jueves, 21 de enero de 2021

Aspectos a tener en cuenta el maestro para mejorar la educación literaria de sus alumnos

En este artículo recojo una reflexión final sobre la asignatura de Literatura española, literatura infantil y educación literaria en la etapa de Primaria. En concreto, he querido profundizar en los aspectos que el maestro debe tener en cuenta para mejorar la educación literaria de sus alumnos.  

Para ello, he realizado una labor de investigación y he encontrado algunos artículos y libros (recogidos en la bibliografía) en los que me he basado para elaborar esta reflexión.

Para comenzar, la profesora Marta Sanjuán Álvarez, de la Universidad de Zaragoza, plantea un panorama no muy alentador, que, aunque corresponde a hace algunos años, creo que puede seguir siendo aplicable a la situación actual:

“Aun admitiendo el peso evidente que determinados factores externos (tiempos escolares, espacios, recursos, currículos, etcétera) puedan tener en los resultados obtenidos en cuanto a la promoción de la lectura, la sensación de crisis y de frustración que se vive en el terreno de la enseñanza de la lectura y de la literatura desde hace varias décadas puede estar motivada, además, por prácticas que se alejan de la verdadera naturaleza del proceso de lectura –especialmente de la lectura literaria–.

La indefinición con respecto a las finalidades de la educación literaria en todos los tramos educativos lleva aparejada una falta de criterio claro con respecto a todos los demás elementos que configuran el currículo: selección de contenidos, enfoques metodológicos, selección de los textos, disponibilidad de horas reales en el apretado currículo escolar para la lectura literaria, recursos didácticos, criterios y procedimientos de evaluación de las competencias lecto-literarias, etcétera.

Una revisión en profundidad de lo que significan conceptos como lector, texto, proceso de interacción entre el texto y el lector o los propios conceptos de literatura y lectura literaria, podría sentar unas nuevas bases para la educación literaria, la cual debería considerar con amplitud no sólo los procesos cognitivos, sino también todos los procesos emocionales que intervienen en ese intercambio o transacción que se produce entre un texto determinado y un lector individual.

Urge, a mi modo de ver, retomar el debate sobre la función de la literatura en la sociedad actual y, más concretamente, sobre el papel de la literatura en el sistema educativo presente y futuro. Urge revisar si la escuela contribuye a formar lectores independientemente de las circunstancias familiares y sociales de las que éstos provengan. Urge, en definitiva, retomar la eterna cuestión: ¿Para qué sirve la literatura? ¿Seguimos teniendo, hoy, necesidad de la literatura?” (Sanjuán Álvarez, 2011).

Creo que puede responder a esta pregunta la explicación que Teresa Colomer, Catedrática de Didáctica de la Literatura, hace sobre el potencial educativo de la literatura, en la que cita a la profesora Mercedes Etreros: "De lo expuesto en relación con las visiones psicológica y filosófica de Vygotski y de Bajtin se deduce que el acceso a una competencia en la lectura y comprensión de los textos literarios, por la propia índole de éstos, equivaldría, en el proceso de enseñanza y aprendizaje, a la adquisición de una capacidad interpretativa de los valores culturales que contienen los enunciados y géneros discursivos que componen la obra literaria. En eso radica la cualidad preeminente de la disciplina en los programas educativos, y la necesidad de instituirla como troncal en tanto que en sí constituye la praxis de los fenómenos lingüísticos -textuales y discursivos- posibles dentro del pensamiento y de la historia de los pueblos. El acceso a este tipo de enfoques es perfectamente factible, y la competencia que con su práctica adquiere el alumnado va mucho más allá de la estrictamente literaria, pues lo sitúa en condiciones de acceder a los fenómenos sociológicos, antropológicos, filosóficos, históricos, etc. presentes en los lenguajes; es decir, de acceder a la interpretación del pensamiento cultural. (1995:51-52). (Etreros Mena, 1995)" (Colomer, 1996)

¿Y qué dice la ley? Si acudimos a la legislación educativa en la que se recogen los objetivos de la educación literaria en la etapa de Primaria, encontramos que la Orden ECD/686/2014, de 23 de abril, por la que se establece el currículo de la Educación Primaria, establece que “El Bloque 5, Educación Literaria, asume el objetivo de hacer de los alumnos y alumnas lectores cultos y competentes, implicados en un proceso de formación lectora que continúe a lo largo de toda la vida.”

