Y lo enterraremos debajo del rosal grande.

Esta misma primavera, Platero, hemos de ver al pájaro salir del corazón de una rosa blanca. El aire fragante se pondrá canoro, y habrá por el sol de Abril un errar encantado de alas invisibles y un reguero secreto de trinos claros de oro puro.

LIII

EL RACIMO OLVIDADO

DESPUÉS de las largas lluvias de Octubre, en el oro celeste del día abierto, nos fuimos todos á las viñas. Platero llevaba la merienda y los sombreros de los niños en un cobujón del seroncillo, y en el otro, de contrapeso, tierna, blanca y rosa, como una flor de albérchigo, á Blanca..

¡Qué encanto el del campo renovado! Iban los arroyos rebosantes, estaban blandamente aradas las tierras, y en los chopos marginales, festoneados todavía de amarillo, se veían ya los pájaros, negros.

De pronto, los niños, uno tras otro, corrieron, gritando:

—¡Un racimo! ¡Un racimo!

En una cepa vieja, cuyos largos sarmientos enredados mostraban aún algunas renegridas y rojizas hojas secas, encendía el picante sol un claro y sano racimo de ámbar. ¡Todos lo querían! Victoria, que lo cogió, lo defendía á su espalda. Entonces yo se lo pedí, y ella, con esa dulce obediencia voluntaria que presta al hombre la niña que va para mujer, me lo cedió de buen grado.

Tenía el racimo cinco grandes uvas. Le di una á Victoria, una á Blanca, una á Lola, una á Pepe, y la última, entre las risas y las palmas de todos, á Platero, que la cogió, brusco, con sus dientes enormes.

LX

LA MUERTE

ENCONTRÉ á Platero echado en su cama de paja, blandos los ojos y tristes. Fuí á él, lo acaricié, hablándole, y quise que se levantara...

El pobre se removió todo bruscamente, y dejó una mano arrodillada... No podía... Entonces le tendí su mano en el suelo, lo acaricié de nuevo con ternura, y mandé venir á su médico. El viejo Barbón, así que lo hubo visto, sumió la enorme boca desdentada hasta la nuca y meció sobre el pecho la cabeza congestionada, igual que un péndulo.

—Nada bueno, ¿eh?

No sé qué contestó.-. Que el infeliz se iba... Nada... Que un dolor... Que no sé qué raíz mala... La tierra, entre la hierba...

A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apelillada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza...

Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores...

LXI

NOSTALGIA

PLATERO, tú nos ves, ¿verdad?

¿Verdad que ves cómo se ríe en paz, clara y fría, el agua de la noria el huerto; cuál vuelan, en la luz última, las afanosas abejas, en torno del romero verde y malva, rosa y oro por el sol que aún enciende la colina?

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

¿Verdad que ves pasar por la cuesta roja de la Fuente Vieja los borriquillos de las lavanderas, cansados, cojos, tristes en la inmensa pureza que une tierra y cielo en un solo cristal de esplendor?

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

¿Verdad que ves á los niños corriendo, arrebatados, entre las jaras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

Platero, ¿verdad que tú nos ves? Sí, tú me ves. Y yo oigo en el poniente despejado, endulzando todo el valle de las viñas, tu tierno rebuzno lastimero...

LXIII

MELANCOLÍA

ESTA tarde he ido con los niños á visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Pina, al pie del pino paternal. En torno, Abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos.

Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.

Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas.

—¡Platero amigo!—le dije yo á la tierra—; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo á los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mi?

Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio á lirio...

Bibliografía

Centro Virtual Cervantes. (s.f.). Recuperado el 19 de Noviembre de 2020, de https://cvc.cervantes.es/Literatura/escritores/jrj/default.htm

García Flores, A. B. (11 de septiembre de 2017). RTVE. Recuperado el 18 de Noviembre de 2020, de https://www.rtve.es/noticias/20170911/historias-alma-mas-tierna-juan-ramon-jimenez/1612601.shtml

González-Faraco, J. C., Pérez-Moreno, H. M., & Ramírez-Almanza, A. (junio de 2017). Lecturas escolares de Platero y yo en la historia de la educación española (1930-1970). OCNOS Revista de Estudios sobre Lectura, 75-84. Recuperado el 18 de Noviembre de 2020, de https://ruidera.uclm.es/xmlui/bitstream/handle/10578/16118/lecturas%20escolares.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Gutenberg. (s.f.). Recuperado el 16 de Noviembre de 2020, de http://www.gutenberg.org/files/39209/39209-h/39209-h.htm

Jiménez Martínez, L. (Enero-Junio de 2013). Platero y tú. Boletín de la Asociación Andaluza de Bibliotecarios, 281-301.

López Narváez, C. (2006). Platero y yo contado por Concha López Narváez. Madrid: Anaya.

Muy interesante. (s.f.). Obtenido de https://www.muyinteresante.es/ciencia/fotos/los-premios-nobel-espanoles-1/vicente-aleixandre

P. Nemes, G. (Marzo de 1959). Prosa prosaica y prosa poética en la obra de Juan Ramón Jiménez. (M. L. Association, Ed.) PMLA, 74(1), 153-156. Recuperado el 19 de Noviembre de 2020, de https://www.jstor.org/stable/460396?origin=crossref&seq=1

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Wikisource. (s.f.). Obtenido de https://es.wikisource.org/wiki/Prologuillo_(Platero_y_yo)

jueves, 5 de noviembre de 2020

Textos folclóricos. Selección y adaptación.

 1.- Importancia de la utilización del texto folclórico en el aula de primaria:

“La incorporación de la literatura oral tradicional a la escuela supone hacer que el niño viva la palabra que ha perdurado durante generaciones, llenarlo de la afectividad de la comunicación de tú a tú, e incorporarlo a su cultura o a otras culturas ancestrales.  El cuento folclórico es la herencia que se ha elaborado y transmitido de forma horizontal, el contacto con los personajes mágicos que llenaron de emociones el pasado y siguen llenando las mentes infantiles de todos los tiempos. Según Jung “nuestro nacimiento se produce en el seno de un inconsciente colectivo, creador de imágenes hereditarias” y no se debe negar al niño la posibilidad de aprehenderlas.” (Labajo González)

Tal y como explica Pascuala Morote:

“El cuento es una pieza clave en la formación literaria del nivel de la Educación Primaria, pues no podemos olvidar que los maestros capaces de disfrutar y transmitir el disfrute del cuento a sus alumnos son los motivadores auténticos de la seducción por la lectura en edades tempranas.

El cuento (la literatura, en general) es un componente fundamental para el desarrollo de las habilidades lingüísticas en los niveles de la Educación Primaria, pues el alumno que oye, cuenta y crea sus propios cuentos se apropia de unas palabras, de unas estructuras lingüísticas y de unos recursos literarios que interioriza y hace suyos.

Los cuentos de tradición oral y los cuentos literarios son un medio excelente, no sólo de transmisión, sino de afirmación cultural y pueden servir de base para erradicar actitudes racistas y potenciar valores positivos.

El cuento tiene sus fuentes en la vida, por lo que sirve para aproximar a los niños de la Educación Primaria a los problemas y actitudes del mundo de los adultos, para que posteriormente reflexionen sobre ello.

El cuento contribuye a fomentar el saber escuchar a las personas mayores que aún tienen mucho que contar, pues llevan con ellos su propio pasado y escucharlos es como si leyéramos libros.

Los cuentos narrados o leídos en voz alta crean vínculos de afectividad, que contribuyen a la felicidad personal de los receptores y que, desde el punto de vista psicológico, pueden ayudar a formar personalidades equilibradas.

El cuento permanece siempre, de ahí la importancia de los recuerdos infantiles en torno a los primeros cuentos escuchados o leídos de los que dice Soledad Puértolas que llevan «... el germen de algo y cuando acaba no se acaba, está destinado a permanecer, a volver a ser contado, a ser inmortal...»” (Morote Magán )

 

2.- Cuento de los Hermanos Grimm: JUAN SIN MIEDO.

Érase un padre que tenía dos hijos, el mayor de los cuales era listo y despierto, muy despabilado y capaz de salir con bien de todas las cosas. El menor, en cambio, era un verdadero zoquete, incapaz de comprender ni aprender nada, y cuando la gente lo veía, no podía por menos de exclamar: «¡Este sí que va a ser la cruz de su padre!». Para todas las faenas había que acudir al mayor; no obstante, cuando se trataba de salir, ya anochecido, a buscar alguna cosa, y había que pasar por las cercanías del cementerio o de otro lugar tenebroso y lúgubre, el mozo solía resistirse:

–No, padre, no puedo ir. ¡Me da mucho miedo!

Pues, en efecto, era miedoso.

En las veladas, cuando, reunidos todos en torno a la lumbre, alguien contaba uno de esos cuentos que ponen carne de gallina, los oyentes solían exclamar: «¡Oh, qué miedo!». El hijo menor, sentado en un rincón, escuchaba aquellas exclamaciones sin acertar a comprender su significado.

–Siempre están diciendo: «¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!». Pues yo no lo tengo. Debe ser alguna habilidad de la que yo no entiendo nada.

Un buen día le dijo su padre:

–Oye, tú, del rincón: Ya eres mayor y robusto. Es hora de que aprendas también alguna cosa con que ganarte el pan. Mira cómo tu hermano se esfuerza; en cambio, contigo todo es inútil, como si machacaras hierro frío.

–Tienes razón, padre –respondió el muchacho–. Yo también tengo ganas de aprender algo. Si no te parece mal, me gustaría aprender a tener miedo; de esto no sé ni pizca.

El mayor se echó a reír al escuchar aquellas palabras, y pensó para sí: «¡Santo Dios, y qué bobo es mi hermano! En su vida saldrá de él nada bueno. Pronto se ve por dónde tira cada uno». El padre se limitó a suspirar y a responderle:

–Día vendrá en que sepas lo que es el miedo, pero con esto no vas a ganarte el sustento.

A los pocos días tuvieron la visita del sacristán. Le contó el padre su apuro, cómo su hijo menor era un inútil; ni sabía nada, ni era capaz de aprender nada.

–Sólo le diré que una vez que le pregunté cómo pensaba ganarse la vida, me dijo que quería aprender a tener miedo.

–Si no es más que eso –repuso el sacristán–, puede aprenderlo en mi casa. Deje que venga conmigo. Yo se lo desbastaré de tal forma, que no habrá más que ver.

Se avino el padre, pensando: «Le servirá para despabilarse». Así, pues, se lo llevó consigo y le señaló la tarea de tocar las campanas. A los dos o tres días lo despertó hacia medianoche y lo mandó subir al campanario a tocar la campana. «Vas a aprender lo que es el miedo», pensó el hombre mientras se retiraba sigilosamente. Estando el muchacho en la torre, al volverse para coger la cuerda de la campana vio una forma blanca que permanecía inmóvil en la escalera, frente al hueco del muro. –¿Quién está ahí? –gritó el mozo. Pero la figura no se movió ni respondió.

–Contesta –insistió el muchacho– o lárgate; nada tienes que hacer aquí a medianoche.

Pero el sacristán seguía inmóvil, para que el otro lo tomase por un fantasma.

El chico le gritó por segunda vez:

–¿Qué buscas ahí? Habla si eres persona cabal, o te arrojaré escaleras abajo.

El sacristán pensó: «No llegará a tanto», y continuó impertérrito, como una estatua de piedra. Por tercera vez le advirtió el muchacho, y viendo que sus palabras no surtían efecto, arremetió contra el espectro y de un empujón lo echó escaleras abajo, con tal fuerza que, mal de su grado, saltó de una vez diez escalones y fue a desplomarse contra una esquina, donde quedó maltrecho. El mozo, terminado el toque de campana, volvió a su cuarto, se acostó sin decir palabra y se quedó dormido.

La mujer del sacristán estuvo durante largo rato aguardando la vuelta de su marido; pero viendo que tardaba demasiado, fue a despertar, ya muy inquieta, al ayudante, y le preguntó:

–¿Dónde está mi marido? Subió al campanario antes que tú.

–En el campanario no estaba –respondió el muchacho–. Pero había alguien frente al hueco del muro, y como se empeñó en no responder ni marcharse, he supuesto que era un ladrón y lo he arrojado escaleras abajo. Vaya a ver, no fuera el caso que se tratase de él. De veras que lo sentiría.

La mujer se precipitó a la escalera y encontró a su marido tendido en el rincón, quejándose y con una pierna rota.

Lo bajó como pudo y corrió luego a la casa del padre del mozo, hecha un mar de lágrimas: –Su hijo –se lamentó– ha causado una gran desgracia, ha echado a mi marido escaleras abajo, y le ha roto una pierna. ¡Llévese enseguida de mi casa a esta calamidad! Corrió el padre, muy asustado, a casa del sacristán, y puso a su hijo de vuelta y media:

–¡Eres una mala persona! ¿Qué maneras son ésas? Ni que tuvieses el diablo en el cuerpo.

–Soy inocente, padre –contestó el muchacho–. Le digo la verdad. Él estaba allí a medianoche, como si llevara malas intenciones. Yo no sabía quién era, y por tres veces le advertí que hablase o se marchase.

–¡Ay! –exclamó el padre–. ¡Sólo disgustos me causas! Vete de mi presencia, no quiero volver a verte.

–Bueno, padre, así lo haré; aguarda sólo a que sea de día, y me marcharé a aprender lo que es el miedo; al menos así sabré algo que me servirá para ganarme el sustento.

–Aprende lo que quieras –dijo el padre–; lo mismo me da. Ahí tienes cincuenta monedas; márchate a correr mundo y no digas a nadie de dónde eres ni quién es tu padre, pues eres mi mayor vergüenza.

–Sí, padre, como quieras. Si sólo me pides eso, fácil me será obedecerte.

Al apuntar el día embolsó el muchacho sus cincuenta monedas y se fue por la carretera. Mientras andaba, iba diciéndose:

«¡Si por lo menos tuviera miedo! ¡Si por lo menos tuviera miedo!». En esto acertó a pasar un hombre que oyó lo que el mozo murmuraba, y cuando hubieron andado un buen trecho y llegaron a la vista de la horca, le dijo:

–Mira, en aquel árbol hay siete que se han casado con la hija del cordelero, y ahora están aprendiendo a volar. Siéntate debajo y aguarda a que llegue la noche. Verás cómo aprendes lo que es el miedo.

–Si no es más que eso –respondió el muchacho–, la cosa no tendrá dificultad; pero si realmente aprendo qué cosa es el miedo, te daré mis cincuenta monedas. Vuelve a buscarme por la mañana.