Hablaríamos por tanto de educar a los alumnos para que adquieran tres cualidades como lectores:

1.- Ser lectores cultos: tradicionalmente se ha relacionado la cultura literaria con el conocimiento de las obras y de los escritores más relevantes a lo largo de la historia, así como con la capacidad de hacer un análisis, interpretación y valoración de aquéllas, conociendo y teniendo en cuenta el contexto histórico en el que fueron escritas y publicadas, junto con la biografía y perfil de sus autores.

2.- Ser lectores competentes: por lectores competentes se entiende aquellos capaces de leer con fluidez, buena entonación y cierta velocidad, así como de comprender e interpretar el significado y mensaje del texto.

3.- Ser lectores implicados en un proceso de formación lectora que continúe a lo largo de toda su vida:  este tercer punto se refiere a inculcar el hábito lector y el gusto por la lectura en los alumnos de primaria de por vida.

¿Cómo podemos alcanzar estos objetivos en educación literaria?

La misma norma legal continúa diciendo: “Para eso es necesario alternar la lectura, comprensión e interpretación de obras literarias cercanas a sus gustos personales y a su madurez cognitiva con la de textos literarios y obras completas que aporten el conocimiento básico sobre algunas obras representativas de nuestra literatura.”

Es decir, de alguna manera se está dando por sentado que, para conseguir los objetivos anteriormente descritos, los alumnos de educación primaria deberán leer algunas obras completas que, sin ser cercanas a sus gustos personales y a su madurez cognitiva, les aporten el conocimiento básico sobre algunas obras representativas de nuestra literatura.

Y aquí surge esta cuestión: ¿tiene sentido plantear en esta etapa educativa la lectura de obras alejadas a los gustos y madurez cognitiva de los alumnos, cuando uno de los objetivos pretendidos con la educación literaria es la de inculcarles el gusto por la lectura y, con ello, el hábito lector? ¿Podrán disfrutar de la lectura si la obra está alejada, ya no solo de sus gustos, sino también de su madurez cognitiva?

La profesora Pascuala Morote Magán es de la opinión de que “en las clases de Literatura, cualquiera que sea el nivel educativo en el que nos movamos, lo esencial es que nuestros alumnos comprendan lo que lean, disfruten comprendiendo y al mismo tiempo se den cuenta de que la Literatura es un arte, y, por tanto, deben captar los recursos artísticos de la lengua literaria. (Morote Magán, 1999)

Aparecen aquí ya algunos de los aspectos a tener en cuenta a la hora de mejorar la educación literaria en primaria, ya que, como explica esta autora existen “dos caminos que se le ofrecen en la enseñanza de la Literatura: uno, cerrado y estrecho; otro, abierto y amplio. El primero expresado por obligatoriedad, imposición, monotonía, aburrimiento, memorismo, incomprensión, suplicio, ... que conduce inevitablemente al odio por la literatura.  El segundo, manifestado por comunicación, disfrute, encuentro, aventura, misterio, fascinación, exploración, emoción, divertimento, juego, curiosidad, crítica, comprensión, entendimiento, apertura, fantasía e ilusión, que opino, pueden llevar al alumno hacia el amor y el gusto por la lectura, que se convertirá para ellos en una guía, un deseo, una dinámica y un espacio de diálogo. De todo lo cual se deducen los aspectos fundamentales que todo profesor de Literatura, según mi opinión ha de tener en cuenta: motivación constante, selección adecuada, posibilidad de elección, participación.” (Morote Magán, 1999)

Para Teresa Colomer, “la existencia de un corpus de estudio claramente definido se convierte en un objeto disecado, incapaz de poner en contacto al lector con su realidad cultural. La multiplicidad de los textos a utilizar parece ser la única salida posible en una enseñanza que se quiere adaptada a los distintos contextos educativos y a la diversidad de los individuos. El lector busca la gratificación de su lectura y, por lo tanto, el criterio de selección debe incluir siempre la capacidad de los textos para relacionarse de forma intelectual y afectivamente motivadora con la experiencia lectora y de vida de los alumnos.” (Colomer, 1996)

Parece pues muy importante que el maestro haga un análisis previo y una adecuada selección de las obras literarias buscando, en cada momento, aquéllas más cercanas a los gustos personales y a la madurez cognitiva de sus alumnos, utilizando adaptaciones enfocadas a cada edad, ofreciendo amplias listas de obras que permitan elegir a los alumnos qué lectura prefieren, favoreciendo la participación activa de los alumnos y poniendo el énfasis en los aspectos emocionales de la experiencia lectora con el fin de despertar en ellos la curiosidad y el deseo lector de las mismas.  Se trata de que el profesor motive a los alumnos, les contagie su entusiasmo y les ofrezca la posibilidad de ser sujetos activos en el aprendizaje literario, que puedan escoger y tengan un papel participativo en las clases.