Y se encaminó al patíbulo, donde esperó, sentado, la llegada de la noche. Como arreciara el frío, encendió fuego; pero hacia medianoche empezó a soplar un viento tan helado, que ni la hoguera le servía de gran cosa. Y como el ímpetu del viento hacía chocar entre sí los cuerpos de los ahorcados, pensó el mozo: «Si tú, junto al fuego, estás helándose, ¡cómo deben pasarlo esos que patalean ahí arriba!». Y como era compasivo de natural, arrimó la escalera y fue desatando los cadáveres, uno tras otro, y bajándolos al suelo. Sopló luego el fuego para avivarlo, y dispuso los cuerpos en torno al fuego para que se calentasen; pero los muertos permanecían inmóviles, y las llamas prendieron en sus ropas. Al verlo, el muchacho les advirtió:

–Si no tienen cuidado, los volveré a colgar.

Pero los ajusticiados nada respondieron, y sus andrajos siguieron quemándose.

Se irritó entonces el mozo:

–Puesto que se empeñan en no tener cuidado, nada puedo hacer por ustedes; no quiero quemarme yo también.

Y los colgó nuevamente, uno tras otro; hecho lo cual, volvió a sentarse al lado de la hoguera y se quedó dormido.

A la mañana siguiente se presentó el hombre, dispuesto a cobrar las cincuenta monedas. –Qué, ¿ya sabes ahora lo que es el miedo? –No –replicó el mozo–. ¿Cómo iba a saberlo? Esos de ahí arriba ni siquiera han abierto la boca, y fueron tan tontos que dejaron que se quemasen los harapos que llevan.

Vio el hombre que por aquella vez no embolsaría las monedas, y se alejó murmurando: –En mi vida me he topado con un tipo como éste.

Siguió también el mozo su camino, siempre expresando en voz alta su idea fija: «¡Si por lo menos supiese lo que es el miedo! ¡Si por lo menos supiese lo que es el miedo!». Lo escuchó un carretero que iba tras él, y le preguntó:

–¿Quién eres?

–No lo sé –respondió el joven.

–¿De dónde vienes? –siguió inquiriendo el otro.

–No lo sé.

–¿Quién es tu padre?

–No puedo decirlo.

–¿Y qué demonios estás refunfuñando entre dientes?

–¡Oh! –respondió el muchacho–, quisiera saber lo que es el miedo, pero nadie puede enseñármelo.

–Basta de tonterías –replicó el carretero–. Te vienes conmigo y te buscaré alojamiento. Lo acompañó el mozo, y, al anochecer, llegaron a una hospedería. Al entrar en la sala repitió el mozo en voz alta:

–¡Si al menos supiera lo que es el miedo!

Oyéndolo el posadero, se echó a reír, y dijo:

–Si de verdad lo quieres, tendrás aquí buena ocasión para enterarte.

–¡Cállate, por Dios! –exclamó la patrona–. Más de un temerario lo ha pagado ya con la vida. ¡Sería una pena que esos hermosos ojos no volviesen a ver la luz del día! Pero el muchacho replicó:

–Por costoso que sea, quisiera saber lo que es el miedo; para esto me marché de casa.

Y estuvo importunando al posadero, hasta que éste se decidió a contarle que, a poca distancia de allí, se levantaba un castillo encantado, donde, con toda seguridad, aprendería a conocer el miedo si estaba dispuesto a pasar tres noches en él. Le dijo que el Rey había prometido casar a su hija, que era la doncella más hermosa que alumbrara el sol, con el hombre que a ello se atreviese. Además, había en el castillo valiosos tesoros, capaces de enriquecer al más pobre, que estaban guardados por espíritus malos, y podrían recuperarse al desvanecerse el maleficio. Muchos lo habían intentado ya, pero ninguno había escapado con vida de la empresa.

A la mañana siguiente, el joven se presentó al Rey y le dijo que, si se le autorizaba, él se comprometía a pasarse tres noches en vela en el castillo encantado. Lo miró el Rey, y como su aspecto le resultara simpático, le dijo:

–Puedes pedir tres cosas para llevarte al castillo, pero deben ser cosas inanimadas. A lo que contestó el muchacho:

–Deme entonces fuego, un torno y un banco de carpintero con su cuchilla.

El Rey hizo llevar aquellos objetos al castillo. Al anochecer subió a él el muchacho, encendió en un aposento un buen fuego, colocó al lado el banco de carpintero con la cuchilla y se sentó sobre el torno.

–¡Ah! ¡Si por lo menos aquí tuviera miedo! –suspiró–. Pero me temo que tampoco aquí me enseñarán lo que es.

Hacia medianoche quiso avivar el fuego, y mientras lo soplaba oyó de pronto unas voces, procedentes de una esquina, que gritaban:

–¡Au, miau! ¡Qué frío hace!

–¡Tontos! –exclamó él–. ¿Por qué gritan? Si tienen frío, acérquense al fuego y caliéntense. Apenas hubo pronunciado estas palabras, llegaron de un enorme brinco dos grandes gatos negros que, sentándose uno a cada lado, clavaron en él una mirada ardiente y feroz. Al cabo de un rato, cuando ya se hubieron calentado, dijeron:

–Compañero, ¿qué te parece si echamos una partida de naipes?

–¿Por qué no? –respondió él–. Pero antes muéstrenme las patas.

 Los animales sacaron las garras.

–¡Ah! –exclamó el muchacho–. ¡Vaya uñas largas! Primero se las cortaré.

Y, agarrándolos por el cuello, los levantó y los sujetó por las patas al banco de carpintero.

–He adivinado sus intenciones –dijo– y se me han pasado las ganas de jugar a las cartas.

Acto seguido los mató de un golpe y los arrojó al estanque que había al pie del castillo. Despachados ya aquellos dos y cuando se disponía a instalarse de nuevo junto al fuego, de todos los rincones y esquinas empezaron a salir gatos y perros negros, en número cada vez mayor, hasta el punto de que ya no sabía él dónde meterse. Aullando lúgubremente, pisotearon el fuego, intentando esparcirlo y apagarlo. El mozo estuvo un rato contemplando tranquilamente aquel espectáculo hasta que, al fin, se amoscó y, empuñando la cuchilla y gritando: «¡Fuera de aquí, chusma asquerosa!», arremetió contra el ejército de alimañas. Parte de los animales escapó corriendo, el resto los mató, y arrojó sus cuerpos al estanque. De vuelta al aposento, reunió las brasas aún encendidas, las sopló para reanimar el fuego y se sentó nuevamente a calentarse. Y estando así sentado, le vino el sueño, con una gran pesadez en los ojos. Miró a su alrededor, y descubrió en una esquina una espaciosa cama. «A punto vienes», dijo, y se acostó en ella sin pensarlo más.

Pero apenas había cerrado los ojos cuando el lecho se puso en movimiento, como si quisiera recorrer todo el castillo. «¡Tanto mejor!», se dijo el mozo. Y la cama seguía rodando y moviéndose, como tirada por seis caballos, cruzando umbrales y subiendo y bajando escaleras. De repente, ¡hop!, un vuelco, y queda la cama patas arriba, y su ocupante debajo como si se le hubiese venido una montaña encima.

Lanzando al aire mantas y almohadas, salió de aquel revoltijo, y, exclamando: «¡Que pasee quien tenga ganas!», volvió a la vera del fuego y se quedó dormido hasta la madrugada.

A la mañana siguiente se presentó el Rey, y, al verlo tendido en el suelo, creyó que los fantasmas lo habían matado.

–¡Lástima, tan guapo mozo! –dijo.