Relacionado con esta participación de los alumnos en las clases y volviendo a la legislación educativa, continúa la norma antes citada estableciendo que “La información y la interpretación de textos u obras no es unidireccional de docente a alumno, sino que es este último el que debe ir adquiriendo, con la guía del docente, los recursos personales propios de un lector activo, capaz de ver en la obra literaria una ventana abierta a la realidad y a la fantasía y un espejo en que el que tomar conciencia de sí mismo y del mundo que le rodea. Del mismo modo, esa toma de conciencia del mundo y de uno mismo se ve favorecida por la actividad lúdica y creativa del alumnado en la producción de textos personales de intención literaria (…) Exige la capacidad de interpretar y valorar el mundo y de formar sus propias opiniones a través de la lectura crítica de las obras literarias más importantes de todos los tiempos.”

Es decir, se busca dotar a los alumnos de los recursos propios de un lector activo, que busquen en la literatura una vía para la construcción de su representación del mundo y de su propia identidad. Esto les facilitará el gusto y el placer de la lectura de obras literarias.

En palabras de la profesora Teresa Colomer, suscitar el placer de la lectura y formar las capacidades interpretativas son objetivos complementarios que deben planificarse en un marco integrador” (Colomer, 1996).

También establece la ley que este papel lúdico y creativo de la lectura literaria es importante que se complete con la producción de textos literarios por parte del alumno. En este sentido, me parece oportuno apuntar la opinión de Pascuala Morote Magán, para quien “el profesor tiene que dar ejemplo y leer a los alumnos sus propias creaciones”. Además, defiende esta autora que “De ahí, que sea tan importante que desde la infancia los niños amen la literatura y prueben a hacer literatura, como quien está jugando.” (Morote Magán, 1999)

Respecto al papel de la educación literaria en la formación de lectores activos, en opinión del profesor de la Universidad de Granada, Juan Mata, “al hablar de educación lectora no hablamos de otra cosa que de animar a leer” (Mata Anaya, Animación a la lectura, 2008).

Y en este punto, me planteo si se está utilizando una metodología pedagógica orientada a animar a los alumnos a leer, si en las clases de primaria se pone el foco en la satisfacción que produce al alumno la experiencia lectora cuando comprueba que efectivamente, la literatura es una ventana abierta a un mundo que le permite tomar conciencia del suyo y de su propia identidad.  

Tal y como indica Marta Sanjuán, “la lectura literaria como creadora de sentido, como vía de conocimiento del mundo y de la construcción de la propia identidad, o como práctica liberadora, constituyen las principales dimensiones de la experiencia lectora. (…) La capacidad de construir experiencia personal a partir de la experiencia simbolizada en el texto literario es la principal fuente de satisfacción para el lector. Pero hay distintas maneras de leer, y no todas conducen a esa experiencia vital. (…) Durante mucho tiempo se ha privilegiado una concepción instrumental, formalista, pretendidamente «científica» de la lectura literaria, y se ha rehuido en la enseñanza de la literatura toda experiencia de lectura subjetiva.” (Sanjuán Álvarez, 2011)

¿Cuál sería entonces la manera de leer que nos interesaría fomentar en el aula de primaria desde el punto de vista de la educación literaria?

El profesor Juan Mata Anaya lo explica así: “surge así la posibilidad de una lectura ética, incluso en el caso de los lectores más jóvenes (…) al modo abierto, frágil y evocador propio de la literatura. Me refiero al hecho de leer con la conciencia de leerse, de buscar en palabras del libro señales para el entendimiento del mundo, de explorar imaginativa y emocionalmente la vida de otros (…). Dialogar profundamente con el texto y compartir con otros la propia lectura resulta entonces fundamental. (…) El lector no se limita a observar, sino que se implica, responde al texto. Da cuenta de lo sucedido en su mente mientras leía. Habla de sí a propósito del libro. El proceso de la lectura no sería entonces una simple recepción, sino una voluntaria “transacción” entre el lector y el texto (Rosenblatt, 2005). Propiciar esa experiencia vital, ese activo y ético comportamiento lector, podría ser uno de los fundamentos de la pedagogía de la lectura literaria. Ahí radicaría la verdadera contribución de la literatura a la educación”. (Mata Anaya, La educación como lectura, 2010) 

Cualquiera que haya podido experimentar la lectura literaria así descrita sabe que esta interacción bidireccional entre texto y lector es lo que éste busca cuando escoge una obra y se dispone a leerla. Ahora bien, existen importantes diferencias entre la lectura escogida, realizada en el ambiente tranquilo y distendido del entorno personal del lector, y la lectura que se realiza en el aula de primaria.