Lo escuchó el muchacho e, incorporándose, exclamó:

–¡No están aún tan mal las cosas!

El Rey, admirado y contento, le preguntó qué tal había pasado la noche.

–¡Muy bien! –respondió el interpelado–. He pasado una, también pasaré las dos que quedan.

Al entrar en la posada, el hostelero se quedó mirándolo como quien ve visiones.

–Jamás pensé volver a verte vivo –le dijo–. Supongo que ahora sabrás lo que es el miedo.

–No –replicó el muchacho–. Todo es inútil. ¡Ya no sé qué hacer!

Al llegar la segunda noche, se encaminó de nuevo al castillo y, sentándose junto al fuego, volvió a la vieja canción: «¡Si siquiera supiese lo que es el miedo!». Antes de medianoche se oyó un estrépito. Quedo al principio, luego más fuerte; siguió un momento de silencio, y, al fin, emitiendo un agudísimo alarido bajó por la chimenea la mitad de un hombre y fue a caer a sus pies.

–¡Caramba! –exclamó el joven–. Aquí falta una mitad. ¡Hay que tirar más!

Volvió a oírse el estruendo, y, entre un alboroto de gritos y aullidos, cayó la otra mitad del hombre.

–Aguarda –exclamó el muchacho–. Voy a avivarte el fuego.

Cuando, ya listo, se volvió a mirar a su alrededor, las dos mitades se habían soldado, y un hombre horrible estaba sentado en su sitio.

–¡Eh, amigo, que éste no es el trato! –dijo–. El banco es mío.

El hombre quería echarlo, pero el mozo, empeñado en no ceder, lo apartó de un empujón y se instaló en su asiento.

Bajaron entonces por la chimenea nuevos hombres, uno tras otro, llevando nueve tibias y dos calaveras, y, después de colocarlas en la posición debida, comenzaron a jugar a bolos. Al muchacho le entraron ganas de participar en el juego y les preguntó:

–¡Hola!, ¿puedo jugar yo también?

–Sí, si tienes dinero.

–Dinero tengo –respondió él–. Pero sus bolos no son bien redondos.

Y, cogiendo las calaveras, las puso en el torno y las modeló debidamente.

–Ahora rodarán mejor –dijo–. ¡Así da gusto!

Jugó y perdió algunos florines; pero al dar las doce, todo desapareció de su vista. Se tendió y durmió tranquilamente. A la mañana siguiente se presentó de nuevo el Rey, curioso por saber lo ocurrido.

–¿Cómo lo has pasado esta vez? –le preguntó.

–Estuve jugando a los bolos y perdí unas cuantas monedas.

–¿Y no sentiste miedo?

–¡Qué va! –replicó el chico–. Me he divertido mucho. ¡Ah, si pudiese saber lo que es el miedo!

La tercera noche, sentado nuevamente en su banco, suspiraba mohíno y malhumorado: «¡Por qué no puedo sentir miedo!».

Era ya bastante tarde cuando entraron seis hombres fornidos llevando un ataúd. Dijo él entonces:

–Ahí debe de venir mi primito, el que murió hace unos días.

–Y, haciendo una seña con el dedo, lo llamó:

–¡Ven, primito, ven aquí!

Los hombres depositaron el féretro en el suelo. El mozo se les acercó y levantó la tapa: contenía un cuerpo muerto. Le tocó la cara, que estaba fría como hielo.

–Aguarda –dijo–, voy a calentarte un poquito.

Y, volviéndose al fuego a calentarse la mano, la aplicó seguidamente en el rostro del cadáver; pero éste seguía frío. Lo sacó entonces del ataúd, se sentó junto al fuego con el muerto sobre su regazo, y se puso a frotarle los brazos para reanimar la circulación. Como tampoco eso sirviera de nada, se le ocurrió que metiéndolo en la cama podría calentarlo mejor. Lo acostó, pues, lo arropó bien y se echó a su lado. Al cabo de un rato, el muerto empezó a calentarse y a moverse. Dijo entonces el mozo:

–¡Ves, primito, cómo te he hecho entrar en calor!

Pero el muerto se incorporó, gritando:

–¡Te voy a estrangular!

–¿Esas tenemos? –exclamó el muchacho–. ¿Así me lo agradeces? Pues te volverás a tu ataúd.

Y, levantándolo, lo metió en la caja y cerró la tapa. En esto entraron de nuevo los seis hombres y se lo llevaron.

–No hay manera de sentir miedo –se dijo–. Está visto que no me enteraré de lo que es, aunque pasara aquí toda la vida.

Apareció luego otro hombre, más alto que los anteriores, y de terrible aspecto; pero era viejo y llevaba una larga barba blanca.

–¡Ah, bribonzuelo –exclamó–; pronto sabrás lo que es miedo, pues vas a morir!

–¡Calma, calma! –replicó el mozo–. Yo también tengo algo que decir en este asunto.

–Deja que te agarre –dijo el ogro.

–Poquito a poco. Lo ves muy fácil. Soy tan fuerte como tú, o más.

–Eso lo veremos –replicó el viejo–. Si lo eres, te dejaré marchar. Ven conmigo, que haremos la prueba.

Y, a través de tenebrosos corredores, lo condujo a una fragua. Allí empuñó un hacha, y de un hachazo clavó en el suelo uno de los yunques.

–Yo puedo hacer más –dijo el muchacho, dirigiéndose al otro yunque. El viejo, colgante la blanca barba, se colocó a su lado para verlo bien. Cogió el mozo el hacha, y de un hachazo partió el yunque, aprisionando de paso la barba del viejo.

–Ahora te tengo en mis manos –le dijo–; tú eres quien va a morir.

Y, agarrando una barra de hierro, la emprendió con el viejo hasta que éste, gimoteando, le suplicó que no le pegara más; en cambio, le daría grandes riquezas. El chico desclavó el hacha y lo soltó. Entonces el hombre lo acompañó nuevamente al palacio, y en una de las bodegas le mostró tres arcas llenas de oro:

–Una de ellas es para los pobres; la otra, para el Rey, y la tercera, para ti. Dieron en aquel momento las doce, y el trasgo desapareció, quedando el muchacho sumido en tinieblas.

–De algún modo saldré de aquí –se dijo.

Y, moviéndose a tientas, al cabo de un rato dio con un camino que lo condujo a su aposento, donde se echó a dormir junto al fuego.

A la mañana siguiente compareció de nuevo el Rey y le dijo:

–Bien, supongo que ahora sabrás ya lo que es el miedo.

–No –replicó el muchacho–. ¿Qué es? Estuvo aquí mi primo muerto, y después vino un hombre barbudo, el cual me mostró los tesoros que hay en los sótanos; pero de lo que sea el miedo, nadie me ha dicho una palabra.

Dijo entonces el Rey:

–Has desencantado el palacio y te casarás con mi hija.

–Todo eso está muy bien –repuso él–. Pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.

Sacaron el oro y se celebró la boda. Pero el joven príncipe, a pesar de que quería mucho a su esposa y se sentía muy satisfecho, no cesaba de suspirar: «¡Si al menos supiese lo que es el miedo!».

Al fin, aquella cantinela acabó por irritar a la princesa. Su camarera le dijo:

–Yo lo arreglaré. Voy a enseñarle lo que es el miedo.