Y es que, como continúa argumentando (Sanjuán Álvarez, 2011) “La tarea de crear experiencia de lectura en el aula no está exenta de dificultades (…) En realidad la experiencia de la lectura es un acontecimiento que tiene lugar en raras ocasiones: «[…] sólo cuando confluye el texto adecuado, el momento adecuado, la sensibilidad adecuada, la lectura es experiencia» (Larrosa, 2003:39-40)”.

Siguiendo al profesor Juan Mata, “mientras aceptamos que ser lector incumbe a la propia experiencia y que la emoción se hace presente desde el momento en que se abre un libro, el acceso a los textos literarios se produce en las aulas de manera académica, anodina, desentendida del mundo. Se produce así una contradicción entre los propósitos declarados y las tareas escolares, de modo que la literatura, lejos del vitalismo y la transgresión que se le asigna, queda reducida a una simple materia de estudio. (…) Armonizar placer y norma, libertad y examen, preferencias y prescripción, resulta una tarea titánica y frustrante para los profesores. No siempre se resuelven bien esas antinomias. La pugna suele decantarse, por lo general, del lado de las rutinas y las programaciones.” (Mata Anaya, La educación como lectura, 2010)

Y esto da pie a otro importante aspecto que el maestro de educación literaria debe tener en cuenta para mejorar su enseñanza, y que enlaza con su papel crucial de motivar a los alumnos, que es el de dar ejemplo y transmitir su entusiasmo a la clase. Porque para que el maestro sea capaz de equilibrar los aspectos académicos con los aspectos subjetivos y emocionales de la lectura, en opinión del profesor Juan Mata es muy importante que él mismo sea lector activo de obras literarias. Nos dice el profesor Mata: “En ese terreno concedo una gran importancia a la coherencia y al ejemplo personal. Si admitimos que una cosa es saber leer y otra muy diferente ser lector, deberíamos entonces aceptar que la formación de un lector no depende de un método o una estrategia didáctica, sino de los gestos, las actitudes, las emociones, los testimonios de quienes leen y defienden la lectura. (…) Los alumnos se sienten más receptivos a las palabras de quienes les leen en voz alta en clase o hacen apología de los libros sosteniéndolos en sus manos, que a los discursos de quienes disertan a favor de la lectura por puro compromiso profesional. (…) La enseñanza de la literatura no es una cuestión estricta de metodología, sino fundamentalmente de seducción personal”. (Mata Anaya, La educación como lectura, 2010).

Pascuala Morote, en su texto “Creatividad y motivación en la enseñanza de literatura”, recoge los siguientes testimonios, que me parecen muy ilustrativos a este respecto: “A Lázaro Carreter hace tiempo que le oí en una conferencia una frase cuyo contenido procuro hacer mío en las clases de didáctica de la literatura: "el profesor de literatura tiene que ser un profesor de entusiasmo".  Lázaro Carreter escribe: "No creo en el lector espontáneo; los que solemos tenernos por tales, hallaremos en los orígenes de nuestra afición, estímulos y contagio". Ángel Vivas recoge, entre otras, la opinión de Luis Mateo Díez en torno a la enseñanza de la Literatura: "El entusiasmo debe llevar también al conocimiento y a la información que requiere toda disciplina. La literatura hay que enseñarla desde la fascinación que tiene, y ese es un producto que el enseñante tiene que saber vender". (Morote Magán, 1999)

Parece pues, que el entusiasmo y la parte emocional de la lectura literaria son aspectos fundamentales que el profesor de primaria ha de ser capaz de transmitir a sus alumnos a partir de su propia experiencia.