Se dirigió al riachuelo que cruzaba el jardín y mandó que le llenaran un barreño de agua con muchos pececillos. Por la noche, mientras el joven dormía, su esposa, instruida por la camarera, le quitó bruscamente las ropas y le echó encima el cubo de agua fría con los peces, los cuales se pusieron a coletear sobre el cuerpo del muchacho. Éste despertó de súbito y echó a gritar:

–¡Ah, qué miedo, qué miedo, mujercita mía! ¡Ahora sí que sé lo que es el miedo!

3.- Justificación de la elección:

He elegido este cuento porque trata sobre el miedo, una emoción que aparece y va evolucionando en la infancia y que los niños deben aprender a gestionar adecuadamente con ayuda de sus padres y educadores. Para los niños, sus miedos son importantes y una historia como la de Juan sin miedo puede ser un buen recurso para ayudarles a entender mejor qué es el miedo, a ver que a todos nos dan miedo cosas parecidas y a compartir en el aula qué hacemos cada uno cuando tenemos miedo.  

Juan sin miedo, el personaje principal del cuento, es alguien extraordinario que no conoce esa emoción y podría pensarse por ello que es muy valiente, cualidad que creo que puede ser aspiracional para los niños de primaria, que aún están en una etapa de su desarrollo en la que tienen que aprender a gestionar el miedo. Creo que querrán escuchar atentamente la historia para saber cómo es que Juan nunca ha tenido miedo y descubrir si finalmente logrará sentirlo alguna vez.

En este sentido, Juan sin miedo podría ser el héroe al que los niños querrían parecerse. Ser capaz de controlar el miedo es un reto diario para muchas personas, y para los niños especialmente, pues aún no disponen de las herramientas o recursos necesarios.

El miedo es una emoción evolutiva que acompaña al niño durante su desarrollo y va cambiando con su crecimiento, por lo que es un tema que en principio podría ser apropiado para cualquier curso de primaria.

“A partir del primer año de vida aparecen nuevos miedos y otros se intensifican. Así mientras que en torno al año aparece el temor a las situaciones nuevas, es a los dos-tres años cuando se intensifica el miedo a la separación y empiezan a aparecer los animales como objetos de temor. Y a los cuatro o cinco años, los temores más frecuentes se refieren a personajes fantásticos e imaginarios (Bauer, 1976), a la oscuridad, pesadillas, quedarse solo, al daño físico, a las catástrofes, a la desaprobación social o a la muerte.” (Tirilonte Cao, 2015).

“De los cuatro a los seis años al miedo a la oscuridad se añade el miedo a los fenómenos naturales, como los relámpagos, los truenos o el viento, y a los monstruos imaginarios, como las brujas y los fantasmas. También el miedo a los animales es muy frecuente”. (Los miedos del pequeño, 2011).

En este cuento el miedo se relaciona con la oscuridad, la muerte, los muertos, los fantasmas, seres del más allá, en definitiva, con monstruos imaginarios.

A la vista de que el miedo a la oscuridad, a los fantasmas, seres imaginarios y a la muerte aparece entre los cuatro y los seis años, creo que este cuento de “Juan sin miedo” (aunque como explicaré más adelante, no en esta versión original sino con una adaptación) podría ser adecuado para trabajarlo en primer curso de Educación Primaria (6 años), pues a esta edad el niño ya sabe de lo que está hablando la historia, lo ha podido experimentar en primera persona y tendrá curiosidad por saber cómo logra el protagonista controlar sus miedos, viéndolo como alguien a quien le gustaría parecerse, una especie de héroe del que puede aprender a gestionar sus propios miedos llegado el caso.

En cuanto a los intereses de los niños, a esta edad de 6 años les atraen los “cuentos populares, protagonistas animales o personajes fantásticos. Los monstruos, por su plasticidad y poca concreción, parecen muy aptos para encarar las angustias interiores, los miedos y las pesadillas. (Colomer, 2007, p. 27)” (Necesidades e intereses lectores en Educación Infantil & Primaria, 2018/2019).

A los dos años los niños prefieren libros sobre un mundo conocido y con acciones experimentadas por ellos, pero a los cuatro predomina la excitación por lo desconocido y en general se produce una progresiva ampliación desde el realismo a la fantasía. Así, según Haas Dyson (1989), el 97% de las historias que los niños inventan a los dos años y medio se centran en el mundo de la casa y la familia, como acciones cotidianas como comer, dormir, etc. a los cinco años, en cambio, sólo un tercio de sus historias ocurren en su vivienda y únicamente un 7% se circunscriben a acciones realistas. (Colomer, 2007, p. 28). A los cinco años la mayoría de los niños ya utilizan la denominada “cadena focalizada”. En ella se establecen las peripecias de un personaje como en un rosario de cuentas. Hacia los seis años los niños dominan propiamente la estructura de la narración con todas sus condiciones, por ejemplo, la de que el final debe estar relacionado con el conflicto planteado en el inicio.  (Colomer, 2007, p. 24)” (Necesidades e intereses lectores en Educación Infantil & Primaria, 2018/2019).

Parece, por tanto, que este cuento se podría ajustar a las necesidades e intereses de los niños y niñas de 6 años y que podría trabajarse en el aula de 1º de Educación Primaria.

4.- Aspectos morfológicos del cuento:

Se presenta al protagonista en oposición a las cualidades de su hermano: es torpe, un zoquete, inútil, incapaz de hacer ni de aprender nada y no conoce lo que es el miedo.

“Bettelheim (1997, p. 35). “Al presentar al niño caracteres totalmente opuestos, se le ayuda a comprender más fácilmente la diferencia entre ambos, cosa que no podría realizar si ambos personajes representaran fielmente la vida real, con todas las complejidades que caracterizan a los seres reales” (Necesidades e intereses lectores en Educación Infantil & Primaria, 2018/2019)

El protagonista, debido a su incapacidad para ganarse la vida, su torpeza y su obsesión por aprender qué es el miedo, va progresivamente alejándose de su núcleo familiar: primero marcha a casa del sacristán del pueblo, pero después su propio padre le pide que se vaya, pues ya no sabe cómo hacer de él un hombre y le impone una prohibición: la de volver a su casa con su familia, le pide que se olvide de él, de sus orígenes, y que no vuelva.

Cuando Juan sin miedo llega al castillo ha de pasar unas pruebas, que son las tres noches que debe pernoctar allí, a pesar de la presencia de los fantasmas y los seres de ultratumba. En estas pruebas vemos como Juan sin miedo, desde su ignorancia y su simpleza, se bate con los monstruos y los vence, logrando así que el castillo deje de estar encantado (tarea cumplida, reparación) y obteniendo la recompensa prometida: la mano de la princesa, con quien se casa. Se convierte así Juan sin miedo en un héroe: el hijo desastre de quien su padre se avergüenza se ha convertido en un joven valiente que ascenderá socialmente hasta lo más alto al convertirse en príncipe por haber conseguido la misión encomendada por el rey de desencantar el castillo en la que muchos otros habían fracasado.

Pero Juan sin miedo aún no ha conseguido saber lo que es el miedo. Será su mujer, la princesa, quien logre que sienta miedo al tirarle encima un cubo de agua helada con peces vivos mientras duerme. De este modo, el protagonista alcanza su objetivo sin haber dejado de ser valiente en los momentos más complicados de la historia y para todos sigue siendo Juan sin miedo.