En palabras de Marta Sanjuán, “si la dimensión emocional del aprendizaje es relevante en cualquier situación de aprendizaje, considero que lo es de una manera especial en lo que afecta al aprendizaje lector y literario, y ello en una doble relación mutua: la que se refiere al papel que las emociones del alumno-lector pueden desempeñar en el aprendizaje literario y la que se refiere al papel que la literatura puede representar en la construcción de la identidad personal y el desarrollo integral de los individuos.” (Sanjuán Álvarez, 2011)

¿Se tiene en cuenta el aspecto emocional de la experiencia lectora personal de los alumnos cuando se enseña educación literaria en educación primaria?

En opinión de Marta Sanjuán, “ni los currículos oficiales, atiborrados de contenidos en el área de Lengua castellana y literatura, especialmente en la Educación Secundaria, ni las tradiciones metodológicas predominantes en la enseñanza literaria, ni la concepción de los manuales escolares, favorecen una educación literaria que explore en profundidad la dimensión emocional del aprendizaje literario como uno de sus ejes vertebradores. La Estética de la recepción ha subrayado el papel protagonista del lector como receptor activo que pone en marcha una serie de habilidades cognitivas complejas que dan lugar a la interpretación del texto literario. No ha recibido tanta atención, sin embargo, la dimensión afectiva o emocional de la lectura literaria.”. (Sanjuán Álvarez, 2011)

Respecto a esta interpretación del texto literario, continúa Marta Sanjuán argumentando que “la transposición de los modelos de competencia lectora o competencia lecto-literaria al aula puede favorecer el referirse a los jóvenes lectores como «lectores incompetentes» o «poco competentes», «ingenuos», «incapaces», «no lectores», etcétera, cuando los profesores comprueban que los alumnos «no comprenden» lo que leen, sin advertir que muchas veces esa incomprensión se genera a partir de unos modelos teóricos previos sobre la comprensión lectora que convierten la lectura en un «despliegue de «procedimientos», «procesos» que los alumnos deben efectuar a la hora de enfrentarse a un texto» (Cuesta, 2006:14). Sólo si, como profesores, consideramos que puede haber una diversidad en los modos de apropiación del sentido de los textos, y que en realidad todas las lecturas están «contaminadas» por los presupuestos estéticos e ideológicos del lector, dejaremos de culpabilizar a los jóvenes lectores por esas lecturas subjetivas. Ello no supone que el profesor renuncie a ofrecer unos saberes culturales sobre los textos. El papel del profesor consistiría, más bien, en “escuchar” cómo los alumnos leen e interpretan esos textos para hacerles reflexionar sobre los sentidos que han construido y hacerles avanzar desde unas lecturas emocionales o impresionistas hacia otros modos de apropiación más racionales que se apoyan en diversos conocimientos que sólo la escuela puede proporcionar. (…) Sin la implicación emocional del lector no es posible la interpretación.” (Sanjuán Álvarez, 2011)

Los enfoques metodológicos todavía dominantes, sobre todo en la Educación Secundaria, siguen favoreciendo un acercamiento excesivamente formalista o conceptual al texto literario que fácilmente deja fuera las conexiones personales entre el lector y el texto. Este tipo de acercamiento a la literatura no estimula la lectura personal, la que establece unos vínculos emocionales profundos entre los contenidos temáticos del texto, sus valores éticos y sociales, representados a veces vívidamente a través de las situaciones humanas que viven los personajes, y los conflictos o situaciones que viven los lectores concretos –niños o adolescentes que están formando su personalidad, su concepción de la realidad social y sus pautas de comportamiento-lo cual no significa tratar estos contenidos éticos al margen de las características estéticas de la obra.” (Sanjuán Álvarez, 2011)

Los objetivos o finalidades asignados al aprendizaje literario han perdido de vista, en gran medida, unos fines educativos de carácter general, dirigidos al desarrollo integral de los individuos. La convicción de los profesores acerca del papel insustituible de la literatura en el desarrollo emocional de los niños y los jóvenes –que conllevaría la construcción de su identidad individual y cultural, el desarrollo de su capacidad de comprensión de la realidad social e histórica a la que pertenecen, el refuerzo de la creatividad y desarrollo del pensamiento crítico, su apertura hacia otras formas de vida y de convivencia–, debería orientar el establecimiento de unas nuevas bases en las que asentar un enfoque de la enseñanza de la literatura que no se limite a la adquisición de nociones sobre el hecho literario o destrezas de carácter «técnico», sino que recupere la dimensión humanizadora que le corresponde.” (Sanjuán Álvarez, 2011)

Por tanto, volvemos al punto de que, para lograr que los alumnos de primaria adquieran el hábito de la lectura, deben encontrar estimulante el hecho de leer al comprobar que la literatura les aporta crecimiento personal además de conocimiento técnico. Sólo encontrando gratificante la lectura, se logrará que los alumnos adquieran hábito lector.