5.- Aspectos simbólicos del cuento:

He encontrado una información muy interesante y valiosa en los vídeos de la filóloga y escritora Patricia Sánchez-Cutillas acerca del simbolismo del cuento de Juan sin miedo:

El miedo es una emoción que normalmente se siente como negativa, sin embargo, es necesario porque nos avisa de los peligros. Juan se da cuenta de que tiene esta carencia y siente la necesidad de hacer algo para solucionarlo, intuyendo que ello le ayudará a ganarse el sustento, ya que es torpe para hacer o aprender cualquier otra cosa. De algún modo, el cuento relaciona la torpeza y la ignorancia con la ausencia de miedo.

A lo largo del cuento, la noche tiene un gran protagonismo, en la noche ocurren muchas cosas (se cuentan historias de miedo, el sacristán le lleva al campanario de noche para asustarlo, la escena del patíbulo ocurre en la noche, debe pasar tres noches en el castillo encantado). La noche, al igual que la oscuridad, simboliza lo inconsciente, el encuentro de Juan con su inconsciente. Ahí es donde busca el miedo que no conoce.  

Por otro lado, el campanario donde el sacristán pretende enseñar a Juan qué es el miedo, así como las campanas, simbolizan lo sagrado, el contacto de la tierra con el cielo. En el cuento aparecen elementos que tienen que ver con la vida en el más allá, algo que todas las religiones tratan de explicar, cada una a su manera. Por tanto, lo sagrado, la religión, la muerte, la vida después de la muerte, también se relacionan con el miedo y aparecen en el cuento en símbolos como el campanario, las campanas, el sacristán.

Tras la escena del campanario, Juan emprende su viaje, tras el repudio de su padre, para descubrir lo que es el miedo. El viaje representaría la búsqueda de la identidad de Juan. Esto podemos verlo en el diálogo entre Juan y el viajante, a quien le dice que no sabe quién es, de dónde viene, cuál es su nombre, ni quién es su padre.

En la escena del patíbulo o en las escenas que se narran durante las tres noches en el castillo encantado, sorprende que Juan no distingue vivos de muertos, fantasmas de humanos, a pesar de que tiene una percepción clara de la realidad, por lo que parece que no conocer el miedo es no tener conciencia de lo que es la muerte.

Cuando Juan conoce la historia del castillo encantado, acepta el trato de pasar las tres noches en él, pero no quiere desencantar el castillo, sino conocer el miedo, este es su verdadero motivo.

El castillo puede simbolizar el retiro de Juan consigo mismo, en la noche sería el encuentro con su subconsciente, para poder conocer lo que es el miedo.

Juan limpiará el castillo de fantasmas, lo que puede simbolizar limpiar nuestro subconsciente de ideas que nos frenan.

Los tres objetos que pide Juan al rey, y con los que consigue limpiar el castillo, son un torno (que recuerda la creación, incluso podría pensarse en la creación divina del hombre), un poco de fuego (uno de los cuatro elementos, con capacidad de destrucción pero también símbolo de la purificación, la limpieza, la quema de todo lo antiguo) y un banco de carpintero (que es muy simbólico porque puede recordar a San José, otro el elemento relacionado con lo divino).

El número 3, que también aparece en el cuento (3 noches) es un número tradicionalmente relacionado con la divinidad, con lo sagrado.

En el reino del castillo encantado, Juan empieza a encontrar su sitio, allí la gente le va a escuchar y a considerarle, al contrario de lo que ocurría en su pueblo y con su familia, donde él era considerado el hermano torpe que no sabe nada, que no sabe cómo ganarse la vida y al que su propio padre repudia.

Una vez en el castillo, a Juan se le aparecen unos gatos negros (que tradicionalmente han sido considerados las mascotas de las brujas) y unos perros negros (que simbolizan la muerte, como el can cerbero, el perro de la diosa Hécate, diosa de la muerte, de la luna nueva).

La cama, que representa la intimidad, la sexualidad, comienza a girar y a moverse por el castillo, hasta que Juan se cae al suelo y queda hecho un lio entre las sábanas, debajo de la cama.

Cuando el hombre partido en dos, después de soldarse, quiere quitarle el banco a Juan, éste se lo impide, lo cual es muy simbólico, porque Juan no está dispuesto a renunciar a su lugar, ni a su identidad.

Posteriormente seis (número relacionado con el diablo, número maldito) hombres le llevan un ataúd con un hombre muerto dentro. Pero Juan sigue sin distinguir los vivos de los muertos, así que trata de calentarlo. El muerto vuelve a la vida, pero Juan le vuelve a meter en el ataúd al verse amenazado de muerte. Entonces, los hombres se ponen a jugar a los bolos con nueve huesos (el número nueve representa la sabiduría y el altruismo) y Juan juega con ellos. Se está simbolizando con este juego el lograr objetivos. Se juega con nueve fémures y tres calaveras, de nuevo, se alude al número tres.

También en la historia aparecen muertos que reviven, resucitan, representando la apertura a una vida mejor.

En la tercera noche se encuentra con un ogro que le amenaza con matar a Juan con un hacha. Pero éste consigue aprisionarlo. Hacen un trato y el monstruo desaparece.

Finalmente, Juan logra pasar las tres noches, y consigue la mano de la princesa, pero no ha logrado su objetivo de conocer el miedo. El matrimonio representa el triunfo, el nacimiento de una nueva vida.   

Será la princesa la que logre que Juan conozca el miedo al tirarle en la cara mientras duerme, en la noche, y tras quitarle la ropa, agua helada del estanque con peces vivos.  El agua helada que le echa su mujer en la cara cuando duerme, parece que puede tener una simbología relacionada con la sexualidad de Juan sin miedo, con el miedo infantil a la sexualidad, que, en la intimidad de su habitación, con su mujer, y con el agua de por medio, es decir, involucrando el sentido del tacto, es cuando por fin conoce lo que es el miedo, y de este modo, se soluciona la historia y se soluciona su identidad.

Por tanto, el motivo principal del cuento sería el viaje de Juan en su búsqueda del conocimiento de aquello que no conoce, el miedo, y cubrir esta carencia, logrando que este aprendizaje personal le proporcione además su modo de vida, su sustento, en un lugar en el que valoran su valentía, se le reconoce, y con todo ello, consigue construir su identidad.

En el cuento, la noche es el momento en que ocurren los sucesos mágicos y extraordinarios, aparecen los personajes de otro mundo, y es donde también se da la transformación de Juan cuando al fin siente miedo.

6.- Personajes y arquetipos:

 En el cuento de Juan sin miedo aparecen los siguientes personajes y arquetipos:

-Juan sin miedo: es el protagonista del cuento y quien logra realizar la hazaña de desencantar el castillo, venciendo a terribles seres del más allá y logrando así la mano de la princesa. En este sentido, a lo largo de la historia se va transformando en el héroe, pero de entrada se presenta como un antihéroe, ya que no posee las cualidades propias de un héroe, sino más bien lo contrario: no posee una conducta correcta, sino que suele meter la pata; no es ingenioso ni inteligente, sino más bien simple, un verdadero zoquete; tampoco es habilidoso, sino más bien torpe. Lo único que se atisba en el relato es que podría ser físicamente agraciado y por ello el rey lo considera como pretendiente para su hija la princesa. Lo que sí tiene Juan como héroe es el destino fijo hacia el que camina para descubrir lo que es el miedo y, con ello, ganarse la vida. Su punto de partida es un hecho extraordinario, ya que no sabe lo que es el miedo, algo inaudito. Desde ahí se desarrolla la narración. Y esta misma carencia podría considerarse como un poder mágico que le acompaña en su viaje y le sirve de protección, pues gracias a ello se enfrenta a los seres del más allá y logra desencantar el castillo.