Como dice el profesor Mata “El cada vez mejor conocimiento de cómo funciona el cerebro humano está permitiendo demostrar que el placer, que preserva y sostiene la vida, está en el origen de cualquier actividad que se emprende, inclusive la lectura (Mata Anaya, Animación a la lectura, 2008).

Por tanto, tal vez a la hora de definir una metodología pedagógica para enseñar literatura, sería bueno considerar el objetivo específico de que los alumnos disfruten de la lectura y descubran el placer de leer.

Siguiendo en este punto a Antonio Mendoza Fillola, “el placer de la lectura es, precisamente, la consecuencia resultante de la satisfacción de comprender e interpretar lo leído. Comprender es un proceso complejo de asociaciones en el que intervienen factores muy diversos. En la actualidad, aún parece una paradoja el contraste entre nuestra intención de formar lectores competentes y los medios que se utilizan en la enseñanza de la literatura. Quizá, la causa de esta confusión radique en que la literatura exige, además del aprendizaje de ciertos datos y conocimientos externos, la educación de la sensibilidad estética -expresión compleja y difícil de precisar y matizar, soy consciente de ello-; es decir, requiere una formación específica para que el lector sepa establecer su interpretación y su valoración personal del texto. En ello se junta su ineludible actividad subjetiva para apropiarse del significado, de la intencionalidad a través del fondo y de la forma de expresión. En esta doble interacción -apreciación subjetiva y aportaciones de conocimientos-, se diferencia la literatura de las restantes materias del currículum escolar. (Mendoza Fillola, s.f.).

Esto presupone un concepto de lector “como receptor activo, que participa, coopera e interactúa con el texto” (Mendoza Fillola, s.f.).

Para Carolina Cuesta, “leer es comprender y disfrutar, es reconocer y degustar, es identificar y entender, es analizar, responder, hipotetizar, inferir e interpretar y opinar, estudiar y vivenciar, saber y rememorar”. (Cuesta, 2006)

En la misma línea podemos decir que, “la literatura, al mismo tiempo que nos proporciona una fuente inagotable de placer, nos hace (y nos debe) hacer pensar”. (Morote Magán, 1999)

¿Cómo puede el profesor de educación literaria en educación primaria lograr todo esto?

De nuevo citaré a la profesora Pascuala Morote Magán que ofrece bastantes ideas al respecto y que, como comenté anteriormente, ve fundamental que el maestro se centre en cuatro aspectos:

1)  Motivación: para lograr motivación por la lectura literaria en el aula, esta debe reunir unas condiciones que estimulen el gusto por la lectura: 

a. Que haya biblioteca de aula que posibilite el contacto permanente de los alumnos con los libros.

b.  Que se adorne la clase con motivos literarios.

c.  Que haya murales con ilustraciones, notas, esquemas y comentarios breves sobre los autores que se estén leyendo.

d.   Que los estudiantes expongan poemas ilustrados por ellos.

e.   Que en clase se lean y comenten textos producidos por los alumnos.

f.  Que se posibilite a todos los alumnos escribir y publicar sus textos con medios como el libro blanco de la literatura, el periódico escolar, revistas que inserten las publicaciones de los alumnos, ...

 

2)   Adecuada selección de las obras por parte del maestro: este “es un aspecto sobre el que hay que reflexionar, y al que hay que cuidar porque la selección inadecuada de libros puede originar un odio a los mismos, si no se tienen en cuenta los gustos de cada lector.” (Morote Magán, 1999)

 

3)  Posibilitar a los alumnos la elección: es “esencial, pues, dar a los alumnos la posibilidad de elegir sus lecturas; el profesor debe ofrecer siempre una lista amplia de títulos y autores que posibiliten la elección.” (Morote Magán, 1999)

 

4)  Fomentar la participación de los alumnos:En cuanto a la participación hay que tenerla en cuenta, no sólo en el sentido de que el alumno intervenga en la clase oralmente, sino como base de la creatividad, de la recreación -utilizando este término, recreación- en el sentido de "volver a crear"”. (Morote Magán, 1999)

     La profesora Morote recoge el testimonio de Mario Vargas Llosa: "Creo que mi primera manifestación de una vocación literaria tiene que ver con esas lecturas, con esas historias que siempre se terminaban. [...]. Yo recuerdo que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de esas historias que me apenaba tanto que se terminaran. Yo las continuaba. Algunas veces las corregía porque los finales no me gustaban, me daba pena que el héroe se muriera. Entonces lo repuntaba y escribía pequeñas notas, en fin, modificando esos finales".