-El enemigo: que estaría encarnado por el padre de Juan. Se siente tan frustrado con su hijo (pues solo le causa disgustos) que decide echarle fuera de casa, le da cincuenta monedas para compensar su posible sentimiento de culpa y le pide que no vuelva nunca y que no le diga a nadie de dónde es, ni quién es su padre, pues siente vergüenza de su hijo. Esta actitud del padre provoca el inicio del viaje de Juan en su búsqueda del miedo, que él considera una habilidad de la que carece y que cuando la aprenda, le servirá para ganarse la vida.

-Los acompañantes: el sacristán, el hombre que le manda a pasar la noche al patíbulo, el posadero, todos ellos acompañan al protagonista y de alguna manera tratan de ayudarle a lograr su objetivo, que es sentir miedo.

- El rey: representa al mandatario. Ayuda al protagonista, pues es quien le dona los tres objetos con los que vencerá a los fantasmas y logrará desencantar el castillo.

-Animales mágicos: aparecen gatos y perros que salen de la oscuridad, hablan como las personas y quieren jugar a las cartas con él, aunque en realidad pretenden asustar a Juan sin miedo y echarle del castillo.

- Fantasmas: el hombre partido en dos que se suelda solo, los hombres que entran y se ponen a jugar a los bolos con los esqueletos, el cadáver que traen metido en un ataúd y al que Juan logra revivir al calor de su cama…  son seres de ultratumba, fantasmas relacionados con la muerte. En el cuento el miedo se presenta en todo momento en relación con la muerte y Juan no conoce el miedo, ni distingue a los muertos de los vivos.

- El ogro: encarnado en el personaje del hombre viejo de aspecto temible y de larga barba blanca que amenaza con matar a Juan. Ambos se baten, pero Juan logra atrapar al ogro y este le pide clemencia a cambio de un tesoro.

- La princesa: la joven inocente, bella y buena. Con ella Juan sin miedo se casará y formará una familia, y es en ese momento cuando descubre lo que es el miedo. Es interesante porque el matrimonio con la princesa representaría el momento del paso de la juventud y la inconsciencia, a la vida adulta, que conlleva la asunción de responsabilidades, la intimidad con la pareja, y en el cuento coincide con el paso de no conocer el miedo a experimentarlo. Parece una especie de toma de conciencia, de madurez, lo que hace que el miedo aparezca de pronto en el protagonista.  También me parece interesante recordar en este punto que el miedo en el cuento se relaciona con la noción de muerte. Tal vez cuando Juan conoce el miedo, en su paso a la vida adulta, es cuando toma conciencia de la muerte.

7.- Uso del cuento Juan sin miedo en el aula de primaria:

Como ya he indicado anteriormente, creo que este cuento podría servir para trabajar en un aula de primer curso de educación primaria, pues a esa edad ya han aparecido en los niños el miedo a la muerte y el miedo a monstruos imaginarios.

Pero para trabajar con niños tan pequeños, no utilizaría la versión original del cuento, sino que haría cambios en el texto, por varias razones:

  1. Para acortar su extensión: “Con los niños que aún no poseen un esquema narrativo interiorizado, las historias han de ser cortas para no sobrepasar la capacidad de su memoria. Los libros son mejor entendidos si aparecen pocos personajes, el argumento está gobernado por modelos regulatorios de repetición y el texto no sobrepasa la longitud de unas dos mil palabras. (Colomer, 2007, p. 25)” (Necesidades e intereses lectores en Educación Infantil & Primaria, 2018/2019).
  2. Para simplificar las figuras que en el cuento original encarnan el miedo, pues creo que superan la fantasía de los niños de seis años, y utilizar en su lugar otras figuras más propias del imaginario infantil actual.
  3. Para evitar abundar en acciones violentas y en figuras relacionadas con la muerte como los hombres colgados en el patíbulo, los gatos que mueren a golpes, el hombre que aparece partido por la mitad en la chimenea, los que portan el juego de bolos hecho de huesos y calaveras, los que llevan el ataúd, el muerto que va dentro, la paliza que recibe el ogro de barba blanca, etc. Me parece que son demasiadas referencias a la violencia y a la muerte, que podrían herir la sensibilidad de los alumnos y generarles emociones no deseadas, como nuevos miedos.

Por ello, utilizaría la siguiente adaptación del cuento que he encontrado en la web Mundo Primaria y que me parece más adecuada para dirigirse a niños de primero de primaria:

Juan sin miedo

Érase una vez un hombre que tenía dos hijos totalmente distintos. Pedro, el mayor, era un chico listo y responsable, pero muy miedoso. En cambio, su hermano pequeño, Juan, jamás tenía miedo a nada, así que en la comarca todos le llamaba Juan sin miedo.

A Juan no le daban miedo las tormentas, ni los ruidos extraños, ni escuchar cuentos de monstruos en la cama. El miedo no existía para él. A medida que iba creciendo, cada vez tenía más curiosidad sobre qué era sentir miedo porque él nunca había tenido esa sensación.

Un día le dijo a su familia que se iba una temporada para ver si conseguía descubrir lo que era el miedo. Sus padres intentaron impedírselo, pero fue imposible. Juan era muy cabezota y estaba decidido a lanzarse a la aventura.

Metió algunos alimentos y algo de ropa en una mochila y echó a andar. Durante días recorrió diferentes lugares, comió lo que pudo y durmió a la intemperie, pero no hubo nada que le produjera miedo.

Una mañana llegó a la capital del reino y vagó por sus calles hasta llegar a la plaza principal, donde colgaba un enorme cartel firmado por el rey que decía:

"Se hace saber que al valiente caballero que sea capaz de pasar tres días y tres noches en el castillo encantado, se le concederá la mano de mi hija, la princesa Esmeralda”.

Juan sin miedo pensó que era una oportunidad ideal para él. Sin pensárselo dos veces, se fue al palacio real y pidió ser recibido por el mismísimo rey en persona.  Cuando estuvo frente a él, le dijo:

 – Señor, si a usted le parece bien, yo estoy decidido a pasar tres días en ese castillo. No le tengo miedo a nada.

 – Sin duda eres valiente, jovenzuelo. Pero te advierto que muchos lo han intentado y hasta ahora, ninguno lo ha conseguido – exclamó el monarca.

 – ¡Yo pasaré la prueba! – dijo Juan sin miedo sonriendo.

Juan sin miedo, escoltado por los soldados del rey, se dirigió al tenebroso castillo que estaba en lo alto de una montaña escarpada. Hacía años que nadie lo habitaba y su aspecto era realmente lúgubre.

Cuando entró, todo estaba sucio y oscuro. Pasó a una de las habitaciones y con unos tablones que había por allí, encendió una hoguera para calentarse. Enseguida, se quedó dormido.

Al cabo de un rato, le despertó el sonido de unas cadenas ¡En el castillo había un fantasma!

– ¡Buhhhh, Buhhhh! – escuchó Juan sobre su cabeza – ¡Buhhhh!

– ¿Cómo te atreves a despertarme? - gritó Juan enfrentándose a él. Cogió unas tijeras y comenzó a rasgar la sábana del espectro, que huyó por el interior de la chimenea hasta desaparecer en la oscuridad de la noche.

Al día siguiente, el rey se pasó por el castillo para comprobar que Juan sin miedo estaba bien. Para su sorpresa, había superado la primera noche encerrado y estaba decidido a quedarse y afrontar el segundo día. Tras unas horas recorriendo el castillo, llegó la oscuridad y por fin, la hora de dormir.

Como el día anterior, Juan sin miedo encendió una hoguera para estar calentito y en unos segundos comenzó a roncar.

De repente, un extraño silbido como de lechuza le despertó. Abrió los ojos y vio una bruja vieja y fea que daba vueltas y vueltas a toda velocidad subida a una escoba. Lejos de acobardarse, Juan sin miedo se enfrentó a ella.

– ¿Qué pretendes, bruja? ¿Acaso quieres echarme de aquí? ¡Pues no lo conseguirás! – bramó. Dio un salto, agarró el palo de la escoba y empezó a sacudirlo con tanta fuerza que la bruja salió disparada por la ventana.

Cuando amaneció, el rey pasó por allí de nuevo para comprobar que todo estaba en orden. Se encontró a Juan sin miedo tomado un cuenco de leche y un pedazo de pan duro relajadamente frente a la ventana.

– Eres un joven valiente y decidido. Hoy será la tercera noche. Ya veremos si eres capaz de aguantarla.

– Descuide, majestad ¡Ya sabe usted que yo no le temo a nada!

Tras otro día en el castillo bastante aburrido para Juan sin miedo, llegó la noche. Hizo, como de costumbre, una hoguera para calentarse y se tumbó a descansar. No había pasado demasiado tiempo cuando una ráfaga de aire caliente le despertó. Abrió los ojos y frente a él vio un temible dragón que lanzaba llamaradas por su enorme boca. Juan sin miedo se levantó y le lanzó una silla a la cabeza. El dragón aulló de forma lastimera y salió corriendo por donde había venido.

– ¡Qué pesadas estas criaturas de la noche! – pensó Juan sin miedo- No me dejan dormir en paz, con lo cansado que estoy.

Pasados los tres días con sus tres noches, el rey fue a comprobar que Juan seguía sano y salvo en el castillo. Cuando le vio tan tranquilo y sin un solo rasguño, le invitó a su palacio y le presentó a su preciosa hija. Esmeralda, cuando le vio, alabó su valentía y aceptó casarse con él. Juan se sintió feliz, aunque en el fondo, estaba un poco decepcionado.

– Majestad, le agradezco la oportunidad que me ha dado y sé que seré muy feliz con su hija, pero no he conseguido sentir ni pizca de miedo.

Una semana después, Juan y Esmeralda se casaron. La princesa sabía que su marido seguía con el anhelo de llegar a sentir miedo, así que una mañana, mientras dormía, derramó una jarra de agua helada sobre su cabeza. Juan pegó un alarido y se llevó un enorme susto.

– ¡Por fin conoces el miedo, querido! – dijo ella riendo a carcajadas.

– Sí – dijo todavía temblando el pobre Juan- ¡Me he asustado de verdad! ¡Al fin he sentido el miedo! ¡Ja ja ja! Pero no digas nada a nadie…. ¡Será nuestro secreto!

La princesa Esmeralda jamás lo contó, así que el valeroso muchacho siguió siendo conocido en todo el reino como Juan sin miedo.

En esta adaptación del cuento, todo el relato está bastante más dulcificado. El padre de Juan no quiere que se marche, los monstruos que aparecen son menos y menos terroríficos, no hay tantas escenas violentas como en el cuento original, el rey se preocupa por Juan, la princesa decide que quiere casarse con él, no se lo imponen ni aparece como una “mujer florero”, …

En esta versión, cambia la morfología del cuento, pues la prohibición del padre a Juan sin miedo no es la de que no vuelva nunca a su casa, sino todo lo contrario: le prohíbe marcharse, trata de impedirle que se vaya, aunque finalmente no lo consigue y Juan sin miedo emprende su viaje igualmente (se da una transgresión del protagonista).

La narración de esta adaptación del cuento la realizaría en el contexto del aula de primero de primaria, en la clase de lengua dedicada a lectura, pues, aunque el objetivo no es leerlo sino contarlo, éste es un paso previo que motiva a los niños y les despierta las ganas de leer cuentos por sí mismos.

Pediría a los niños que se sienten en el suelo formando un semicírculo y contaría el cuento a la clase de pie frente a ellos, poniendo el énfasis en la entonación y utilizando la expresión corporal.

Primero presentaría la actividad:

-Hoy vamos a hacer algo especial: os voy a contar un cuento.

Tenéis que estar muy atentos porque cuando termine de contaros el cuento, entre todos vamos a responder a unas preguntas.

Para eso tenéis que sentaros en el suelo formando medio círculo alrededor mío para que lo oigáis bien.

Tenéis que escuchar muy atentos y en silencio el cuento.

Se titula “Juan sin miedo”.

 A continuación, contaría la versión adaptada a la clase y una vez finalizada, cerraría con alguna fórmula, como, por ejemplo, “Así que esto pasó, ya mi cuento se acabó”.

Una vez terminado, plantearía las siguientes preguntas con el fin de que los niños pongan en común lo que han entendido, cómo juzgan la forma de actuar de los personajes y qué enseñanzas han extraído de a historia:

8.- Cuento fórum. Preguntas:

1)     ¿Os ha gustado el cuento?

2)     ¿Podéis decirme qué personajes han salido en el cuento?

3)     ¿Quién se acuerda de cómo se llama el protagonista del cuento, el personaje principal?

4)     ¿Tenía algún problema Juan sin miedo?

5)     Os imagináis no tener miedo de nada…. ¿Qué haríais vosotros si supierais que no tenéis miedo de nada? ¿Querríais sentir miedo? ¿O preferiríais no tener nunca miedo?

6)     ¿Qué os parece que Juan decidiera irse de su casa para conocer lo que es el miedo?

7)     Cuando Juan está en el castillo encantado, aparecen fantasmas, dragones y brujas. ¿Qué hacen los fantasmas, los dragones y las brujas? ¿Alguna vez os habéis encontrado con algo parecido?

8)     ¿Consiguen los fantasmas, los dragones o las brujas que Juan tenga miedo?

9)     ¿Qué os parece que la princesa le tire el agua helada encima a Juan cuando estaba dormido?

10)  ¿Qué podemos aprender nosotros de la historia de Juan sin miedo?

Dejaría a los niños participar espontáneamente. Los niños de estas edades tienen la necesidad de expresarse y sentirse escuchados. Les pediría que levanten la mano para pedir la palabra y procuraría que todos participaran.

Para finalizar, incluiría alguna información sobre los cuentos folclóricos:

-Este cuento es de hace muchos, muchos años. No se sabe quién se lo inventó por primera vez porque no estaba escrito en ningún sitio, sino que antes, como no había tele ni internet, para entretenerse, era tradición que los abuelos y las abuelas contaran cuentos que se sabían de memoria a los papás y a los nietos en las casas, alrededor de la lumbre. Y los papás se lo aprendían y cuando ya eran abuelos, se los contaban a sus nietos y así ha ido pasando de unos a otros. Hasta que un día, dos escritores, que eran hermanos y se apellidaban Grimm, decidieron escribir en un libro muchos de los cuentos que la gente se contaba, para que se olvidaran. Por eso, los hermanos Grimm escribieron el cuento de Juan sin miedo que acabamos de contar. Y ahora que ya lo conocéis, si queréis lo podéis contar en vuestras casas para seguir con la tradición.  

 

Bibliografía

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