    Y continúa la profesora mencionando que “el profesor francés Jean Ricardou en un coloquio celebrado en Estrasburgo en 1975 fundamentó su objetivo de Didáctica de la Literatura en "combatir la separación entre la teoría y la práctica, a propósito de los textos. En no limitarse a enseñarlos, a mostrarlos como objetos distantes, a infundir sólo una doctrina histórica y crítica de ellos, sino a convertir a los alumnos en productores de textos, de tal modo que vayan apropiándose a la vez, de la teoría y de la práctica del escribir"”.  

   Nombra Morote al “italiano Gianni Rodari, cuya obra “Gramática de la fantasía” es conocida actualmente por casi todos los profesores y estudiantes de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Y el argentino Ernesto Camilli, cuyas obras son esenciales para motivar a los estudiantes (de cualquier nivel educativo) a recrear textos de autores conocidos, para crear otros a partir de ellos.” (Morote Magán, 1999)

    Como he comentado anteriormente, para esta profesora el muy importante que los niños amen la literatura desde la infancia y prueben a hacer literatura “como quien está jugando”.

    El juego, elemento natural del niño que está aprendiendo a relacionarse con su entorno, permitiría al profesor acercar esas obras a los intereses de los alumnos, además de introducir un elemento lúdico y, por tanto, emocional en la enseñanza de la lectura literaria.

    Pero para que surta efecto, es importante además el tipo de relación que el maestro establece con su clase, el clima que crea en el aula, pues puede ser determinante a la hora de obtener una mayor o menor participación de los alumnos.

    "Conseguir la participación de los alumnos cuesta mucho trabajo; en consecuencia, es preciso que se establezca un clima de confianza entre profesor y alumno, regido por una constante de afecto y buen humor, que deben ser fomentados para eliminar tensiones y para incitar a la creatividad tanto individual, como colectivamente, porque, como indica Heinelt: "El humor es parte de la atmósfera creativa; por eso no ha de ser tabú, ni debe descalificarse"" (Morote Magán, 1999).

   Hay que favorecer un clima propicio a la creatividad innata del niño, pues es la creatividad un buen punto de conexión entre los intereses de los alumnos y la literatura.

     ¿Cómo se pueden conectar ambas creatividades (la del niño con la plasmada en la obra literaria) de forma que se traduzca en la producción de textos literarios por parte de los alumnos?

      Pascuala Morote nos propone una serie de actividades:

1)     De recreación:

a)     Con el texto poético:

• Continuar poemas abiertos.

• Escribir poemas con la misma estructura de los autores que se están analizando en ese momento.

• Señalar las palabras clave de un poema, buscar otras de la misma sonoridad y con ellas confeccionar un nuevo poema.

• Añadir metáforas y comparaciones a un texto poético.

• Señalar las palabras más y menos bellas de varios textos, indicar las razones y hacer un texto nuevo, utilizándolas.

• Presentar 4 poemas para que del primero se imite la estructura; del segundo se extraigan los adjetivos; del tercero los sustantivos y del cuarto los verbos; barajar todos esos elementos y hacer un nuevo poema.

• Secuenciar un poema y transformarlo en un relato o en un cómic.

• Escribir poemas imitando el pensamiento y el estilo de los escritores de un determinado movimiento literario.

• Señalar los adjetivos de un texto, uno de los cuales puede servir de título a un nuevo poema.

• Musicar poemas.

• Ilustrar poemas.

• Relacionar la poesía con la pintura o el color.

• Hacer caligramas.

b)     Con el texto narrativo.

• Cambiar los finales.

• Añadir algún capitulo nuevo.

• Introducir otros personajes.

• Enfrentar personajes de obras y épocas distintas, haciéndoles hablar como corresponde en cada momento histórico.

• Inventar esquemas que reflejen la relación de unos personajes con otros.

• Escribir poemas o monólogos inspirados en el personaje que más ternura sugiera.

• Alterar la época.

• Analizar el estilo descriptivo y realizar nuevas descripciones.

• Hacer entrevistas imaginarias al autor o personajes de alguna obra.

• Redactar un monólogo con los pensamientos que puede tener un personaje en un momento dado de la obra, no explicada por el autor.

• Dramatizar fragmentos.

• Secuenciar textos narrativos cortos, dibujar las escenas y proyectarlas en el proyector de cuerpos opacos.

• Transformar una obra narrativa en dramática, aprovechando los elementos descriptivos para las acotaciones teatrales.

• Presentar comentarios, cuyo formato guarde relación con algo del argumento. Por ejemplo, de “Charlie y la fábrica de chocolate” de Roald Dahl se han presentado comentarios con forma de bombón.

2)     Actividades de creación libre:

• Escribir diarios.

• Novelas cortas.

• Cuentos.

• Obras de teatro.

• Poemas.

3)     Otras actividades:

• Organizar excursiones literarias, preparadas de antemano por el profesor y los estudiantes: la ruta de Gabriel Miró, la ruta del Quijote, ...

• Realizar paseos literarios. Por ejemplo, proponer fragmentos de las descripciones que sobre Valencia capital aparecen en las obras de Azorín y Blasco Ibáñez, confeccionar los itinerarios a seguir e ir leyendo dichos fragmentos en las calles, plazas y monumentos descritos por ellos.

• Leer una ciudad. Buscar los escritores que hayan escrito, por ejemplo, sobre Valencia, y comentar sus obras, y preparar una antología con las descripciones más sobresalientes.

Y concluye la profesora Morote diciendo que “estas técnicas, están encaminadas a producir buenos resultados, por la implicación del alumno en su trabajo (se siente protagonista), porque se crea un espíritu de colaboración (algunos trabajos se realizan en equipo), porque el proceso enseñanza-aprendizaje, se basa, no sólo en la experiencia personal y en la creatividad, sino también en el juego y en la investigación; porque el alumno que sea un lector pasivo, puede sentir la necesidad de convertirse, en activo. Y porque, quizás, fomentemos en nuestros alumnos un ansia de superación y un espíritu de confianza en ellos mismos, que pueden ser una ayuda muy necesaria, tanto en la formación de su personalidad como en la vida.” (Morote Magán, 1999)

Como conclusión, el papel del maestro en la educación literaria de sus alumnos puede marcar la diferencia en función de si tiene o no en cuenta todos los aspectos comentados que resumo en el siguiente decálogo:

1.-Considerar tanto los procesos cognitivos como los procesos emocionales de la experiencia lectora: sin la implicación emocional del lector, no es posible la interpretación de la obra.

2.-Considerar el papel educativo de la literatura, no sólo desde el punto de vista técnico lingüístico-literario, sino desde el punto de vista humanizador.

3.-Tener presente que el potencial educativo de la literatura radica en poder acceder a la interpretación del pensamiento cultural.    

4.-Plantear como objetivo que los alumnos disfruten de la experiencia lectora.

5.-Motivar a los alumnos: dando ejemplo, como lector activo y como productor de textos literarios que se leerán y comentarán en clase; transmitiendo su entusiasmo a los alumnos; considerando el papel que juegan la experiencia vital y las conexiones personales entre el lector y el texto en la interpretación que aquél haga del mismo; escuchando la lectura e interpretación de los alumnos y haciéndoles reflexionar y avanzar en la misma, haciéndoles pensar, acompañándolos en su desarrollo emocional.

6.-Seleccionar las obras, además de por criterios curriculares, buscando lecturas afectivamente motivadoras para los alumnos, que susciten en ellos el placer de la lectura, contribuyan a formar sus capacidades interpretativas y a educar su sensibilidad estético-literaria.

7.-Posibilitar al alumno la elección de sus lecturas, ofreciéndoles una multiplicidad de textos que les pongan en contacto con su realidad cultural, presente o pasada.

8.- Fomentar la participación de los alumnos entendida como participación oral en clase, de manera que cada alumno pueda hablar a los demás de sí mismo a propósito de la obra y que, entre todos, se construya el significado de manera compartida mediante la discusión y la información proporcionada por el maestro.

9.- Fomentar la participación de los alumnos mediante la creación literaria, de manera lúdica, fomentando la creatividad en un clima de confianza, de afecto y de buen humor en la clase.

10.- Hacer al alumno protagonista, partícipe activo de su educación literaria (que participa, coopera e interactúa con el texto), fomentar su ansia de superación y su confianza en sí mismo.

 

Bibliografía

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